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28 jun 2007

TRES POETAS NORTEAMERICANOS
Traducción y textos: Juan José Rodríguez


THEODOR ROETHKE



Nació en Saginaw, Michigan, en 1908. Asistió a la Universidad de Michigan y tomó clases en Harvard, pero siempre fue infeliz en los estudios. Su primer libro, Casa Abierta (1941), fue aclamado desde su publicación. Su prestigio creció con cada nuevo poemario, incluyendo The Waking que fue premiado con el premio Pulitzer en 1954. Enseñó en la Universidad de Washington, donde David Wagoner, Carolyn Kizer, y Richard Hugo fueron sus alumnos. Theodore Roethke murió en 1963.


Conocí una mujer

Conocí una mujer, amorosa hasta los huesos,
cuando los pajarillos cantaban, les devolvía el canto;
ah, cuando se movía, se movía a muchos lados:
¡las formas pueden ser un brilloso recipiente!
Sólo dioses bien dirían sus virtudes electas
o poetas ingleses que vivieron en Grecia.
(Los he tenido a ellos, coreando, chica a chica).

¡Buenos fueron sus deseos! Tocó mi mentón,
me enseño a girar, y a girar mostrando, y a estar de pie;
me enseño a tocar, esa ondeada piel blanca;
que, de su mano venida, yo, dócil, mordisqueaba;
ella, la hoz; yo, pobre yo, el rastrillo,
marchando tras ella por su gracia tendida.
(Pero qué siega prodigiosa hicimos juntos).

Ama como un ganso, y adora una gansa:
sus torvos labios llenos, nota en fuga por asirse;
que ella tocó rápidamente, tocó ligera y suelta;
mis ojos deslumbrados en sus rodillas leves;
sus varios elementos pudieron ser reposo,
o un temblor de cadera con la móvil nariz.
(Ella giraba en círculos, y giraban los círculos).

Deja ser hierba a la semilla y, a la hierba, heno:
soy mártir por un ritmo que no me pertenece;
¿para qué libertad? Para saber lo eterno.
Juro que hizo ella, cual piedra, una figura.
Pero ¿quién suma acaso la eternidad en días?
Están los viejos huesos para saber sus sendas.
(Mido el tiempo que pasa en un cuerpo mecido).


(De Poemas Reunidos)


Casa abierta

Mis secretos lloran en voz alta
no requiero lengua alguna.
Mi corazón es casa abierta.
Sus puertas se mecen ampliamente.
Es épica surgida de los ojos,
este amor mío, sin disfraz.

Mi verdad es toda conocida,
la angustia viva y revelada.
Desnudo voy hasta los huesos
en desnudez como de escudo.
Yo mismo soy lo que yo visto:
a salvo tengo mi espíritu.

La cólera se inclina a perdurar
el acto dirá la verdad recta
en lenguaje estricto y puro.
Pauso la boca que falsea:
la furia tuerce a mi llanto limpio
hacia la noche de agonía.


(De Poemas Reunidos)


Lo Mínimo

Estudio las vidas de una hoja: los pequeños
dormilones, ateridos cavadores en dimensiones frías,
escarabajos en cuevas, tritones, peces de piedra sorda,
piojos sujetos entre largas, rengas hierbas subterráneas,
reptantes de la ciénaga, y
trepadoras con bordes bacterianos
que oscilan a través de heridas
como elfos en charcas,
besando con sus bocas tristes las cálidas suturas,
limpiando y cuidando,
reptando y curando.


(De Poemas Reunidos)


WALLACE STEVENS


Wallace Stevens nació en Reading, Pennsylvania, en Octubre de 1879. Asistió a Harvard y se graduó en la escuela de Derecho de Nueva York. Admitido al sistema de abogados norteamericano, Stevens encontró empleo en la compañía de seguros Hartford, de la que llegó a ser vicepresidente en 1934. En 1914, Harriet Monroe incluyó poemas suyos en la revista Poetry. Su Primer Libro de versos, Harmonium, fue publicado en 1923, bajo la influencia de los románticos ingleses y el simbolismo francés. Así, continuó escribiendo poemas en la oficina y en los días feriados. Actualmente considerado uno de los mayores poetas norteamericanos del siglo XX (si no el mayor), no recibió ninguna condecoración especial, sino hasta la publicación de sus Poemas Reunidos, un año antes de su muerte. Sus obras más importantes son Ideas de Orden (1935), El Hombre Con La Guitarra Azul (1937), Notas Hacia una Ficción Suprema (1942), y una colección de ensayos sobre poesía, El Ángel Necesario (1951). Wallace Stevens murió en Hartford en 1955.


Anécdota de una jarra


Coloqué una jarra en Tennessee,
y era redonda, sobre una colina.
Ella inventó el devastado erial
que circunda esa colina.

El erial ascendió hacia ella, y
derramóse en torno, ya no salvaje.
La jarra fue redonda sobre la tierra
y alta y de una puerta en el aire.

Ella tomó dominio en todas partes.
La jarra era gris y desnuda.
No se dio ella de pájaro o arbusto.
Como nada más en Tennessee.


Fabliau de Florida


Barca de fósforo
sobre la playa de palmas,

parte hacia al cielo,
entre los alabastros
y azules nocturnos.

Espuma y nube son uno.
Lunares, voluptuosos monstruos
se disuelven.

Llena tu negro casco
con blanca luz de luna.

Nunca habrá un final
a este zumbido del oleaje.


El emperador del helado

Llamen al que envuelve cigarros grandes,
al musculado, y dénle a batir
en las tazas de cocina, cuajadas concupiscentes.
Dejen haraganear a las chicas en su traje tal
como lo usan al vestirse, y dejen a los chicos
traer flores en los periódicos del mes pasado.
Dejen que sea completo el parecer.
El único emperador es el emperador del helado.

Tomen del vestidor de caoba,
y que así falten las tres borlas de vidrio, esa tela
sobre la cual ella bordó una vez tocados
y expándanla hasta el punto en que cubra su rostro.
Si se inquietan sus pies encallecidos, sólo
muestran cuan fría está, y silente.
Dejen que la lámpara fije su rayo.
El único emperador es el emperador del helado.



De la superficie de las cosas


I

En mi cuarto, está el mundo más allá de mi entender:
Pero cuando camino, yo veo que está hecho de tres o cuatro
colinas y una nube.

II

De mi balcón, yo contemplo el aire amarillo
leyendo donde he escrito
“el verano es como una bella desnudándose”


III

El árbol dorado es azul.
El cantante ha empujado su capa sobre su cabeza.
La luna está en los pliegues de la capa.


Vida es movimiento


En Oklahoma,
Bonnie y Josie,
vistieron en percal,
danzaron en torno a un gancho.
Ellas lloraron,
“ohoyaho,
ohoo” …
celebrando el matrimonio
de la carne y el aire.


Gubbinal


Esa flor extraña, el sol,
es lo único que dices.
Tómala por tu camino.

El mundo es feo,
y la gente es triste.

Esa borla de selváticas plumas,
ese ojo de animal,
es lo único que dices.

Tal salvaje de fuego,
esa semilla,
tómala por tu camino.

El mundo es feo,
y la gente es triste.


(Todos los poemas pertenecen al libro Harmonium)


ROBINSON JEFFERS


Nació en 1887. Su padre, profesor de Literatura Teológica, le enseño a leer griego a los cinco años. Se educó en Zurich, Leipzig, y Génova. Estudió Literatura en la Universidad del Sur de California, donde conoció a Una Call Kuster, quien llegaría a ser su esposa. En 1906, viajó a Suiza para hacer estudios profundizados en filología e historia romana. Tras casarse en 1913, Jeffers se instaló en Carmel, California, y en 1919 empezó a hacer construcciones artesanales. Entonces, salieron a la luz libros importantes como The Woman at Point Sur (1927); Cawdor and Other Poems (1928); Thurso's Landing (1932), Jeffers reveals, Solstice and Other Poems (1935). Curiosamente, la figura de Jeffers fue cuestionada por no tomar partido a favor de los mitos norteamericanos de la segunda guerra. Pese a este rechazo, aún vio la luz su libro The Double Ax (1948). Robinson Jeffers murió en 1962.


Roca y Halcón

Aquí hay un símbolo en que
muchas altas y trágicas ideas
miran sus propios ojos.

Esta roca gris, en altura erguida,
sobre el cabo donde el viento marino
no deja al árbol prosperar,

a prueba de mecidas, y marcada
por eras de tormenta: en su cima
un halcón se ha colgado.

Pienso, aquí está tu emblema
para colgar del cielo por venir
no la cruz, no la colmena,

sino este; deslumbrante poder,
o paz oscura; unido pensamiento
al final desinterés;

vida con muerte como en pausa;
los ojos fijos del halcón se ven
casados con la gruesa

mística de la piedra,
cuyo fracaso no puede echar abajo
ningún acaecer de digna forjadura.


(De Poemas Selectos)


Ave César

No amargura: nuestros ancestros lo hicieron.
Apenas eran ellos ignorantes y optimistas, quisieron libertad pero también fortuna.
Su prole aprenderá a velar por un César.
O más bien — pues no somos aquilinos romanos, sino colonos de un leve mestizaje —
por un tirano amable de la vieja Sicilia que acaso mantendrá
por fuera a la pobreza y por fuera a Cartago hasta que lleguen los Romanos.
Nosotros somos personas controlables, una gente gregaria,
llena de sentimientos, hábiles en mecánica, y amantes de los
placeres.


(De Poemas Selectos)


Aviso a los peregrinos

Que nuestros sentidos y mentes hacen trampa, es cierto,
mas son precarios honrados; cree en ellos un poco;
en los sentidos más que en la mente, y en tu mente más que en la de otro.
Sobre el piloto de la mente, la intuición,—
digo que si es atrapado desnudo y limpio, es el guardián de la certeza;
mas vestido con sueños, o sucio
con miedos y deseos, es el rey de los falsos.
El primer miedo es la muerte: no creas en inmortalistas. El primer deseo
es ser amado: no creas en los hijos de madre.
Finalmente digo, deja a los demagogos y a los salvadores del mundo balbucear sus vacuidades a los oídos huecos, caer en timo dos veces es ya demasiado.
Camina por delgadas riberas y elude a la gente; roca y ola son buenos profetas;
sabias las alas de la gaviota y placentero, su canto.

(De Poemas Selectos)


21 jun 2007

EL AGÓNICO TRÁNSITO DE UNA VOZ
(La poesía de Bruno Sáenz)


Por Luis Carlos Mussó



La poesía de Bruno Sáenz se constituye en un caso de deplorable atención pública por parte del medio. Su calidad –inmensa, cierta- no va a la par con el conocimiento que de ella se tiene ni con los escasos estudios que la han analizado. Así, aunque su proyecto de escritura se halle inmerso dentro de la tradición de esa hornada formada por poetas como Javier Ponce, Iván Carvajal, Alexis Naranjo y Fernando Nieto Cadena, y aunque su poesía se halle entre la criticidad y la reflexión profunda sobre el lenguaje –y sus relaciones con el pensamiento-, la academia sigue evidenciando su deuda con esta voz.
Si bien los románticos anglosajones quisieron tornarse griegos mediante el simbolismo, no ha sido exclusivo de dicha escuela su uso. Desde muy temprano, Sáenz acomete el ejercicio de la escritura poética con llamativo discurso. Desnudo de la parafernalia de esa adjetivación fácil y cacofónica, estos poemas nos llevan con su musicalidad a seguir de cerca su palabra. Y lo hace también en su reflexión sobre la marcha atrás, sobre el camino andado en el tránsito y en las palabras.
Se presenta al escriba con los ojos abiertos a la maravilla del mundo, y a su desastre. Se concibe a sí mismo como quien va en un constante ejercicio de aprendizaje con la herramienta que posee. Pero invita al lector a participar en este aprendizaje: es un aprender juntos.

La fruta, si fue amarga,
Se vuelve, entre tus dientes, insípida, de cera.
Nada quieres:
No hay lengua conocida para hablar con los muertos.
No encuentras la manera de enderezar la senda,
Ni pides agua al cántaro que yace boca abajo.
Toda tu complacencia se vuelca hacia el vacío.



El poema es un objeto que actúa como reflejo (la recurrente imagen especular en Bruno Sáenz es obvia, evidente) y a la vez negación del mundo. Es como si fuéramos del conocimiento del mundo a un proceso crítico del mismo y a su posterior destrucción para asistir a un nuevo levantamiento. La soledad es un punto de partida para recurrir a la búsqueda y a la relación especular. Es como asistir a un Apocalipsis para luego presenciar el Génesis: La ilusión del espejo te devuelve una copia de tu tez, de la boca .ni del hueso, ni la lengua-,/ la desnudez del muro. Pero también están el mito clásico y la historia; así, es como si hubiera una constante en evocar, aludir a los mundos judeocristiano y griego, pero también a lo nuestro, a estas tierras vistas desde el tiempo en que la raza indígena señoreaba en ellas. Y hay, es cierto, un fuerte poder de alusión en la poesía de Sáenz.
Pero en momentos se desplaza esa actitud frente al interlocutor femenino hacia otro tópico; hablamos de una mezcla de carpe noctem, clausa ianua (puerta cerrada) y el griego paraklausithryron (canto a la amada desde afuera). Ingeniosamente, combina un poema la música y el amor:

Hay una octava de silencio
Entre las puntas de tus senos.
…………………………………
Mi mano se demora sobre las teclas negras.

El propempticom es el poema de despedida que es asumido desde esa otra clase de amor que es el filial (la despedida a la infancia, pero que también es la despedida de la ingenuidad), como en Paseo:

Seguimos el camino de todas las mañanas, el pequeño
Franz Josef –ha cumplido siete años-
y yo.
Durante este paseo, conversamos. Él pregunta. Me
ocupo de encontrar las respuestas.

La poesía de Bruno Sáenz tiende a lo esencial con procedimientos rítmicos, y desplazamientos de sentido que mantienen al lector atento a su discurrir. Poesía eminentemente libresca –de un signatum impresionante-; pero que aparte de recordarnos todo el tiempo la cultura, deja que se noten las experiencias de vida, las relaciones con los cercanos y con los pares, las invitaciones a leer los textos que somos todos. Esta voz nos recuerda que el poema no es representación del mundo, ni mero recurso catártico. Se pregunta y nos inquiere sobre qué conocimiento deviene con la palabra, sobre qué se produce y qué liberación –o liberaciones- acontece con ella. Trasciende los registros del yo y juega con la conciencia individual destruyéndola y proyectándola. Abre un horizonte a las posibilidades estéticas y de los discursos que incluye en su registro. Bruno Sáenz es un estudioso de distintas disciplinas, es un cumplido funcionario en el mundo de los códigos legales; pero sobre todo, y cuando atiende a esos otros códigos verbales, Bruno Sáenz presenta la faceta en que lo preferimos: la de poeta.


UN POETA EN UNA ANTOLOGÍA

Un nombre descarnado,
igual al hueso limpio, a la piedra porosa;
las fechas –dos-, abajo, entre paréntesis:
algo muy parecido a una esquela mortuoria,
a lápida esculpida
en la inmortalidad de un trozo de papel,
a un epitafio escrito
sobre la nada, sobrecasi nada.
¡Voltea ya el sudario, la hoja amarillenta!

(De la boca que, abriéndose, manda al silencio que se ponga a un lado)


ÁBACO

En la sombra, en el húmedo aroma del armario;
en la tela sin brillo,
en el color dudoso de un abrigo o de un gorro que has dejado de usar;
en el polvo que pesa sobre el rayo de luz (piensas en una arruga en la sábana blanca);
en la imagen decrépita que devuelve el espejo a las lagunas turbias, cegadas de tus ojos
(si aún te reconoces)...
En la vasija rota, cubierta de ceniza, en su vientre vacío de humedad, de memorias;
en la puerta que se abre, en el paso que fuga y el cofre que se cierra...
Sin piedad ni nostalgia, sin saberlo siquiera, llevas día por día la cuenta de tus años.

(Escribe la inicial de tu nombre en el umbral del sueño)

HERENCIA

No importa si la hogaza se cubre lentamente de moho y de silencio en la mesa desnuda.
Sin escrituras vanas, sin gestos dadivosos, quitas la cerradura del portón de la entrada,
dejas sobre el mantel la llave del armario.
Con extremo cuidado, borras de tu memoria la huella de tus pasos, tu sombra de la sábana extendida en el lecho.
(Escribe la inicial de tu nombre en el umbral del sueño)

8 jun 2007

ECUADOR: VIDA INTELECTUAL Y LITERARIA

por Mario Campaña


En el año 2004, la revista Cuadernos Hispanoamericanos inició la publicación de dossiers dedicados monográficamente a ofrecer panorámicas de la cultura de cada uno de los países latinoamericanos en los últimos cincuenta años. El dedicado a Ecuador se había frustrado, por falta de comunicación con la persona inicialmente encargada. A pedido especial de su amigo Blas Matamoros, Director de Cuadernos Hispanoamericanos, que estaba a punto de acogerse a su jubilación, Mario Campaña aceptó entonces coordinar el dossier panorámico sobre la cultura ecuatoriana en los últimos cincuenta años. Un límite de páginas y un plazo fueron acordados.

Como en la mayoría de los países sudamericanos, la vida intelectual ecuatoriana de la segunda mitad del siglo XX estuvo animada por personalidades procedentes social y culturalmente de las clases blancas y mestizas, con general exclusión de la población indígena andina, costeña y amazónica, así como de las comunidades negras. Ello ha así porque, como en todos los países, la vida intelectual ha estado íntimamente ligada a los procesos políticos y económicos. La estructura social ecuatoriana ha determinado que, con muy pocas excepciones, los intelectuales, artistas e investigadores procedan sólo de las clases dirigentes, de familias blancas de ascendencia europea -por razones históricas-, cuyo capital económico en algunas –escasas- ocasiones se tradujo en capital cultural; o de las clases medias, que ascendieron en la escala social gracias al crecimiento del estado y a la paulatina expansión y modernización de la economía, accediendo así a bienes culturales antes exclusivos de los sectores de mayor poder económico. En Ecuador la vida intelectual y literaria de la segunda mitad del siglo XX se desarrolló fundamentalmente en Quito, la capital, y Cuenca, una pequeña ciudad andina con fuerte influencia española, mientras Guayaquil, la ciudad más poblada y con más importante desarrollo económico, después de unas décadas de brillante producción literaria experimentó el que quizá sea el período de más grave indigencia intelectual de toda su historia, a consecuencia de la dirección seguida por la economía y la política en la región.

La producción intelectual estuvo marcada en buena parte de la segunda mitad del siglo por una urgente necesidad de definir una identidad nacional. Esta necesidad, respondiendo a una larga tradición, estuvo también vinculada a la derrota militar y el desmembramiento territorial sufrido en la guerra con Perú en 1941. Los intelectuales ecuatorianos asumieron la tesis que señalaba el desarrollo cultural como vía para la recuperación de la cohesión perdida en las batallas. La tendencia hacia lo autóctono aparecida vigorosamente en las décadas anteriores, en la obra de los novelistas del Grupo de Guayaquil y en Huasipungo de Jorge Icaza, especialmente, encontró entonces una continuidad en el terreno de las políticas culturale y la literatura. Los años 50 vieron el afianzamiento de la obra de Benjamín Carrión, empeñado en imaginar el país como una pequeña gran nación, y los poemas emblemáticos de César Dávila Andrade y Hugo Salazar Tamariz, que se proponían pensar poéticamente qué y cuál era el presente, el pasado y el futuro de Ecuador.

Esos intentos ocurrían en un ámbito en que lo político y lo literario tendían a mezclarse, porque durante mucho tiempo el campo intelectual ecuatoriano estuvo formado de modo principal por la historia política y la literatura, destacada de las demás artes en la medida en que mantiene, por su propia naturaleza, el más elevado substrato intelectual. Freud creía que los sueños son pensamientos y en el mismo sentido cabe pensar que los poemas, las novelas y los cuentos también lo son; son formas de pensamiento, como todo discurso artístico. La pintura, la danza, la escultura, la música son pensamiento: modos de explorar y conocer. Uno de los mayores filósofos del continente americano, el argentino Arturo Andrés Roig, quien estuvo radicado en Quito durante casi diez años, creyó que la filosofía ecuatoriana estaba radicada en las páginas de sus literatos: en Montalvo y Espejo, por ejemplo. Pese a tan calificado testimonio, cabe afirmar que sí ha existido una filosofía profesional en Ecuador, y que ésta no ha sido ajena a las necesidades más acuciantes del país. En ese sentido, el mismo Roig y su trabajo acerca de la ética ha sido una de las más influyentes presencias. Hernán Malo González y Julio Terán Dutari, que fueran rectores de la Pontificia Universidad Católica de Quito, quizá sean los nombre más importante en ese campo del pensamiento, en el que también habría que destacar, en otra línea de trabajo, a Bolívar Echeverría, que en México ha llevado adelante una brillante exploración acerca de la modernidad y el barroco latinoamericanos.

Sin embargo, el cumplimiento de las tareas asumidas por la intelectualidad ecuatoriana, según lo mencionado más arriba, ha encontrado el más importante escollo. Aunque oculto, y por eso mismo quizá más pernicioso de lo que pueda sospecharse, un gran dilema parece yacer en el fondo de la vida cultural ecuatoriana, si bien nosotros no estamos en condiciones de hacer más que tímidos tanteos en el tema, una rápida enunciación a partir de observaciones menores. Ese dilema, creo, es el de la tradición cultural. ¿A qué historia, a qué tradición cultural debería ser fiel, cultivar y prolongar el intelectual ecuatoriano? ¿Cuál debería ser la finalidad de su trabajo? ¿Cuál es la tradición cultural que nos alimenta en términos reales? La europea, que en otros países de América del Sur, Argentina, Uruguay y Chile, por ejemplo, se asume con toda comodidad, pues está arraigada en la misma experiencia vital de sus habitantes, provenientes en buena parte de las grandes olas migratorias españolas, francesas, italianas y alemanas, una vez eliminada casi totalmente la población autóctona, pero que en Ecuador carece de presencia determinante? ¿La andina, que en países como Perú o México, incluso en Bolivia, conforma un pasado de excepcional riqueza, pero que en Ecuador apenas si aporta elementos míticos menores, incapaces en todo caso de unificar espiritualmente todas las regiones? La cultura ecuatoriana asumió, según dije al principio, como una de sus grandes tareas en los años 40 y 50 la elaboración de elementos simbólicos para la fundación de la nación, pero todo ello fue abandonado posteriormente. Hoy los intelectuales y la clase media rechazan lo indígena y en general lo autóctono, y los escritores, careciendo de vínculos suficientes con la tradición europea, tienden a asimilar todo cuanto pueda contribuir a la elaboración de sus relatos en una atmósfera propia. Como una nueva versión de esta ambiguedad y esta dicotomía, un debate todavía incipiente enfrenta hoy a quienes proclaman la conveniencia (pues se trata de eso, de conveniencia) de utilizar escenarios y problemáticas “cosmopolitas” y a quienes rechazan que sea suficiente con ordenar a la computadora que “donde dice Lomas de Sargentillo diga Londres” (como irónicamente ha escrito el poeta Fernando Balseca) y conminan así a continuar una indagación propiamente estética.

Dos hechos de orden social, ocurridos en las dos principales ciudades del país, tuvieron especial repercusión en la vida intelectual ecuatoriana de las últimas décadas del siglo XX: En primer lugar, la fundación en Quito, en 1982, del periódico Hoy, de tendencia socialdemócrata, que puso en circulación importantes suplementos culturales, ganó rápidamente audiencia en la clase media y consiguió articular a buena parte de los intelectuales que habían integrado el llamado Frente Cultural durante el período de las dictaduras. En el contexto de los gobiernos de la Democracia Cristiana y de la Socialdemocracia, ese periódico creció impulsando una cultura crítica, a la vez que en un verdadero esfuerzo de lucha ideológica se fortalecía la Corporación Editora Nacional, se fundaba la editorial El Conejo, orientada hacia la izquierda, que procuraba el desarrollo de una cultura nacional; el Banco Central profundizaba su apoyo a importantes programas de recuperación de la memoria, como el Archivo Histórico; y, la Casa de la Cultura, creada por la revolución de 1944, parecía por fin estar en condiciones de jugar un rol relevante. El otro hecho ocurrió en Guayaquil y tuvo consecuencias nefastas. Fue el colapso de la Universidad Estatal, que durante muchos años había sido una verdadera “alma mater” de la ciudad y se había convertido después en foco de la oposición a toda clase de medidas antipopulares. Probablemente infiltrada por la policía política de las dictaduras y en todo caso violentamente dominada por el populismo de derechas que se había apoderado ya de toda la ciudad, la Universidad de Guayaquil desapareció durante quince años como centro de producción de pensamiento, como núcleo de irradiación cultural. En su lugar, la pequeña Universidad Católica contribuyó como pudo a mantener vivos el espíritu crítico y la creación literaria, pero su carácter privado y su consiguiente orientación social elitista le impidió ejercer una influencia mayor. Todavía hoy Guayaquil y el país entero sufren la consecuencia de ese período tan largo de decadencia y retroceso universitario.

En las últimas décadas la literatura, quizá la más popular de las artes por su carácter comunicativo, gracias a su materialidad linguística, ha experimentado cambios más profundos que las demás artes. En lo que la poesía se refiere, tal cambio debe ser analizado con especial detenimiento. En efecto, como toda poesía de esta era, la ecuatoriana también se reveló permeable a las grandes transformaciones ocurridas en los órdenes culturales en América Latina y Occidente, pero su desenvolvimiento puso de relieve una peculiaridad inesperada. Sabido es que la noción de infinito, expandida en Europa después del giro copernicano, que dejó atrás el cerrado universo cristiano; el sentimiento de soledad provocado por la ruptura de los antiguos vínculos comunitarios; y, la percepción de lo temporal como progresiva caducidad de lo humano, que habían alimentado la poesía moderna en Occidente y su ámbito de influencia, empezaron a disiparse por doquier en las últimas décadas del siglo XX. Ecuador no escapó a ese hechizo: con la angustia ante la infinitud, la soledad y la fugacidad del tiempo se escribió nuestra poesía clásica y, como en otras literaturas, el despojo de esa herencia es uno de los rasgos de nuestra actualidad, de la vida literaria de las últimas décadas, que se resiste, sin embargo, al total abandono de aquello que le diera sus mayores logros. Porque, extrañamente, en la renovación poética ecuatoriana no han predominado las vías elegidas por el resto del territorio de la lengua castellana, donde hizo fortuna la consigna del poeta chileno Enrique Lihn, que hace 25 años fijó pautas fáciles de reconocer en los últimos tiempos: “Si se ha de escribir correctamente poesía/ no estaría de más bajar un poco el tono”, escribió Lihn en un poema. La introducción de la noción de lo correcto resultó fundamental y se impuso enseguida: desde hace mucho en todo el ámbito castellano lo incorrecto es el tono elevado, por su relación con formas de autoritarismo, con la concepción romántica del poeta iluminado (del tipo de Shelley) o del sabio metafísico (del tipo de Eliot); desde hace mucho la poesía en nuestra lengua subvierte el principio avalado por Aristóteles, para quien la dicción poética había de ser “perspicua, no humilde”, como recuerda Quevedo, uno de los más influyentes poetas de la modernidad hispanoamericana. La correcta poesía humilde y de voz baja que se impone cada día más a lo largo y ancho del territorio de la lengua, se interesa por la comunicación y puede ser llamada también poesía civil, porque no desliga su ser, incluso su individualidad, del acontecer social y ciudadano, tendiendo a abolir toda subjetividad conflictiva, todo infierno, en suma, ahora proscrito, como en la sociedad misma.

Quizá nadando a contracorriente, la poesía ecuatoriana actual elude esos caminos de corrección y humildad y quizá no es ajeno a ello el aislamiento que sufre. En general evita lo perspicuo, la falsa iluminación y la abstrucción seudometafísica, pero su feliz ‘incorrección’ queda en evidencia en su libertad, en la no subordinación a las exigencias de precisión y claridad, tan propias de la racionalidad de las sociedades industriales (¡es en la industria donde todo tiene que ser exacto y estar en su lugar, a riesgo de que se desmorone y se confunda en el caos, nada rentable!), en su resistencia a dar siempre la voz al personaje ‘normal’, que suele expresar de modo desvigorizado su romántica melancolía por la soledad y el paso del tiempo, su inane conformidad ante el destino colectivo. La poesía ecuatoriana había vivido su gran momento entre los años 40 y 50, con la obra de Alfredo Gangotena (quien escribió toda su obra en francés, en los años 20, excepto un solo poemario, Tempestad Secreta, escrito en Quito en 1940), Jorge Carrera Andrade, César Dávila Andrade (que vivió los últimos 20 años de su vida en el exilio venezolano) y Gonzalo Escudero. La obra de estos cuatro grandes poetas habían de fijar un canon, una especie de horizonte que se convertiría con los años en una suerte de límite: es en el interior ese vasto y brillante espacio poético que se desarrolló toda la poesía posterior: la valiosísima obra de Efraín Jara Idrovo, la primera parte de la obra de Jorge Enrique Adoum, la obra de los poetas de Quito de los años 80 y 90 (Carvajal, Ponce, Pazos, etc.). Ese horizonte, repito, siendo un logro ha sido también un límite: el canon andino (ecuatoriano) ha sujetado fuertemente la poesía de todo el país, y consiguió relegar la obra diferente surgida entre los años años 60 y 70, prolongada en autores como Antonio Preciado (poesía de la negritud), Fernando Nieto Cadena (salsa y lenguaje popular), Euler Granda (antipoesía), Edgar Ramírez Estrada y Agustín Vulgarín, que intentaron en vano rebasarlo (tan férreamente se ha mantenido), si bien ninguno de ellos alcanzó el nivel de calidad de los cuatro: Gangotena, Carrera, Dávila y Escudero, convertidos ya en nuestros clásicos, es decir, en nuestras referencias y nuestros límites.

La narrativa experimentó un fenómeno distinto al de la poesía. Si bien los grandes escritores de los años 30 de Guayaquil (Joaquín Gallegos Lara, José de la Cuadra, Alfredo Pareja Diezcanseco, Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert) se impusieron de modo canónico, correspondió al modernísimo Pablo Palacio señalar desde su lejanía cronológica y mental (murió hundido en la locura) los caminos para la renovación emprendida en los años 70 y 80 por los escritores de la revista La Bufanda del Sol, de Quito, esto es, Iván Eguez, Abdón Ubidia, Raúl Pérez Torres, entre otros, que impulsaron una actualización de la narrativa conforme a los patrones puesto a circular por la gran novela latinoamericana llamada del “boom”, de Juan Rulfo a Juan Carlos Onetti, de Julio Cortázar a Augusto Roa Bastos, pasando por Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. A esa nueva indagación estética impulsada desde Quito se sumaron tres grandes nombres de dentro del país y dos de fuera: los jóvenes Jorge Velasco Mackenzie, de Guayaquil, y Eliécer Cárdenas y Jorge Dávila Vázquez, de Cuenca, mientras desde México Miguel Donoso Pareja aportaba sus novelas influidas por el erotismo existencial de Bataille y desde París Jorge Enrique Adoum alcanzaba un gran éxito en 1976 con su “texto con personajes” Entre Marx y una Mujer Desnuda. Los años siguientes, los 80 y los 90, vieron la aparición, en algunos casos, o consolidación, en otros, de importantes nombres y obras: Javier Vásconez (quizá el escritor ecuatoriano con mayor proyección internacional, hoy por hoy), en Quito, sus magníficos cuentos y sus celebradas novelas, especialmente El viajero de Praga; Iván Eguez y Abdón Ubidia y sus novelas El poder del gran señor y Sueño de lobos, respectivamente; Huilo Ruales y sus relatos y poemas llenos de intenciones subversivas, humorísticos y sardónicos; los cuentos de Francisco Proaño Arandi, Raúl Vallejo, Leonardo Valencia, Gilda Holts y Liliana Miraglia; y la mejor novela de Donoso Pareja, Ahora empiezo a acordarme.

La crítica literaria, que conoció en Benjamín Carrión un gran momento, ha tenido en esta segunda mitad del siglo XX un desarrollo lento pero esperanzador. Dos nombres deben destacarse con toda justicia: Hernán Rodríguez Castelo, uno de nuestros mayores humanistas e historiadores de la cultura, y Miguel Donoso Pareja. En los años sesenta Rodríguez Castelo concibió y dirigió la histórica colección Clásicos Ariel de Literatura Ecuatoriano, en la que se llegaron a editar 100 volúmenes, todos seleccionados y prologados por él. Su más reciente trabajo está recogido en un cuantioso y erudito volumen sobre el siglo XVII. Por otra parte, a su regreso de México, donde estuvo radicado durante 18 años, Donoso Pareja activó el por entonces recientemente creado aparato editorial: varias colecciones aparecidas en los años 80, hitos de nuestra bibliografía y de nuestra crítica literaria, son de su inspiración directa. Numerosos trabajos recientes de Donoso Pareja sobre la narrativa contemporánea demuestran que además de novelista y poeta sigue siendo un crítico mordaz y vigilante, una especie de malhumorado samurai felizmente munido de espadas para salir al paso de casi todo lo que aparece en estos lares, si bien muestra su debilidad en la condescendencia con que acoge a sus alumnos de los talleres literarios que dirige en Guayaquil. Hay que mencionar también el trabajo crítico que cumplen en Cuenca María Augusta Vintimilla y otros docentes universitarios, la amplia y valiosísima empresa de la Universidad Andina de Quito, especialmente su Historia de las literaturas de Ecuador, así como el brillante trabajo crítico que realizan desde Estados Unidos los profesores Humberto Robles y Wilfrido Corral.

Puede afirmarse que la vida intelectual ecuatoriana se extiende ahora a todos los ámbitos del saber, en los linderos de las llamadas humanidades o ciencias humanas. El estudio de la filosofía, la historia económica y política, la sociología, la etnología, la arqueología, la antropología, la sociología y la linguística han tenido, especialmente en Quito, un desarrollo continuo y en algunos casos, riguroso. Puede afirmarse que el panorama actual es de recuperación. Aunque han desaparecido las editoriales nacionales para dar paso a las transnacionales de la edición; aunque el periódico Hoy ha perdido su rol articulador y promotor y la Casa de la Cultura no ha conseguido convertirse en lo que se esperaba, las manifestaciones del trabajo intelectual ecuatoriano no faltan y son alentadoras: la novela, el cuento y la poesía gozan de buena salud; hay excelentes revistas literarias, como País Secreto y Kipus; florecen los estudios de género; la antropología y la etnología muestra importantes trabajos; la Casa de la Cultura mantiene magníficas colecciones literarias; la Facultad Latinoamericana de Estudios Sociales –FLACSO-, la ya mencionada Universidad Andina Simón Bolívar, la Pontificia Universidad Católica de Quito, las Universidades Central y Católica de Cuenca y las Universidades Estatal y varias universidades privadas como Casa Grande de Guayaquil, recuperan el pulso del trabajo intelectual e investigativo; y, lo que acaso sea el síntoma más importante: en las principales ciudades nuevas generaciones de escritores e investigadores promueven y animan encuentros y debates: la sangre nueva está viva, corre y se multiplica.

6 jun 2007







RECITAL Y CONVERSATORIO DE ERNESTO CARRIÓN


Hoy, a las 19:00, en la Alianza Francesa de Guayaquil (Hurtado y José Mascote, esq.) se desarrollará una tertulia literaria donde el poeta Ernesto Carrión, ganador del último Festival Internacional de Poesía de Medellín, leerá textos inéditos de Demonia Factory, su obra premiada. Luego de la lectura, se abrirá un franco diálogo con el público.

Dos importantes poetas latinoamericanos dan su opinión crítica sobre Demonia Factory:

"De una arrasadora fuerza, Demonia Factory, del ecuatoriano Ernesto Carrión, traza el itinerario de un viaje que le vuelve a otorgar su sentido más urgente, alucinado y rotundo a la palabra cuerpo, y que hace de él uno de los poetas imprescindibles de la ya extraordinaria nueva generación de poetas latinoamericanos".

Raúl Zurita (chileno)


"Aunque ignoremos su mecanismo, todos tenemos un detector de mentiras: si hay algo en el poema, en la novela, en el filme que es impostado, inauténtico, será detectado como por una brújula infalible por algunas de las facultades de nuestra mente, aunque no seamos conscientes de ello. Pese a su mala fama, al menos en arte y literatura los conceptos de verdad y mentira siguen siendo útiles. El mérito principal de Demonia Factory es este: su materia es verdadera. Intensamente verdadera. Estamos ante lo que Dávila Andrade llamó “materia real”. Tan real y violenta como los fragmentos que vuelan, incandescentes, en una explosión. Es mejor que el lector esté advertido".

Mario Campaña (ecuatoriano)

26 may 2007

LATIN JAZZ, AFROCUBAN JAZZ O CUBOP:


Encuentro de la africanía musical en América
Por Javier Galarza B.*

La musicalidad que llegó con los esclavos estaba separada hasta la década del 40, cuando confluyen en New York la música afrocubana, con el jazz, y en especial con el jazz experimental de armonía avanzada, y “solos” de gran velocidad. Durante este acontecimiento cultural, se desarrollaron simultáneamente el “afrocuban jazz” y el “cubop”.

Los grandes músicos reconocen a MARIO BAUZÁ como el padre del “afrocuban jazz”. Este virtuoso era clarinetista de la sinfónica de La Habana. En 1930 migra a Norteamérica para hacer jazz y empieza tocando trompeta en las bandas de Chick Webb y Cab Calloway. Durante este periodo acumula arreglos para instrumentos de viento, que adaptaría en la fusión musical que realizó años después.


New York. 1940. Frank Grillo “MACHITO”, percusionista y cantante, funda la Orquesta Afrocubana. Un año después invita a su cuñado MARIO BAUZÁ para que sea su director musical…

Cuenta la anécdota que en una presentación, se había terminado de tocar un tema, y mientras los músicos buscaban la partitura de la próxima pieza, el pianista LUIS ORESTES VARONA y el bajista JULIO ANDINO comenzaron a tocar unas notas musicales improvisadas, con la finalidad de que el público continuara bailando, entonces los acompañó la percusión de UBALDO NIETO.

Al día siguiente mientras ensayaban, BAUZÁ les pide repetir las notas improvisadas en la última presentación; y conforme se integraba la percusión afrocubana, este director musical, concibió el arreglo para el resto de los instrumentos. Al culminar, logró que la orquesta de Machito, desarrollara el primer arreglo que fusionó ingredientes jazzísticos y afrocubanos. Nos referimos a la pieza musical “TANGA” que en lengua yoruba significa “marihuana”. Y que se estrenaría días después, en 1943, en el club “La Conga” de la ciudad de New York.


A Mario Bauzá se lo debe reconocer como el “Profeta del Afrocuban jazz”, porque ya en 1943 percibió el momento histórico de intensa experimentación y avizoró la compatibilidad de la música afrocubana con el jazz.


Consciente de que “TANGA” es un esfuerzo serio de inicio del “afrocuban jazz”, BAUZÁ consigue que la banda de Machito invite a tocar a jazzistas norteamericanos prestigiosos como el trombonista EDDIE BERT, el trompetista DOC CHEATMAN y el saxo alto del extraordinario CHARLIE PARKER. ¡Y esa fue la genialidad de Mario Bauzá!




CHARLIE PARKER Y DIZZIE GILLESPIE, experimentaban en el estilo jazzístico “bebop”. Explorando fusiones, dieron protagonismo a la percusión afrocubana y crearon el “CUBOP”. Para ello fue de gran contribución el hecho de que en 1946, cuando GILLESPIE buscaba un percusionista, MARIO BAUZÁ le recomendase al conguero CHANO POZO.



Dentro de los “himnos fundacionales” del “afrocuban jazz” están: “TANGA”[1], de Mario Bauzá. Y la talentosa unión musical de Dizzie Gillespie y Chano Pozo creó clásicos como “MANTECA”, “NIGHT IN TUNISIA” y “TIN TIN DEO”.


Temas tan influyentes y populares, que los han grabado todos los músicos famosos[2]. En algunos casos recreados con arreglos de salsa, funky o rock, para conseguir éxito comercial o evolucionar el género. Esta música la venden como “LATIN JAZZ”.

[1] Escuche Mario Bauzá and his Afro-Cuban Jazz Orchestra, en el disco “Tanga: Afro-Cuban Jazz suite in five movements (1992, Messidor, 15819-2).
Si con Bauzá y Machito el jazz entró en la música afrocubana, surgiendo el “afrocuban jazz”; con Chano Pozo y Dizzy Gillespie, la rumba afrocubana entró en el jazz, emergiendo el “cubop”. Así, el encuentro en América de la africanía musical consigo misma, se presentó como las dos caras de una moneda.
Hay quienes, musicalmente, no encuentran diferencias entre afrocuban jazz y cubop. Incluso la industria disquera los vende como latin jazz. Nombre que permite abarcar nuevas variantes musicales, y además, pasa por alto consideraciones de procedencia, nacionalidad o racismo.
La base rítmica y percusiva afrocubana puede fusionarse con músicas del resto del mundo sin perder su identidad, logrando nuevas autenticidades sonoras. Por lo tanto, es posible una evolución del latin jazz, a lo que con mucho acierto el legendario pianista EDDIE PALMIERI llama “MÚSICA AFROMUNDIAL”.
En todo caso, el latin jazz, innovador y abierto a las fusiones, cada día aumenta sus músicos y seguidores.
[2] De “TIN TIN DEO”, por ejemplo, al menos hay siete versiones grabadas, dos de las últimas en el año 2006:
1. Poncho Sánchez, track 1 del disco “¡Do it!” (2006, Concord Picante).
2. Eddie Palmieri, track 5 del disco “Listen here” (2006, Concord Picante).
3. Ray Barretto, track 1 del disco “Jazz man” (1994, Fania JM676).
4. Francisco Aguabella, track 7 del disco “Cubacán” (Cubop CBCD038).
5 Johnny Almendra y Louie Bauzá, track 8 del disco“Al Santiago Presents…Tambó”.
6 Andy Harlow, track 4 del disco “La Música Brava” (1974, Vaya, VS-24).
7. Todos Estrellas, en el disco Esto es Cuba, No. 10 (2000, BIS MUSIC).


* Sociólogo e investigador de música popular

15 may 2007

EN UN SACRO SILENCIO
(Diálogo con Alexis Naranjo)

Por Cristian Avecillas

En el mundo de las artes, me inicié como dibujante. Dibujaba ya de niño y seguí dibujando durante muchos años. Mi primera exposición fue en la Galería Artes, en 1978.

¿Qué pasó con la literatura, qué pasó con la actividad poética, se remonta también, acaso, a los primeros años de tu vida?

Mi experiencia con la literatura es igual que con el dibujo, arranca muy temprano, pero por supuesto, en el lado del lector. Mi escritura, como tal, se da en Francia; antes, eran más bien esbozos, experimentos.

Cuéntame un poco sobre tus estudios formales, ya que mencionaste Francia.

Me gradué en el Colegio Americano. Luego estudié un año en el filosofado de San Gregorio y a la vez en la Universidad Central donde estudié Medicina, cuatro años que a la larga me mostraron que aquel arte no era el mío.

Entonces viajé a Madrid, donde di por terminados mis estudios de Medicina y comencé a estudiar Historia del Arte y Lingüística. Siempre me interesó el lenguaje, desde la infancia misma ya me interesaba vivamente, quizá por las dificultades que sufría para expresarme.

Luego de dos años pasé a Francia donde continué con mis estudios de Lingüística, obtuve una licenciatura, luego el masterado. Con esto regresé, al cabo de seis años, al Ecuador y formamos un grupo con Ruth Moya, Iván Oñate, Ileana de Oña, y fundamos la cátedra de Lingüística y de Ciencias de Lenguaje. Entonces dicté un curso en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, de la Universidad Central.


Ya que estamos hablando de tu historia, ¿podrías hacer una presentación curricular de tu obra artística?

Como te dije, mi primera exposición fue de dibujos en la Galería Artes, en 1978. Luego realicé exposiciones en el Museo de Guayasamín, 1980; en la Casa de la Cultura, 1987, (exclusivamente de óleos y de acrílicos); en Filanbanco, en Guayaquil en 1989. Intervine también en varias colectivas.

He publicado los poemarios: Profanaciones, 1988; Ontogonías, 1990; El oro de las ruinas, 1994; Interregnum, 1996; La piel del tiempo, 1998; y finalmente Sacra, 2005. Ahora estoy ante la publicación de un nuevo libro.

Durante los últimos años ha cesado mi actividad como pintor, debido a varios factores, el más notorio: que ha tomado primacía la escritura.


¿Cuál es la diferencia que percibes en tu obra inicial, hecha de esbozos, y la que escribes actualmente?

Cuando hablaba de esbozos no me refería a los primeros libros publicados sino a prácticas iniciales de escritura, que se remontan a mis años juveniles. Ahora, entre aquellos esbozos y lo que escribo actualmente puedo delinear quizá dos diferencias: la primera es técnica, relativa al aprendizaje específico de los materiales de la escritura y su uso. La segunda diferencia, más profunda, es mi manera actual de considerar al mundo y de considerarme a mí mismo. Durante años, lo que primaba era una doma del instrumento; ahora ya no tiene para mí mayor interés esa doma, que se ha convertido más bien en una disciplina en relación a la escritura.

¿Puedes recordar algún símbolo, algún tema que prevalezca a lo largo de toda tu obra poética?

A mí me ha gustado, más bien, cierta diversidad, pues he tenido mucha curiosidad en varios campos y he tratado de ir lo más lejos posible en algunos de ellos; en consecuencia, no he sido un escritor monotemático, y eso se refleja en mis libros.

¿Qué es lo que pones en juego ahora en tu quehacer poético?

Me pongo en juego enteramente.

Por tanto: al inicio de tu actividad poética tenías un interés más marcado por las posibilidades del mismo lenguaje y ahora por tu propia humanidad.

Al principio, como te dije, ponía el énfasis en la doma del instrumento, ahora el énfasis está en el estilo.

¿A qué te refieres con doma del instrumento?

El lenguaje tiene una energía propia que, si no está controlada, te lleva a la verbosidad y al desperdicio. Si lo dejas, el instrumento puede hipnotizarte y tú puedes, por tanto, perder de vista lo esencial, que no está en el mismo instrumento sino en lo que está detrás o más allá o fuera del mismo. Así como un músico que quiere crear música, tiene que aprender infinidad de cosas acerca de sus instrumentos y del lenguaje musical, así el escritor ha de aprender, penetrar, domar su instrumento, el verbo, de manera que éste se pliegue a él y no al revés.

Es decir, también debe domarse uno mismo.

Claro, esa es la siguiente fase. La doma de uno mismo es lo más difícil, implica disciplina y concentración: una ascesis y una depuración personal.

¿Cómo consigues establecer un control en el lenguaje para que no se convierta en verbosidad o en desperdicio?

Es un trabajo largo de disciplina. Se lo consigue limpiando el trasfondo, volviendo traslúcida la experiencia misma que te lleva a escribir.

Esto me lleva a preguntarte: ¿utilizas la vida real como una fuente primaria del poema pero después eliminas la vida real?

No, yo trato de mantenerme en experiencia directa con la vida real. La vida real, por supuesto, abarca la imaginación, las experiencias espirituales, la lectura, las pasiones, las obsesiones, etcétera. En tanto que, años atrás, hablo de décadas atrás, me podía dejar llevar por la energía, por la inercia del propio lenguaje.

¿Cómo sucede que la literatura desplaza a la pintura en tu vida, cómo la reemplaza, cómo la posterga?

Tengo una buena cantidad de cosas que he pintado y dibujado pero no se me ha ofrecido la oportunidad para exponer nuevamente.


Carnero, 1980

¿No existe una confrontación entre la pintura y la poesía por apoderarse de tu intelecto y de tu tiempo?

No creo. La cuestión es que con la pintura puedes expresar cosas que no puedes expresar con el verbo, y a la inversa. Por varias razones, en mí ha tomado la delantera la expresión literaria. Hay temas, hay momentos, hay pulsiones que me interesan y que son imposibles de ser expresados a través de la pintura.

¿Consideras que la poesía también es una adivinanza del mundo?

No sé si lo sea; pero si lo es, la poesía también es muchas otras cosas más.

¿Qué más?

Puede ser la traslación más profunda a otro ser de un instante, de una experiencia personal distinta con el mundo o con el sueño o con la imaginación.


Así como hemos realizado un breve recorrido biográfico por tu vida, compárteme un recorrido biográfico por tu libro Sacra.

Hace dos años escribí algo que los días, semanas y meses transcurridos no me autorizarían a modificar sino en detalles de forma: La pasión amorosa, el deseo, el misterio, la gracia, el placer, el gozo, la reiteración, el hartazgo, las intrigas, la distancia, el quebranto, la caída, la separación… ¿en qué circunstancias se ha producido siempre para mí esta pasión? ¿No son las mismas para todos y para todas? Un azar que te pone frente a frente con otro ser, un ímpetu incontrolable por insistir, como si fuese una enfermedad luminosa, pese a prohibiciones y reglas y vínculos profundos; un citarse ya con la complicidad de los excluidos y los herejes; un beber de las fuentes que renuevan y dan sentido a los cuerpos y los espíritus: una metamorfosis, el laboratorio de Hermes dentro de uno, la alquimia con sus poderes en la sangre y la saliva. Entonces uno sencillamente canta, con el mismo candor y entrega que las aves. Pero el canto, ya transcurridos los momentos de fuego cenital, tomará las cambiantes tonalidades del acaecer pasional: los embates inexorables de los otros (¡perversa infidelidad!), de uno mismo (desgaste progresivo en la mirada, en la caricia, en la palabra, en el gesto), los pedidos y deseos insatisfechos, el eclipsarse el uno del otro. El poema tiende entonces a los signos que de antiguo se conocían como “Sangradura de los ecos”, “Ocho de copas”, “Cinco de espadas”: agobio, elipsis, culpas, castigos, quebranto. Aunque uno crea aún posible la recuperación, como de un mal larvado que durante un tiempo hubiese permanecido sin atención. El poema se vuelca así hacia el lamento, el soplo herido, el hablar (o más bien, callar, de la fiebre). Pero la suerte ha sido echada, la pasión ha consumido y consumado sus fuegos.

Del título, Sacra, sustantivo que se refiere a “cada una de las tres hojas, impresas o manuscritas, que en sus correspondientes tablas, cuadros o marcos con cristales, se solían poner en el altar para que el sacerdote pudiera leer cómodamente algunas oraciones y otras partes de la misa sin recurrir al misal”, según el DRAE, cuéntame: ¿cómo trata la voz poética esta actitud orante, esta voz sacerdotal?

Sacra es también adjetivo, como en “música sacra”. Por tanto, el titulo de mi libro es ambiguo, bienvenidamente ambiguo. Y con respecto a la voz y a la actitud de la voz: se trata de una liturgia en que se solazan los demonios, se recusan los maestros, y se oficia desnudamente, terriblemente, irremediablemente como al enfrentarse uno con la fatalidad del fuego y el regocijo del fuego.

¿Cómo entiendes tu libro?

No lo entiendo, no puedo entenderlo fuera de una larga historia que tiene que ver con el devenir del sentido existencial -o la falta de éste- en mi mundo. Con Sacra se dio el momento en que podía atribuir la máxima cantidad de sentido, existencial y lingüístico, a mi poetizar.

¿En qué momento de tu vida histórica llega este libro, cuánto de ti, de tu historia encontramos en estos versos, cuánto de tu espejo?

Más me vale dejar en silencio lo que tienta a la lengua... Dejarlo en un sacro silencio.

Por último, Alexis, quiero referirme a tu premio: ¿esperabas este premio?

En absoluto.

¿En qué momento de tu vida y de tu trayectoria de escritor llega este reconocimiento del Festival de la Lira?

Llega en el momento en que cumplía los sesenta años exactos con seis poemarios publicados.

¿Y, de aquí, qué?

Muy buena pregunta. Queda abierta...

...

De Sacra:

3

te equivocabas al creer posible amansar

la mitad inferior de ti

ahora es aquella mitad

la que da belleza a los goces de tu espíritu

8 may 2007

Jorge Jaén, Tardes de santeros y cachineros, 2000, colección particular.

Jorge Jaén, Kalimán, el profeta de un Guayaquil profundo, 2002, colección particular.

ENTRE LAGARTOS, POETAS Y LOCOS
(sobre la pintura de Jorge Jaén)

Por Luis Carlos Mussó


En el Canto III de la Divina Comedia, Dante lee -para nosotros y con nosotros- una inscripción de las puertas del Infierno, ornamentada con grandes letras que sentencian:

Por mí se va a la ciudad doliente;
por mí se va al eternal tormento;
por mí se va tras la maldita gente.

Movió a mi Autor el justiciero aliento:
hízome la divina gobernanza,
el primo amor, el alto pensamiento.

Antes de mí, no hubo jamás crianza,
sino lo eterno; yo por siempre duro:
¡Oh, los que entráis, dejad toda esperanza!

Algo del tono de estos famosísimos tercetos –con correcciones incluidas y sus adenda- se ve en el último ciclo del guayaquileño Jorge Jaén. Producción de sentido; no mera reproducción de experiencias: eso es lo que tenemos ante nuestros ojos con esta nueva producción suya. Estos matices de acrílico sobre lienzo van del ocre y otros tonos cálidos –que predominan- hasta el azul, pasando por el sepia, que siempre nos envuelve con su ensoñación, aire de añoranza y la idea de que el mundo se debate entre el ser y el deber ser –entre la platónica idea de la forma perfecta y la realidad que nos somete y circunda-.
Análogos son el espacio del infierno y el de la cárcel. Análogos, en cuanto a la privación de aquellas circunstancias que nos hacen respirar con desahogo: así como se habla de una canasta alimenticia básica, todos entendemos cuando se habla de un espacio mínimo vital para desenvolvernos. Así, también está el derecho al respeto a la intimidad. Pero el hacinamiento y el desprecio de los demás (sentidos en carne propia) son, en el espíritu del artista, acicate para la producción de mundos paralelos –parecidos y al mismo tiempo distintos a este suelo- y también puntos de partida para la lucha entre la mimesis y la subversión inmanente en toda obra de arte.
Así, Jorge Jaén toca a nuestra infernal puerta con esta propuesta emanada de carne y hueso, pero al mismo tiempo de la reflexión acerca de los elementos que quedan como testimonio de nuestro paso colectivo por la tierra. En este sentido, borde-intersticio-límite-barrote son sinónimos del deslindarse y de la línea divisoria entre libertad y reclusión (esclavitud). Lo problemático es, a la hora de definir nuestro espacio, reconocer con certeza y cada vez con menos dudas en qué lado estamos parados.

Moviliza a Jaén la temática. Ya hemos sido testigos de su trabajo que, con distintas técnicas (desde el collage hasta el grabado) acomete esos decires del borde de la ciudad. Es esa parte de la urbe que no quisiera mencionarse en el discurso público y que, con saludable valentía, el pintor registra. Es, entonces, Jaén, una suerte de cronista urbano no oficial; el contador público que en cada periodo hace el inventario obligado de los debes y de los haberes de Guayaquil; siempre encerrado en otra prisión, la de la dimensión del tiempo.
El mundo sesgado y de la tortura nos inquieta por su aparente novedad. Pero es lo que acontece en el patio trasero de nuestras casas. Cada cuadro cuenta una historia. Pruebas al canto: el autorretrato aparece en algunos de los cuadros de la muestra, como en Doble prisión para un artista, uno de los más logrados, y en el que vemos que la seguridad individual puede-y debe, por momentos- ser reducida a un pequeño espacio: un catre, un banco de mínimas dimensiones. No está exento del elemento sobrenatural, pues en El justo juez estamos frente al criminal que, debido al pacto con el Maligno, sale bien librado de cada fechoría con la condición del tributo, convertido en una cadena cuyas cuentas son orejas de muchachas estupradas. Y en Macumba tenemos, en cambio, la metamorfosis antropo-zoomorfa. En estos cuadros, sabiamente el espacio es dividido y dosificado; somos convocados a convertirnos en guías de esta prisión y a sentir los barrotes, pues también somos sus prisioneros (aunque algunos de nosotros no demos la talla para la Lagartera, sino apenas para el Pabellón de Atenuados). Convocados también estamos a recorrer sus recovecos, esquinas y corredores. Densos ambientes son presentados con luminosidad y oscuridad certeras. Los rostros y miembros suelen llevar estigmas, parches y cicatrices: rezagos de una existencia lumpesca y de violentas juntas. Aquí, el fetiche es común: el revólver es visto como una herramienta para los negocios y la corbata puede ser una horca perfecta (en Corbateando, por ejemplo). Muestra de los límites también es el ambiente compartido, como una ducha en la que los internos proceden a su aseo, o al patio desde el que se ve a las compañeras de la cárcel de mujeres (como en Visita inesperada). Allí, las visitas femeninas pueden ser las de un travesti glamoroso. Pero también podemos ver los mecanismos de la corrupción, como en Lagarto que come lagarto, lagarto es, cuadro en que el victimario intercambia funciones con la víctima. Los momentos para el placer sencillo (hiato de ingenuidad en el tema escogido) están representados en la comida (La que nunca falta), o en el amor (Sacapintas y Dulces sueños). La visión aguda del pintor nos compromete a ver el mundo desde su perspectiva y con sus ojos, como en Kafkiano, poderoso cuadro en el que como en el caso de Gregorio Samsa, asistimos a la conversión del humano en bicho. En fin, tenemos también la división del cuadro en planos (rostros), que representan el mundo dislocado y segmentado que habitamos.
La celda funciona como metáfora del encierro en nosotros mismos y del aislamiento de posibles interlocutores; es la evocación de un mundo distinto a éste; y la colmena –o conjunto de celdas- es el laberinto donde señorea el monstruo (que paradójicamente, está encerrado en su propio feudo). Producto del hacinamiento, este discurso hace que las voces se fundan en una sola, la que busca libertad. Además, entendemos que las mencionadas ansias por el derecho al respeto de la intimidad no son patrimonio de Jaén ni han afincado en su obra: al contrario, se ha constituido en un impúdico individuo que muestra la impudicia del medio y de la ciudad.
La trayectoria de Jaén se consolida. Tiene el extraño encanto de quien entusiasma y rinde tanto al espíritu crítico como al espectador común, al hombre de la calle. Mencionamos al principio el descenso a los infiernos de Dante y lo comparamos con este secuestrador de imágenes. Nos ha llevado de la mano por el purgatorio y la salvación que conlleva el paraíso queda en cada uno de nosotros. Nos confiesa Jorge a veces, cuando se halla enfrascado en un nuevo proyecto, que le es difícil alterar su estilo. Pero, ¿es que deseamos que lo haga?