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13 abr 2012

Por Ernesto González Barnert




Empiezo a quemarropa: este es uno de los mejores poemarios del 2011 aparecidos en Chile. En otro año con superávit de publicaciones que no resisten análisis, llenas de poesía huera, cortesanas a la migaja del Eº en sus lógicas y temas, políticamente correctas, se agradece un libro que nos recuerda lo contrario, es decir, lo que se llama vida. Por consiguiente, no lleva más carga de la que pueden sus hombros como aconseja Horacio. Lo que conlleva que este libro se deje leer tanto por el lector más avezado como por el más inexperto, con igual gracia, le sea atingente. Un poemario que domina la lengua de la tribu, siguiendo a Parra, no para mostrar su habilidad o choreza, sino para hacerla hablar con sabiduría. Un libro que penetra en lo familiar para entrar en lo sublime:

       Mi madre corta el pan en la cocina.
       La madre de mi madre ya no corta el pan.
       Quizás eso sea todo.

       ¿Por qué no mato a la chinita que se posó en mi hombro como maté a la hormiga que subía por mi        pierna?

       Hay tardes en que ni la leche condensada me quita la pena.

       Ganas de renunciar y poner un puesto de cuchuflís con harto manjar. Hacer feliz a la gente y comerme los que sobren.

       ¿Piensas que ya te olvidé? Todas las tardes el viento
       hace sonar los metales que colgaste en mi terraza.


Como ven, muy lejos de esos libros donde impera un lenguaje fatigado, rimbombante, cuya fórmula anquilosada concita los aplausos de un público de alumnos y profesores acostumbrado a llegar tarde y meter ruido en la sala. Una poesía que –como en los buenos libros- nos muestra por qué los hombres son de tal o cual manera. 

Ahora bien, agarrándolo desde el título, creo que Materias de libre competencia y regulación se explica, en cierto modo y sin ser concluyente, como un libro que da cuenta de una vida y su reverso, inmerso en el curso de las cosas, en aprendizaje y expansión, a propósito de las únicas materias que interesan (y nos interesan), las únicas que valen la pena en lo que se llama vida. Naturalmente, de libre competencia y regulación. Libre competencia en cuanto no es poesía con apellido. Regulación, en cuanto a su respirar, de varia elección según el tema o camaleónica según el autor retratado. Pero siempre en su propia posición. En especial, cuando el tema es de orden familiar, tiene el tino de no disimular ni trivializar nada y, sin embargo, es noble. 

       ¿Has visto a tus papás durmiendo siesta? Los míos
       comparten cama hace 40 años
       y acaban de cambiarse
       a un departamento más chico.
       Otra vez están solos
       y esta fue seguramente la última mudanza.
       No se separaron cuando pudieron hacerlo
       como los papás de todos mis amigos.
       Conozco el resentimiento
       de los que siguen juntos, el amor
       al hijo por sobre todas las cosas.
       Me cuesta entenderlos, yo no tengo fe.
       Pero de tanto insistir acumularon algo
       que no conozco, algo
       que les permite perdonarse y seguir.
       Ahora duermen hacia el mismo lado
       con la tele prendida.
Viene a mi memoria una lectura en LDDS donde participó Andrés y en la que el Sr. Gregorio Angelcos mientras recitaba señaló a viva voz “esto no es poesía”. Supongo que esperaba rimas, la afectación de las grandes palabras abusadas por la poesía, el material fatigado con que todavía muchos se hacen una reputación de vate y consiguen en los malos lectores un público o beca, lo que es fácil al oído, lo visto. En fin, me hizo recordar la burla de Goethe a los que no lo entendieron en su tiempo: “cuando se dice a la gente sin reservas ni rémoras de qué se está hablando, piensan que no hay nada atrás.” Por lo demás, esa noche Andrés fue el más aplaudido. 

       Hacer tan feliz a una mujer que por un día olvide a su hijo.


       Una chica que vendía placer consoló a un grupo de amigos, sin dinero para pagar el servicio completo: “para qué quieren acabar si lo más rico es estar caliente”.


       ¿Te acuerdas cómo nos burlábamos de él?
       Ahora lo dejas entrar en tu cama
       para burlarte de nosotros.

       Sueño que voy en una micro, hablo con una desconocida y terminamos abrazados. Bajamos, pasamos por fuera de un derrumbe y luego se transforma en redada policial, hay que escapar. Al correr por la calle me intercepta una bruja y dice: “Si vuelves a hablar en público, perderás la voz para siempre”. 

       [C en Londres]

       Ese perrito que te siguió el jueves,
       cuando viniste a verme a las 3 de la mañana.
       Ese perrito manchado que te cuidó,
       que te dolió tanto dejar afuera de mi edificio
       porque aquí no se admiten mascotas.
       Ese perro desconocido
       que se quedó para verte apretar el 6 en el ascensor
       y desaparecer.
       Ése ahora soy yo.


Sin duda, ya no es el poeta de Poco me importa (Autoedición, 2009) o el de la plaquette La caja oblicua (Ed. Alquimia, 2011). Aunque mucho de su espíritu inicial aquí continúa, pero digamos que lo hace en su mayor expresión y dominio, con más ironía y radicalidad bufonesca. Con esa madurez del que aceptó su lugar en el mundo, está en el centro de su sueño, navegando como Palinuro en el mar. Y como tal dispuesto en la última pasada a abandonar la gloria. Aquí no tenemos uno más, sino uno entre nosotros. Que capta que sus confines son la propia vida y que lo que le interesa es la verdad, es decir, que la vida y obra sean coherentes, escribir desde ahí. No una poesía ajena a la vida o estúpidamente contra ella como exigía P. Larkin. 

       Cerrillos

       Mi tío Nano debió morir
       mucho antes. No era de los que quieren
       vivir hasta los 100, fumaba
       ya casi sin pulmones, a escondidas
       cuando se lo habían prohibido hace años.
       No tengo recuerdos de él joven
       lo conocí con esa voz raspada, ronca
       preguntándome siempre por minitas.
       Le iba bien con ellas, cuentan
       sus hermanas. Me cohibía,
       no sabía muy bien qué decirle
      era demasiado joven. No supe
      conversar con él.
      La mañana en que murió
      tenía al lado en la cama a mi pareja
      de ese entonces. Le conté y enseguida
      empecé a besarla, me puse tras ella
      y lo hicimos con fuerza, como creo que a él
      le hubiera gustado.
      Nosotros, vivos y exhaustos
      imaginamos que habría estado feliz de enterarse
     de nuestra reacción ante la noticia.
      Él ya no se enteró de nada. Sólo quedaba
      el abrazo de su hijo, confundido
      en una capilla de Cerrillos.

Como ven en los poemas de mayor calado lo concreto trae en la punta de la lengua a lo abstracto y no al revés como en los poetas chapuceros. Sabe tocar la honda y el arpa. O mejor, como esos antiguos médicos de pueblo, intenta captar esa totalidad, aunque sea de manera imperfecta. Pero nunca intentando transmitir más de lo que se quiere decir o más de lo que siente –a eso se refiere Horacio con la carga apropiada a sus hombros-. Y, claro, sin perder el humor, la complicidad o sentimientos como la desidia, la apatía, el desdén, la tristeza, la lujuria, la filia por los amigos. Sin duda, en el verso de Florit, en el más literario, el oído capta su relación con el lenguaje cotidiano. Tal como señala Lawrence en su introducción a los 9 poemas: “todo lo que puede decirse, para empezar o terminar, es que el verso libre es, o debería ser, la expresión directa del hombre completo en su instante.” Y Andrés cumple a cabalidad esa impronta. 

Por otra parte, en los poemas o textos breves, predomina un estilo ligero e incisivo y cuando es profundo nunca pierde distinción y claridad. Como Alfred Kerr: trazar apuntes es tensar los músculos. Es decir, la capacidad de concentrar, seleccionar y disponer, y condensar no solo una imagen de sí sino de cualquier existencia y que esa existencia se estremezca en una fulguración. 

       Ese temor atávico de que te empujen —o de volverte
       loco y empujar a alguien— a la línea del metro. Por
       ejemplo a Jaime Quezada que está con su típica
       chaqueta café claro y sus lentes oscuros y sus
       canas un poco más allá.


       El inconfundible sonido del camión de basura a
       una cuadra de aquí. Se lleva todo lo que botamos
       por separado. Ahí, vecinos, somos uno.


       Quiltro café claro:
       quién como tú durmiendo a pleno sol
       a la entrada de un bazar sin clientes.


       En Moneda llegando a Cumming,
       un rayado acertadísimo: “Maquieira al Nacional”.


       Él hace magia blanca pero quiere que lo respeten
       los que hacen magia negra.


       Todo se mueve: los autos, las palomas, las ramas
       de los plátanos, la gente. El perro que estaba
       echado al revés junto al almacén, con un pequeño
       charco rojo debajo, no.

Creo que el poder del verso prosaico de Florit “surge de la armonía indefinible entre lo que se dice y lo que es” como dice Valery. Y, por supuesto, de ocuparse de la realidad con filia y naturalidad, precisión y cercanía, es decir, el súmmum de la poética grecolatina. 

       No me gustan los mapas
       ni preguntarle a la gente que pasa
       por la calle que busco.

       Afanarse en llegar: de estultos.


       Yo te decía la verdad pero la verdad cambió.


       Ernesto:
       Me he sorprendido imitando tu tono.
       Pero tú ya no te imites.


              a José Miguel Ruiz

      “Más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
       soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

       Y qué bueno es reencontrarse con Machado
       como con un viejo maestro
       que ahora, en vez de hacernos clases,
       nos acepta una cerveza.


       Gorosito es el poeta. Acosta, el lector.

A propósito, nunca olvida el consejo de Schopenhauer en Sobre la escritura y el estilo: “Y, sin embargo, no hay nada más fácil que escribir de manera que nadie nos entienda”. O como lo diría Lope de Vega: “Escribir es muy difícil, sobre todo hacerlo de forma sencilla”. En fin, creo que concuerda con ese gran poeta que es Rafael Cadenas en lo que aspira un poeta: “la soberanía de lo sencillo, lo natural, lo que está ahí, todo lo cual es, al mismo tiempo, el misterio”… “lejos del poema como cosa de arte.” En contraposición a “la poesía moderna que tiende a convertirse en un corpus hermético. Se hace para un círculo de iniciados; por los poetas para los poetas”. En los poemas que siguen, por ejemplo, le habla al hijo que no tiene. Y en el segundo no solo hace un poema contra el profesor de técnico manual sino que un poema en el corazón de su familia chilena, de la educación chilena, de la infancia. Y claro, mucho más.

       This Be the Verse

       Cuando acumulo las cuentas pagadas en una carpeta
       que hace rato no da abasto, y pierdo papeles
       pienso en el hijo que elegí no tener.
       A él le regalaría, cuando se fuera a vivir solo
       varias carpetas para que no sucumba en el desorden.
       Le daría cinco juegos de sábanas
       para que no use siempre esas mismas
       que le va a costar un mundo lavar.
       Lo llevaría a comprar ropa cada seis meses
       para que no se aburra de sí mismo
       al verse en la mañana, antes de ir a trabajar
       como uniformado para una derrota diaria.
       Me preocuparía de que tenga calcetines y lo obligaría
       a botar los que se van rompiendo o quedando
       guachos, él no los coleccionaría
       en un cementerio de lana con cadáveres
       de todos los colores esparcidos por su cuarto.
       Si no lograra convencerlo de llevar una tele a su casa
       le grabaría muchas películas y series, a cambio
       de que las tenga tan ordenadas y a la mano
       como sus libros.
       Comería de todo enfrente de él
       para que no herede mis mañas.
       Lo acompañaría a ver departamentos
       y me fijaría muy bien
       si hay mucho auto estacionado,
       para que las alarmas no lo molesten en su desvelo.
       Que tampoco haya tanto perro. Aún así
       le regalaría tapones para los oídos,
       diccionarios etimológicos, libros sobre la vida animal,
       Tendría auto y tiempo
       para llevarlo por el día a la playa
       cada vez que me lo pidiera. Me emborracharía con él
       en la semana, hasta muy tarde e iría a trabajar
       aunque no haya dormido nada. Así tendría moral
       para tirarle todos los vasos de agua necesarios
       si no hace lo mismo.
       Corregiría sus poemas con más rigor
       que a mis mejores amigos
       y también le regalaría una planta no muy exigente
       que jamás le recordaría regar.
       Y si con los años lograra cuidar un gato
       que estuviera en su sillón cada vez que voy a visitarlo
       me sentiría el padre más pleno de este mundo.



       Contra el profesor de técnico manual

       Mamá me sobreprotegió todo lo que pudo
       y me expuso al ridículo. A ti,
       que eres de los que no entienden que haya hombres
       que no sepan armar una repisa.
       Disfrutabas poniéndole un 2
       a los que no traían materiales
       y más de una vez disfrutaste a costa mía.
       De nada servía pelear, eras
       asquerosamente omnipotente en ese taller.

       Tan alto y seguro de ti mismo,
       parecido a papá en sus mejores años.
       Seguro que como él también hacías deporte,
       habrás tumbado a más de diez
       como a mí me tumbaron diez veces por cobarde.

       A mis amigos les iba bien en tu curso,
       ahora son padres. Yo me martillaba el dedo
       por escapar al patio antes del timbre.
       Si sólo hubiera pegado un clavo. Todo
       salía contrahecho en ese galpón,
       nada tenía sentido. Entonces me reía,
       en vez de defenderme me reía y tuve que
       congraciarme con los que sabían pelear. Aprendí
       a pegarle a los que no sabían devolver el golpe.
       En ese pasado salvaje
       no había libros, no había poemas,
       sólo un constante miedo
       al ataque a mansalva. A la risotada
       del curso entero luego de cantar a toda voz
       tres liaos pal florit cu
       florit cu
       —liao!

       el hit de mi mejor amigo
       cuando nos quedábamos solos en la sala.

       Estos son mis materiales:
       los clavos que me tuve que sacar.
       Me habría gustado ser estoico,
       afirmado en alguna verdad interior.
       Pero no había dónde afirmarse.
       Sólo el tiempo me libró de la juventud
       a la que gente como tú quisiera volver.
Al llegar aquí pienso que también la poesía de Andrés Florit le recuerda al Sistema, es decir, a quienes lo manejan, que no pueden olvidar que hay personas con rostro y no cifras anónimas y que el homo laborens es también el homo ludens[1]. Por supuesto está conciente de esos otros escritores, interesados en los factores sociológicos, en la trama, en la concienciación política, pero a él los que más le importan son los que se involucran con el lenguaje, con la verdad desde su propia posición. Una posición en la que a su vez el poeta es –como apunta Martín Amis- una persona literaria, una persona de la calle... totalmente normal, y una persona inocente, como un niño. Y que intuye –desde ese punto de vista triple-, que la felicidad como escribe Chejov no existe, lo que existe es el deseo de ir hacia ella. 

       Hacer una cola de una hora diez minutos en
       Servipag para quedar a cinco turnos y que se
       caiga el sistema. Irse feliz porque en esa hora
       no hubiera leído si no hubiese estado ahí.


       Working Class Hero

       Mis héroes no vinieron a congraciarse
       con la clase trabajadora.
       Imposible confundirlos con candidatos a diputado
       o al Premio Nacional.
       Sabemos los beneficios de declararse en quiebra,
       ser rebelde como quien compra
       los jeans rotos de fábrica.
       Mis héroes siguen su propia liebre.
       Y si al público le gusta, mejor
       pero no se lo ganan disfrazándose de ovejas.
       Si son lobos atacan.
       Y si son gatos se largan.
       Mis héroes no se sienten héroes
       ni lo son: saben divertirse,
       no le tienen miedo al pop
       y dan la vida sin refregárselo a nadie en la cara.
       Nunca están satisfechos
       y yo tampoco.

Por eso y todo lo demás, en un momento de virilidad y conciencia, de bondad y perdón, es por su capacidad de darnos esa felicidad, de llegar al corazón de los aficionados, que celebramos este poemario. Todas las obras de arte que sobreviven deben tomar algo prestado del espíritu de su época. Y Andrés sí que lo hizo en este libro de más de 250 textos. Y lo hace con las proporciones adecuadas, sumadas a la sencillez de expresión y la seriedad del pensamiento. Una obra vernácula con todo el dominio invisible del hombre de letras, el mandarín, siguiendo una reflexión de Cyril Connolly. Que sabe que la única manera de conservar nuestro territorio no es darnos por vencidos y comenzar a escribir para nosotros mismos, sino tratar de escribir libros que sean relevantes. Y Andrés Florit lo hace a la altura del hombre, nuestra única escala. Un poemario, en definitiva, donde hay de todo: aguafuertes, sátira, concentración, amor, oficio, líneas desesperadas, amistad, música de alcantarillas, jet lag. Un libro donde hay carne y alma. 


Ernesto González Barnert (Temuco, 1978). Ha publicado La coartada de los dragones por el camino pequeño (Ed. Pewma, 2000), Higiene (Ed. del Temple, 2007), el CD de anticipo Trabajos de luz sobre el agua (Ed. Alquimia, 2007), Arte tábano (Manual Ediciones, 2010) y el objeto-libro Tallados (Cubo de Poesía Anatrópica, 2010) y Trabajos de luz sobre el agua (Del Aire Editores, 2012). Obtuvo el Premio Nacional Eduardo Anguita (2009) y el Premio de Honor Pablo Neruda de la U. de Valparaíso (2007). Fue Becario de la Fundación Neruda y de los talleres de poesía Biblioteca Nacional-Fundación Mustakis, Centro Cultural de España y SECH. En dos ocasiones recibió el Fondo del Libro de Chile para el muestrario Poesía Amorosa Actual –edición braille- (2009) y la serie de televisión Obturaciones (2011). Fue parte del taller Santa Rosa 57. Entre las últimas antologías que recogen su obra destaca: Cajita de música, Poetas de España y América del siglo XXI (AEP, Madrid, 2011). Es Licenciado en Cine Documental por la UAHC. 


[1] Andrés suscribiría esta reflexión de Claudio Magris: “La literatura defiende lo individual, lo concreto, las cosas, los colores, los sentidos y lo sensible contra lo falsamente universal que agarrota y nivela a los hombres y contra la abstracción que los esteriliza. Frente a la historia, que pretende encarnar y realizar lo universal, la literatura contrapone lo que se queda en los márgenes del devenir histórico, dando voz y memoria a lo que ha sido rechazado, reprimido, destruido y borrado por la marcha del progreso. La literatura defiende la excepción y el desecho contra la norma y las reglas; recuerda que la totalidad se ha resquebrajado y que ninguna restauración puede fingir la reconstrucción de una imagen armoniosa y unitaria de la realidad, que sería falsa.”