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5 ene 2007

Condena o Salvación por la palabra

Por Miguel Donoso Pareja


Luis Carlos Mussó (1970), el “viejo” del grupo, Ángel Emilio Hidalgo (1973), Ernesto Carrión (1977) y Fabián Darío Mosquera (1983) son los autores de Porque nuestro es el exilio. En él proponen dos temas básicos, uno de vigencia permanente-la palabra (el verbo) como principio y fin de todo lo que existe al ser nombrado, su condenación y salvación simultáneas-y otro- el exilio- resucitado por la voluntad actual de un sector trasnochado de nuestra literatura que busca lo universal a partir de la negación de lo local, como si Pedro Páramo, hondamente mexicano, y el Ulises de Joyce, tan marcadamente irlandés, no tuvieran una enorme e innegable proyección universal. La emigración, además, es una vieja condición latinoamericana, como lo subraya García Márquez en su prólogo a ¡Exilio! (México, 1977), cuando dice: “Para muchos latinoamericanos tal vez el exilio ya sea la patria. Sobrevivientes del genocidio, la tortura o la cárcel, vagabundos en Paris o Nueva York, peones golondrinas, militares políticos, becarios conspiradores, compañeros efímeros que uno encuentra en Suecia o en México; obreros, escritores, estudiantes, forman- formamos-una legión errante que se identifica por ciertos rostros de desdicha o de furia fecunda…”. Esto, que en 1977 tenía ya una larga historia, es a estas alturas del partido más viejo que la sarna.

Los autores de este libro no se plantean el exilio así, en mi opinión, sino como una manera de no estar del todo- usando palabras de Cortázar- pero conservando las raíces, lo que es perfectamente válido.

El otro punto, el de la palabra como principio y fin de un universo que existe al ser nombrado, ese mundo otro que es la escritura, la poesía en este caso, es decir la creación, los autores coinciden esencialmente en la propuesta. Así, la angustia de Mussó cuando inquiere: “Para qué la palabra, si sangra para que nazca el ángel en plena cabalgata. Para qué la palabra, para qué”, tiene su complemento, su respuesta relativa, cincuenta páginas después, por boca (puño y letra) de Ángel Emilio Hidalgo, quién subraya: “El hombre sabe que atraviesa / toldos de luz que inventa entre las sombras / por eso evita que le invadan las palabras”. Y agrega: “Comprendo que el verbo es uno solo / y a él se adscriben las voces incesantes” Ernesto Carrión, menos angélico, responde: “(…) dios existe; pero igual que un gran artista de maravillosas dotes, nada tiene que ver él con su obra” y “la poesía (…) HERMOSO MONSTRUO. Reflejo fiel del ser humano que no construye ni destruye nada. Acaso tu, la más segura de las máscaras que tuve, la más desvergonzada, no terminarás siendo otra cuando alguien pase tus páginas sin entenderte./ Cuando alguien piense este canto, para todos”. Al final, el diluvio, “Y como un cráneo golpeando la playa/ Golpea en mi rostro/ La palabra”, según reconoce Fabián Darío Mosquera.

Pero queda la poesía, su anhelo por un mundo distinto, esa poesía que está aquí, en este libro.
A pesar de su coincidencia respecto a la palabra como materia creativa, su deleznable y al mismo tiempo incólume vigencia, los textos de Mussó, Hidalgo, Carrión y Mosquera son completamente diferentes, obedecen a una organización discursiva específica en su individualidad.
Luis Carlos Mussó muestra un discurso metafórico con predominio de lo paradigmático –unidades yuxtapuestas, sin relaciones de causa y efecto-, lo que da como resultado un gran espesor expresivo, una verticalidad, que se traduce con un carácter no distributivo sino integrativo. Esto nos enfrenta a la necesidad de una lectura inmersa en lo que Greimas llama disfraz de subjetividad, es decir, requiere de un lector cómplice y subjetivo, creador al integrar el sentido global y permanentemente cambiante del texto.

Por eso, el contacto con la escritura de Mussó se vuelve un juego de intuiciones, un sentir, más que un entender, una resonancia doble –la del poema y la de su lectura-, la posibilidad de acceder a lo escriptible. Por ejemplo, si nos dice que “No es nada la muerte” y que “la vida sin la música continúa siendo un error” porque “la muerte no existe: obedece sobre todo a la música”, solo la complicidad creativa del lector, la cantidad de lexias- unidades de lectura – que éste maneje, irá provocando los sentidos permanentemente cambiantes del texto (según cada lector). En mi lectura la muerte existe mientras existe la palabra y como donde empieza la música mueren éstas, la vida sin la música continuaría siendo un error, seríamos inmortales.

Bien lo dice Mussó: “en la muerte nos aguarda la renovación (…) y llegan, en silencio, los hedores enhiestos de la resurrección. Entre huso y huso de una noche remota. Entre forma y descenso de un felicísimo naufragio”. Y todo queda dicho según mi lectura. A fin de cuentas sarcófago significa devorador de carne y, al mismo tiempo, tránsito hacia otras formas de vida, gusanos, podredumbre y cambio, pero también descanso. Carpe diem ante lo inevitable, entonces, como señala Mussó en su sólida y honda poesía.

Según Tinianov, el factor constructivo preponderante de la poesía es el ritmo. Y es verdad. Pero el ritmo está en la lengua, en sus resonancias más profundas, en la ductibilidad de la palabra, más allá del verso y de la rima, más allá del anapéstico o el anfibraico, metros del griego, imposibles en nuestra lengua.

Entre de los diferentes ritmos de los autores de este libro, Ángel Emilio Hidalgo opta por el verso al buscar musicalidad y, dentro de ésta o, mejor, precisamente por ésta, logra la transparencia del sentido, opera sintagmáticamente a través de una versificación cuya musicalidad ejerce una función distributiva que comunica sus contenidos sin oscuridades y más cerca del disfraz de objetividad que del de subjetividad, más cerca de Borges, podríamos decir, que de Onetti, más cerca de Miguel Hernández que de Eliot.

Así, Hidalgo es límpido, transparente, dueño de ese difícil logro de la sencillez. Leámoslo:

“No hay punto final,
lo que queda atrás se multiplica,
corre por el suelo y reproduce
la partitura original,
la sabiduría que conocen los oleajes:
que los hombres pasan y la lluvia queda,
que no son sino una gota,
un vaso de agua que bebiera el tiempo”

Esta esencialidad, esta sencillez rítmica no hace sino magnificar ese anhelo de pureza de los inicios, sabiendo, sin embargo, son palabras de Ángel Emilio Hidalgo, que “el tiempo nos hizo comprender / que nada vuelve a ser estanque de agua clara”, salvo su propia poesía, y que a pesar de que es “Demasiado largo el camino hacia la noche” es a esa mágica transparencia que caminan sus palabras.


En Ernesto Carrión lo angélico y lo demoníaco se enfrentan, más anecdóticamente lo segundo dentro de latigueantes trazos distributivos que irrumpen en las situaciones que desentraña dándoles matices dramáticos, incluso, melodramáticos. Carrión desea que “Por un día siquiera, sería bueno que el anverso y el reverso no estorbaran”. Entre tanto, despotrica, casi operático: “Poeta hijo de puta” (la puta es la poesía), “vago radical al que llaman demonio”, “ateo encolerizado, simio susceptible”. A través de diferentes personajes (estos, explica Noé Jitrik, son” el puente que liga una capacidad- la del lector- con un conjunto de significaciones”) vocifera. Y aparecen Pessoa (“tampoco soy yo mismo”), Lautrec (“el bien o el mal, la castidad o la impudicia serán siempre…), Jesús (“No sé quién de los dos está más solo / Desde que soy tu criatura”) Sófocles” (Solo al hombre le es dado preparar su ruina”), Genghis Khan. (“El don de mi ira”), Billy the Kid (“un animal destrozado que no logra justificar cómo ha vivido”), a partir de quienes Ernesto Carrión flagela y se flagela, se dice y se desdice, sabe que solo lo inmediato es verdadero (carpe diem), pero no es eso lo que quiere y frente a lo dionisiaco o lo fáustico anhela lo apolíneo o cree anhelarlo. Y es esta la manera en que lo expresa:

Yo he de decir aquí aparece el cielo
Yo he de decir aquí araré el principio
Yo he de fundar mi casa y no volver a partir
sobre terreno extraño


Fabián Darío Mosquera, el más joven, abre con un poema excelente -“Exhumaciones”-, presidido por un epígrafe de Ungaretti que habla de “la caridad feroz de los recuerdos”. Nostalgia prematura de Mosquera que reconstruye su infancia integrativa y paradigmáticamente, con un discurso donde la imagen es la rectora y la ternura una tensión sobria y honda. En este nivel mantiene su poesía, incluso en sus diversas tesituras- en sus dos sonetos, por ejemplo-, evidenciando, junto a su alta creatividad, un oficio manejado con propiedad y sapiencia, cerrando así el combate con y por la palabra de este libro en el que cuatro vocaciones –realidades poéticas indiscutibles- se salvan por la palabra, aun reconociendo su condena o, como señala bellamente Fabián Darío Mosquera, sabiendo que la palabra es “corteza en el árbol del humo” y el silencio “un cardumen de roedores”.

Hermosa, honda, variada y sin embargo unitaria, la poesía de este trovador es el cierre justo de un libro que enarbola una calidad envidiable donde, cito a Mosquera, “un cíclope vuelve a la noche buscando la semilla de los temporales” y los poetas engendran “con el ocio sagrado de la mente en llamas” una “selva de luces”.