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27 feb 2013

Nos hemos comprometido en el esfuerzo de pensar un lugar propio para la práctica analítica, cuando parece que su destino está decidido por los poderes. En el futuro inmediato los analistas serán ubicados y reubicados en proyectos y programas de higiene social y psicoterapia. Eso que Lacan llamó, crudamente, en Radiofonía y Televisión respondiendo a la pregunta tres de J-A Miller, un “ensayo vano”, parece arrastrarnos sin remedio. 



Podemos suponer que nos movemos en una corriente contradictoria. De un lado, la hegemonía ideológica de las neurociencias y el cognitivismo proclaman la caducidad de la vía freudiana. Por otra parte, como opción salvadora, al psicoanálisis se le ofrece sumar sus recursos –teóricos y técnicos- a los proyectos terapéuticos, al disciplinamiento de los cuerpos y al control de las poblaciones. 

Nos propusimos buscar argumentos aliados en el paradigma de la comunicación. Se dice que ella es un hecho humano ineludible. Desde Palo Alto se ha insistido en que es imposible no comunicar. 

Más allá tenemos el derecho universal a la libre expresión, como rasgo ejemplar de la democracia. Es decir que apuntalamos al psicoanálisis con las referencias a la comunicación y a la democracia, separándolo relativamente del marco preventivo y salubrista en el cual parecería quedar confinado, cuando son sólo psiquiatras y psicólogos clínicos quienes pueden ejercerlo. 

Veamos más de cerca el ángulo del derecho. En su exposición sobre las contraindicaciones del psicoanálisis J-A Miller especulaba sobre un derecho del sujeto al sentido. Con ello nos ponemos junto al derecho al sentido religioso, aceptando lo que Lacan decía sobre la religión: que ella es la guarida original del sentido. La vertiente del psicoanálisis no es el sentido sino el significante como tal, en su condición de vector a lo real. Es una encrucijada donde el mismo Lacan afirmó que es el uno o la otra, pero que el psicoanálisis no puede vencer a la religión, sino a lo sumo sobrevivir. 

La llamada Teoría de la Comunicación Humana se ha articulado bien con los estudios sobre los dichos realizativos o performativos de Austin. Se desemboca en una propuesta política y cultural que busca deconstruir, en clave derridiana, los dichos sexistas, opresores y segregacionistas. La reiteración de nuevas prácticas discursivas sustentaría nuevos vínculos humanos más equitativos. 

El psicoanálisis constata por principio el carácter performativo de los significantes. El síntoma y su interpretación son modelos de ello. Pero la performatividad no se restringe a las condiciones asentadas por la legalidad y las costumbres, ni es exclusiva de autoridades. No es un fenómeno que transcurre en el ámbito de la conciencia y la voluntad. La performatividad es inconsciente, remota, pero sobre todo es equívoca. De donde el carácter ilusorio de una estrategia liberadora basada en enunciados supuestos unívocamente correctos. 

La figura del comunicador tal como hoy está perfilada en su vocación de masas, de información, de redes multidireccionales y de receptores activos no incluye la operación del psicoanalista. El analista es quien opera con los estragos que el malentendido de toda comunicación deja en un sujeto. Su lazo pragmático es de dos, analista y analizante. La ideología de la comunicación agrupa, el vínculo comunicativo en psicoanálisis desagrega, no del todo, pero justo a su límite. 


Retomando las cuestiones planteadas por J-A Miller en su curso del año 2004, en tanto se trata de asuntos en los que estamos sumergidos, enfaticemos que el control biopolítico -especialmente referido por Foucault, reformulado por Zizek y positivamente criticado por Jameson- se sostiene en la red informática. Allí donde circula la información, en sus canales comunicativos, quedan atrapadas sus huellas. Es literalmente una red y podemos decir que el fin mismo de la comunicación es el registro. 

La huella informática es el registro, un saber guardado al final de una comunicación que parte de los marcos tecnológicos de las computadoras. La secuencia es Registro – Comunicación – Registro'. O podemos definirla como Saber – Trabajo - Saber'. La economía Capital – Trabajo - Capital' tiene su versión digital. 

La clínica, aquella que nos alude, ha empezado en la psiquiatría, pariente desacreditada de la medicina cientificista. Ha tratado de compensarse con la descripción detallada y con la clasificación de cuadros. Su registro, ahora un listado, no cesa de hacerse, deshacerse y volverse a hacer. 

Freud tuvo la esperanza de que psiquiatría y psicoanálisis se complementaran como descripción y explicación. Lo cual no quería decir, sin embargo, que la formación en uno de esos campos condujera al otro. Allí naufragaba el proyecto de complementación. 

Pero también la Universidad es invencible y vemos renacer este proyecto en nuestras propias manos. Se restaura el clasicismo de las estructuras clínicas, refiriéndolo a los mecanismos freudianos básicos: represión, desmentido y forclusión. Y hoy, en la época del listado sindrómico, apuntalamos una selección de los llamados síntomas contemporáneos con las elaboraciones lacanianas sobre lo real, lo simbólico y lo imaginario, en clave borromea. 

Los grandes casos de Freud, por otra parte, parecen hacer una clínica distinta. Funcionan con la autoridad de los veredictos judiciales precedentes en las leyes angloamericanas. Dora, el Hombre de las Ratas, el Hombre de los Lobos, Juanito y Schreber son los paradigmas insuperables del diagnóstico y la explicación. 

Las formas de elaboración clínica anteriores se constituyen como saberes depositables y son transmisibles como matrices para un registro. 

La clínica es lo que se dice en un análisis (Lacan en Apertura de la Sección Clínica), y de lo que se habla allí es esencialmente de las cosas que no andan en la vida amorosa. Los imaginarios en juego, según Lacan en el Seminario Aún, van del amor cortés a la sensación de que recostados se dicen cosas importantes. Es el escenario de la transferencia. Es una práctica de la palabra, pero hay una constelación textual que la acompaña: diarios, cartas, libros, películas, una colección para cada uno irrepetible. 


No cabe duda que el sujeto narra, relata, hace historias. Una producción del tipo “escúchese y destrúyase”. Es la novela familiar edípica, con sagas generacionales y leyendas. 

Es muy significativo el esfuerzo de convertir el drama contado por un sujeto, y el drama mismo de la experiencia psicoanalítica, en un reporte científico. Como curiosa referencia histórica estaría el proyecto de la neuropsicología soviética, después de la muerte de Stalin para, aceptando la relevancia de las cuestiones planteadas por Freud, desechar el tratamiento literario que él les daba y traducirlo a mecanismos de información nerviosa. Es de la misma época el proyecto cognitivista norteamericano, y prácticamente con los mismos objetivos. 

Los analistas luchan por hacerse un lugar en el mundo de la ciencia útil. Para ello se ven llevados a presentar pruebas, descripciones y registros de lo actuado. Son los materiales con los que se hace el caso, el cual no puede ser sino una historia, una reconstrucción. La disparatada experiencia de un análisis es presentada como el ascenso dialéctico de una verdad que toma forma en la conclusión. 

Todo lo anterior se justifica, parcialmente, si recordamos la preocupación de Lacan (Nota Italiana) por tener una producción que le de al psicoanálisis un lugar en el mercado. Pero estamos seguros de que el psicoanálisis ha tenido otros modos de obtener espacio en la cultura. El Seminario de Lacan es paradigmático en ese sentido. Y los testimonios del pase, que no son “casos”, prosiguen una lista, que Miller aumenta con la transmisión del post-analítico. 


Estas son las vías por las que se restablece un poder de la palabra que no reposa en el enunciado sino en la enunciación. La palabra toma su fuerza realizativa en el decir mismo y no en un saber supuestamente verificable (léanse los criterios inaugurales de Foucault a propósito del orden del discurso). 



Salir del olvido 


Seguramente el psicoanálisis se inscribe, palabras de Lacan, en el debate de Las Luces. Precisamente por ello hace falta incansablemente un ejercicio subversivo, cada vez que el “comercio cultural” lo pule hasta volverlo un adorno intelectual, un signo identitario de la época, un informe clínico perfectamente legible y coherente. El “exoterismo” lacaniano, la ex-tensión, toma como base lo más cotidiano de la experiencia (Lacan), eso que llamamos –condescendientes con una tradición médica como anota Miller en su curso Cosas de Finura– la clínica. 



En nuestra transmisión la noción de historia tiene algo desorientador. Ciertamente consta el esfuerzo de un sujeto por refrendar su historia, hecha como un entramado fantasmático de representaciones imaginarias, cosas oídas y experiencias en su cuerpo de viviente. Es lo freudianamente denominado “parapeto”, y que sirve para recubrir lo real traumático. 


El desciframiento analítico deshace la historia, la reduce a unos pocos nudos insensatos. No se reconoce allí un yo, a un personaje que transcurre, más o menos íntegro a través de acontecimientos de vida. Lacan remarca que lo real viene en trozos, que los goces se multiplican en sus concreciones pulsionales acéfalas. Hace falta otra forma de “clínica”, una que muestre pulsátilmente, mediante ejercicios de la palabra, el anudamiento en acto. El witz es el medio y el mensaje de la transmisión analítica: breve y contundente. 

Por ello podemos preguntar si las presentaciones clínicas, donde hacemos de reconstructores de historias, son los caminos dictados por nuestra homeostasis, o por la consideración que tenemos por nuestros colegas. El curso Cosas de Finura además pone en primera fila lo que suponíamos desde siempre: con el caso de otro traemos algo inconcluso de nuestro propio caso. 


Habría que insistir en el tema freudiano de empezar cada caso desde un punto cero del saber. Miller pudo articular esto como “construcción cero”. El asunto sería el siguiente: el psicoanálisis se reinventa una y otra vez, y en cada experiencia volvemos a decir, a posteriori, qué es un análisis. Lacan reiteró este criterio en su conferencia de Ginebra, al hablar del pase, un testimonio que tiene incluso un tono iniciático. En este contexto, la doctrina y la experiencia clínica –los casos- no sólo están en suspenso, sino que pueden hacer de obstáculo para la transmisión de lo inédito. 

Freud presentó un modelo estratificado del inconsciente, con un núcleo llamado patógeno. Es la célebre figura de los archivos dispuestos por épocas, como capas en torno a dicho núcleo. Diferentes temas atraviesan los estratos históricos, en ejes conectados al núcleo traumático. Lo que podríamos llamar la investigación psicoanalítica avanza hacia el núcleo, pasando de una versión a otra, cortando la historia – o mejor, la novela familiar - en los puntos donde ella vacila, tropieza o falla de cualquier modo. Cada vez que ocurre un salto, de un estrato a otro, se decapita un personaje identificatorio. La comparación con el movimiento del caballo de ajedrez sirve a Freud para mostrar que la tarea es zigzagueante. Invoca unos enlaces lógicos, pero más estrictamente se trataría de la ley del equívoco en el lenguaje. 


Clásicamente la tarea analítica fue aproximada a la escultura, en oposición a la pintura. El trabajo es reductivo, no constructivo –una construcción sólo es buena si sustituye a otra más elaborada-. Freud quería salir de la serie de factores actuales para llegar a los factores disposicionales. Reemplazaba así todo el drama sintomático presente por una escena de contenido edípico, con variaciones según la gramática de la pulsión. Dicha pulsión aportaba un monto de empuje o exigencia, que el sujeto poseía constitucionalmente al momento de su encuentro con el Otro. 

El esculpido de estas escenas o fantasías primarias se ve detenido por un obstáculo que Freud llamó inconsciente primario, constituido por una represión originaria. Hay una economía pulsional, constitutiva e inanalizable. 

La relectura lacaniana nos aleja de un modelo esférico o concéntrico. Si el heliocentrismo copernicano es cuestionado en el Seminario Aún, es porque todo centro es una ilusión. Por tanto no podemos proponer el drama edípico como eje absoluto de la constelación neurótica. Él indudablemente funciona como una capa protectora, como una defensa contra lo real, intentando reducirlo al todo de lo fálico. 

Lo real viene en trozos, que sorprenden e irrumpen en la corriente del discurso. Si en psicoanálisis hablamos de corte, refiriéndonos a la interpretación, no olvidemos que el sujeto del inconsciente, en sí mismo es un corte, se presenta mediante interrupciones, fallas, detenciones en la cadena elemental de S1- S2. 

Al analista le toca ratificar, subrayar, dar voz a esa subversión del sujeto del inconsciente. Llegado el momento el analista convoca y sostiene al sujeto de la palabra en el lugar donde ésta desfallece. El efecto buscado es mostrar que toda historia no tiene otro sentido que proteger un goce, que se guarda y se resguarda 

El giro esencial, en la experiencia psicoanalítica, es salir del olvido, que lo dicho –la historia, el sentido, la novela- impone sobre el hecho de que se diga (Lacan, El Atolondradicho). Esto se concreta a través de los juegos de palabras, que son para Lacan, el medio y el fin del análisis freudiano, en tanto se dirige a obtener un saber hacer con la lengua. 

La operación analítica replica el trabajo del inconsciente, que ha hecho del parletre, del ser hablante, un poema. Estrictamente dicho poema es más un chiste, un equívoco, uno de esos trabalenguas que Freud destacó como un ejercicio gozoso en los niños. No se trata de belleza en estos nudos de lalengua (Véase L’ Insu). Y no olvidemos que, desde siempre, la exigencia superyoica es una letanía farfullante que vehicula la pulsión de muerte. 

Hay un dilema ético, que se presenta donde las historias familiares se agotan, donde los mitos y proyectos, congruentes con el fantasma, tambalean. En ese lugar el sujeto retorna a tocar un goce por el que sufre y vive. Es el trozo de vida tal cual le ha tocado en suerte y que debe –como único deber según Freud- soportar. ¿Qué hará allí, en esa encrucijada a la cual lo ha conducido un analista? ¿Volverá atrás para reconstruir un nuevo aparato de olvido? ¿Podrá permanecer allí, ingenioso, improvisador e inventivo, para canturrear algo diferente a una plegaria? ¿Qué hará luego, cuando sabe, por su propia boca, el modo como se tejen los hilos significantes, con retazos de representaciones y con las huellas aun calientes de su goce? 


Son las marcas de este esfuerzo, hecho y por hacer, las que un analista intenta, en acto, mostrar durante su transmisión en la Escuela. 

1 oct 2012


“En efecto, lo que constituye el fondo de la vida es que, en todo lo tocante a las relaciones de los hombres y las mujeres, lo que se llama colectividad es algo que no anda. No anda, y todo el mundo habla de ello, y gran parte de nuestra actividad se nos va en decirlo”. 
Lacan, Seminario Aún. 

“… lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar de amor. Y ¿cómo no percatarse de que, con todo lo que puede articularse desde el descubrimiento del discurso científico, ello es, pura y simplemente, perder el tiempo? El aporte del discurso analítico es que hablar de amor es en sí un goce, y quizá, después de todo esa es tal vez la razón de que emergiese en un punto dado del discurso científico”. 
Lacan, Seminario Aún.


                                                             
Si actualmente parece necesario apostarlo todo a la utilidad pública del psicoanálisis, proponiendo y ejecutando varias formas de psicoanálisis aplicado, sería igualmente vital destacar una referencia a lo que sería el psicoanálisis propiamente dicho. Hace falta una brújula en el laberinto biopolítico, en la sutil red de control de la población. Los analistas, a título de psicólogos clínicos, están en dicho sistema, procuran obtener efectos analíticos, por mínimos que sean, más allá del plan terapéutico. 

La vocación realista del psicoanálisis lo enfila hacia el síntoma para hacerle frente, como dice Lacan en el año 1974. No se anticipa ni pretende tener fórmulas preventivas, o propiciar políticas más adecuadas. Más bien, supone lo inesperado y pretende ubicar lo que permanece opaco, en medio del saber-hacer triunfal de la ciencia. El psicoanálisis nació en el espacio contingente entre el ocultismo y la ciencia según Freud. Para Lacan el callejón estrecho del psicoanálisis pasa entre la ciencia y la religión. 

La pregunta que nos hacemos es si el privilegio de este tiempo, desde el punto de vista analítico, es mostrar descarnadamente que el mayor malestar es el producido por el odioamoramiento del Otro. Los placeres de la vida amorosa se ven pronto ensombrecidos por las desdichas que acarrea. 

Lacan llega a formulaciones directas: el acuerdo entre los sexos es informulable, el amor no marcha, la gente va al psicoanálisis a hablar en último término de eso, muchas veces desde el inicio. Incluso si la clínica psicoanalítica es el decir del que está acostado, es porque en esa posición ocurren cosas que importan únicamente al sujeto. 

En el imposible acuerdo de los sexos, en los tropiezos para hacer concurrir los modos de goce al espacio de la cópula, en la ostensible dificultad para hallar pareja; el psicoanálisis encuentra su real, de donde recibe su legitimación social, y más allá su fundamentación. Así lo asevera Lacan en su seminario del 11 de abril de 1978. 

Para Freud el malestar humano empieza en la impagable culpa del asesinato primordial. La religión es el síntoma de esta transgresión. En cambio Lacan asume que, de cualquier modo, la religión no es un mal síntoma. Siglos de matanzas interreligiosas nos ahorraron el desasosiego de una existencia insensata, la angustia y el horror de un enigma irresoluble. La ciencia, en cambio, como un árbol navideño de manzanas envenenadas, nos ha condenado, una vez más, a una errancia sin fe. Hemos canjeado la vida sencilla del rebaño por la turbulenta voracidad de cosas, bienes, servicios, placeres. 

La ciencia y el capitalismo, la física y el comercio, las matemáticas y el imperio de la cifra que disuelve todo, reduciéndolo a unidades abstractas: es el mundo del dinero, como se titula el ensayo de Martin Hopenhayn. Podríamos encender nuestra curiosidad si nos preguntamos cuál –el dinero o la ciencia- es la condición primera. Zizek también ha recorrido los estudios al respecto. Aquí recordaremos dos asertos lacanianos: el capitalismo ha partido de desechar el sexo (Radiofonía y Televisión); en el discurso de la ciencia hablar de amor es perder el tiempo (Seminario XX). 

El mundo del dinero no es la tonta esfera que el imaginario nos representa. Es la red, el entramado, la hiperconexión, la comunicación que oprime y satura, pero que inevitablemente deja un subproducto, un desecho inútil, una laminilla que se filtra y que cae (ver Lacan en el Seminario XI hablando de dicha laminilla). Fue Freud quien levantó ese desecho haciéndolo su causa, con la cual se hace hablar, en torno a ese otro mundo perdido irremediablemente, en el que supuestamente habría existido la armonía entre el hombre y la mujer. 

Beck, Giddens, Bauman, entre otros sociólogos, describen un panorama confuso y difícil para la vida contemporánea. El último de ellos nos da la metáfora del “amor líquido”, usando el adjetivo para nombrar el rasgo dominante de la cultura de hoy. La lógica de la economía y la hiperconexión, sus semantemas y clichés, son los significantes con los que los sujetos hablan y abordan el campo amoroso. Se establecen conexiones, contactos, listas. Son opciones a evaluar, en tanto inversiones a corto plazo. El riesgo y el cálculo de posibilidades conducen a una pauta muy diferente a todo lo antes visto. No hay seguridad en el mediano o largo plazo, no hay el marco de hierro de la religión, la familia, la censura moral, la punición legal. La incertidumbre amorosa es el clima que prevalece en todas partes. El escenario físico es la ciudad, la metrópoli gigante, la concentración demográfica y el urbanismo cibernético. 

Los sujetos están ávidos de orientación, de recetas, de un saber-hacer erótico. Una proliferación de expertos en el tema, revistas y programas, es la más patética prueba de que se va a ciegas. La información sobre opciones, variaciones, estilos y modos de vida, no resuelve el dilema esencial: qué decidir en el terreno del lazo amoroso con el otro. 

Pero hay un movimiento opuesto, emprendedor y militante. Viene de un campamento heterogéneo y combativo. Se lo denomina, paradójica y vagamente, con términos como “teoría queer” o “la Nueva Carne”. 

                                                    

Hart y Negri han propuesto el éxodo como vía de liberación. Tienen referencias en la historia de otros éxodos de pueblos que se alejaban de sus opresores buscando nuevos mundos. Hoy dicho éxodo no se lo concibe en el espacio, en la geografía, donde casi siempre fue una invasión. La emigración ahora consiste en pasar fronteras identitarias. 

La guerra de los sexos es inevitable en el campo de la cultura paternal y falocéntrica. Los papeles constituidos y llamados “hombre” y “mujer” ponen en pie una contradicción opresor-oprimido, el goce se limita a sus fines reproductivos normalizados. Ha llegado el momento de otras estrategias, o quizás más bien, de la puesta en acto de otros estilos de vida y prácticas del cuerpo y sus placeres. Los modelos y proyectos los aportan el arte y las estéticas perversas. 

Freud ha explicado la perversión como el desmentido a la castración. De un lado se reconoce su vigencia, del otro se vive haciendo como si no la hubiera. Es un trabajo continuo para decir no a la castración, una voluntad de goce –en palabras de Lacan- que no acepta límites. 

Las producciones estéticas contemporáneas van en sentido de una proliferación de objetos y experiencias corporales. Se dice que nuestro tiempo es del desencanto. El cuerpo clásico ya no fascina, no promete revelaciones. La desnudez se ha vuelto trivial e insuficiente. El nudismo torna al cuerpo un objeto indiferente. El superyo, ese sultán irrefrenable y hambriento, como el del cuento citado por Lacan, pide que ese cuerpo sea descarnado. Se demandan objetos repugnantes y abyectos: la sangre, los fluidos orgánicos, los huesos, la piel, las vísceras. Se opera masoquistamente, se corta, se perfora, se abre, se mutila y se deforma. No hay víctimas, a diferencia de los experimentos sádicos de cualquier época. El dolor es la recompensa, la prueba del atravesamiento liberador. 

El programa de éxodo, de emigración, acaba en una refundación. Nuevos grupos identificatorios cohesionados por prácticas de la carne, del cuerpo y sus variados goces aparecen, pero el sujeto experimenta el malestar de no encarnar bien un ideal transgresivo. 

Esto ocurre con todas las propuestas alternativas: nuevas normas, particularismos, sujetos divididos. Los dispositivos y sus consecuencias reaparecen en el otro extremo: en los estilos rebeldes marginales, cuando pasan a constituirse en grupos. La paradoja estriba en que los nombres-del-padre no son prohibiciones, los no-del-padre, sino per-versiones. Constituyen semblantes públicos, campos de identificación, operantes en escenas, instalaciones y performances artísticas. 

La aventura de salir del continente “falogocéntrico” hacia el mundo perdido de la feminidad, sólo genera una diáspora de experimentos de goce. No existe “La mujer” y la empresa de búsqueda se reparte en los esfuerzos de creación del no-todo-fálico por un lado y en las variaciones del desmentido por el otro. Es el misticismo laico de este tiempo: el de ellas haciendo del cuerpo un testimonio de una pasión trascendente, el de ellos poniendo a la mirada y la voz como sustitutos intachables del falo. 


Hay una ciencia de las letras: Lautréamont y Joyce, entre otros radicales experimentadores del escrito, lo testimonian. Lacan dirá que la única ciencia digna de acompañar al psicoanálisis es la ciencia ficción. El cine y la literatura, Cronenberg y Ballard, R. Scott y P. Dick, Crash y Blade Runner. Son ejemplos de estudios y exploraciones de la Nueva Carne. El libro así titulado –La Nueva Carne- por el compilador Antonio José Navarro, presenta una doctrina que es más bien el catálogo de las transformaciones del cuerpo. Como en cualquier ciencia se forzan límites: entre los géneros, entre lo humano y lo animal, entre lo natural y lo artificial, entre lo vivo y lo inanimado. Híbridos y monstruos aparecen y desaparecen en las pantallas, en los textos, en todos esos observatorios de lo inconcebible. 


Lacan vio un análogo del inconsciente en el tráfico de Baltimore al amanecer. Cronenberg en Crash muestra ese tráfico para poner en escena el síntoma, lo que choca y produce el goce doliente de los cuerpos. También ello es el efecto de sujetos, no del tipo titilante articulado a lo simbólico, sino de parletres, cuerpos del habla, aparatos vivos anudados a sus máquinas de velocidad, satisfacción y muerte. 

Vamos ahora a partir de otro ángulo, el de Camille Paglia, crítica social, educadora e historiadora de arte. Su planteamiento es muy diferente al planteamiento de la política queer y del feminismo performativista. Combate sin cuartel la intromisión en la universidad americana de la “Teoría Francesa”, a la cual juzga nefasta para las propias metas feministas. Ella promueve un feminismo que denomina “callejero”, tributario de la auténtica subversión de los sesenta: promotora de una sexualidad libremente elegida, a favor de la pornografía y del aborto, defensora de la prostitución y de la legalización de las drogas. 

Paglia cree que los sesenta pueden inspirar una política más inteligente, si se sabe tomar distancia crítica de su exceso provocador y autodestructivo. Al mismo tiempo, ella ridiculiza y desecha los esfuerzos igualitarios y victimistas del feminismo académico, que ignora el poder real de las mujeres: en el sexo y el amor las mujeres gobiernan. Los pilares de ese poder son inherentes, no requieren de reformas políticas, que sólo desvían a las mujeres hacia metas ajenas a su causa. 

“Vamps and Tramps” y “Sexual Personae”, son dos publicaciones esenciales para conocer la propuesta. A esta autora Lacan le significa un pesado intelectualismo, una palabrería sofisticada y presuntuosa, hecha para auditorios de universitarios impresionables. Pero en cambio, tiene una total admiración y respeto por James Fessenden, su amigo y compinche de alborotos (ya fallecido y al que llama uno de los “auténticos izquierdistas de mi generación que rechazaba el amiguismo del sistema profesional y se orientaba a la cultura en general”), que le decía que ella y Lacan planteaban cosas muy similares en lenguas diferentes. Paglia es freudiana. Uno de sus héroes es Norman O. Brown, un escritor radical, que también fue elogiado por el mismo Lacan, dado que leyó a Freud sin endulzarlo ni adaptarlo. En cuanto a Foucault, sencillamente, encuentra que a él no le interesan los rasgos de la feminidad. 

Paglia quisiera hacer entrar el freudismo en su versión más directa y descarnada en la conciencia social. Es su causa como polemista en los medios masivos. Aquí tenemos lo que llamaríamos una “antieducación”. Ella toma partido en el conflicto cultural básico de occidente, entre el cristianismo y el paganismo, a favor de este último. Sin embargo, no subestima el poder y los argumentos de la Iglesia. 

Esta autora entiende que la condición de los sexos es el conflicto permanente. Vivimos hoy en un renovado “circo pagano”, con reglas propias, que no deben ser atemperadas por ninguna política benévola. Excluyendo la violencia y la intromisión del poder, tenemos el espectáculo de hombres y mujeres compitiendo. Las estrategias de la homosexualidad y el lesbianismo son recursos válidos para combatir el imperio femenino o despreciar la barbarie de los hombres. Acaso la bisexualidad, según Paglia, sea una buena opción, un ideal pagano. Bastaría con poseer una sensibilidad bisexual, es decir, una apertura a la vía del arte combinada con el valor, la fuerza y el honor de los gladiadores. 

El extenso libro “Sexual Personae” hace recordar lo que Lacan dijera del muestrario de los fantasmas: la literatura y el arte en general es la descripción más completa y apasionada de las variaciones del erotismo perverso. Los ejercicios y performances de la llamada Nueva Carne rivalizan con la poética de todos los siglos. Mutantes, hermafroditas, andróginos, fusiones inauditas de la materialidad, fragmentaciones metonímicas del cuerpo, todo ello constituye la galería que Paglia nos invita a recorrer en las grandes obras y en los mitos. Camille Paglia cree que hombres y mujeres no tienen otro camino que la guerra circense, y añade que en el circo no hay reglas, pero sí imaginación. Nosotros podríamos decir que no hay fórmula de acuerdo sexual, pero sí fantasmas, mascaradas y anudamientos sintomáticos. 

Resumamos lo dicho. Experimentos y esfuerzos de emigración que arriban a… nuevas identificaciones. Una escenografía, un circo de gladiadores, el enfrentamiento de los sexos, las estrategias de superación de los conflictos por la vía de la transgeneración y la transexualización. El poder femenino desafiante en los tiempos de la paternidad desacreditada, de la virilidad innecesaria. Paglia quiere que haya hombres audaces y conquistadores, que se enfrenten en la lucha amorosa con mujeres que sepan defenderse y precaverse de la brutalidad del macho frustrado e impotente. Sus propuestas son político-culturales, sus críticas atacan el moralismo autoritario. 

Lacan en los años 70, veía instalarse un mundo con amplia liberalidad sexual. Los homosexuales irían a análisis por sentirse desadaptados, no respecto a la norma hétero, sino a lo que sería el “buen homo”: auténtico y declarado. De esto oyen hoy los analistas quejarse a sujetos que acuden. El espectáculo de la sexualidad destapada es un atajo sin salida. No tiene éxito la solución colectiva de emigrar hacia un ilusorio complemento sexual. 

En “Happy Together” de Wong Kar – Wai, una pareja de homosexuales ha ido muy lejos para recomenzar una vida más propicia, pero llevan la marca indeleble de un destino inconsciente que los separa. La felicidad es apenas una canción nostálgica. 

                                             

La película “Posession” de Andrè Zulawski apela al factor alienígena para explicar el violento enfrentamiento de un hombre y una mujer. Cierra todo el sentido en una “totalidad paranoica” –como lo llamaría Jameson-, la de un complot para desencadenar una nueva guerra mundial. Solución apocalíptica a la división este-oeste, intento de romper el muro que separa los sexos. 

Finalmente, parodiemos al mismo Fredric Jameson en “La Estética Geopolítica” cuando habla del cine de Tarkovski. El gran proyecto de liberación del hombre ha fracasado una vez más, pese a la mejor voluntad y la conciencia más clara. No alcanzamos aquello para lo cual parece haberse logrado las mejores condiciones históricas: la clase revolucionaria perfecta, el héroe colectivo, la organización universal. Entonces si hoy el victorianismo puritano es una pieza de museo, si cada día se derrumba un prejuicio de la moral sexual; si en términos prácticos, vivimos en un ambiente permisivo, ¿por qué no es posible una armonía sexual y amorosa entre hombres y mujeres?


Freud no conjeturó sobre un ente exterior como causa del malestar. Lo extraño está en el fondo de nuestra propia vida. El psicoanálisis no tiene otra justificación en el mundo que recordarlo con insistencia. 

Guayaquil, Marzo del 2009. 


*Este texto resume algunas ideas elaboradas en el Seminario que sostuvimos con ese nombre en el año 2007. 


Antonio Aguirre Fuentes (Guayaquil) Psicoanalista Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Psicologo Clínico en el Hospital de Solca, Docente de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil 



1 may 2012

DIEZ PAUTAS

por José Kozer


1. Leer toneladas de libros, leer a todos los poetas de todos los tiempos y culturas, de modo asistemático y a mansalva. Leer estimula escritura. 

2. Buscar modelos –sobran- de mala poesía para estudiarlos. Los ejemplos –no sobran- de buena poesía no se prestan al aprendizaje, se acercan demasiado a lo perfecto, donde no vemos nada. 

3. El poema, incluso el poema roto (desprendido) (desencajado) (lo cual no implica desaliño) debe atar todos sus elementos en una forja ulterior. 

4. O se organiza la propia existencia alrededor de la escritura o no se escribe.

5. El poeta debe salir a aprender de los músicos, pintores, arquitectos, pero no de otros escritores, y mucho menos de otros poetas. Un poeta vivo no tiene nada que enseñarnos, si somos poetas: por el contrario, de un pintor o de un compositor podemos aprender. 

6. Lo único que la Naturaleza puede enseñar son palabras.

7. Las ciencias disciplinan, me ofrecen un lenguaje concreto, especializado, no me son útiles en cuanto materia poética sino para reconocer estructuras vivas y revitalizadoras. Las estructuras llevan a una mejor escritura, cuando se aproximan inconscientemente al misterio de la creación. Los oficios, a diferencia de los científicos, lo entregan todo: léxico, formas, quehacer, manejo del tiempo, precisión, laboriosidad, imágenes, continuidad. 

8.  El poema se escribe desde unos movimientos telegráficos, caligráficos, mediante brochazos y pinceladas rápidas, afines a lo que el inconsciente exuda: la ortodoxia y la simetría pueden acompañar, pero la irregularidad es mejor compañera. Escribir desde un impulso original, plegándonos a la fuerza (no el esfuerzo) de los sentimientos. Saber dónde terminar un poema (es algo instintivo) dónde soltar la pluma, retirarse de golpe, dejar de teclear, y hasta mañana. Mañana, en frío, corregir el trabajo del día anterior (Hemingway, en su mejor época, escribe seis horas al día y al día siguiente se queda como mucho con una sola página, a veces con un breve párrafo).
Aspirar; expirar: escribir de sopetón; lenta corrección.

9. Hay leyes para la escritura que existen fuera del escritor. Y hay leyes por igual necesarias que existen con exclusividad para el individuo. 

10. No evocar, escribir. No pensar, escribir. No mirar, escribir. Tener fe en el arranque, en la imagen o palabras recibidas. Reconocer el primer impulso, anotarlo, dejarse llevar: el poema corre por su cuenta, sólo hay que ayudarlo a parir. 



José Kozer (La Habana, 28.03.1940)
Poeta, ensayista, traductor y profesor universitario De padres emigrantes judíos provenientes de Polonia y Checoslovaquia, nació en La Habana, Cuba, donde vivió sus primeros veinte años. De 1965 a 1997 (año de su jubilación) enseñó lengua y literatura en español en Queens College, Nueva York. Su poesía une varias tradiciones poéticas importantes, como la judía o la norteamericana; crea un mundo poético personal y a la vez preocupado por el papel del lenguaje. Ha sido ampliamente antologado y publicado en numerosos periódicos y revistas de Europa, América Latina y Estados Unidos. Recibió la Beca Cintas, la Beca Gulbenkian, y el Premio Julio Tovar de Poesía, 1974. Ha publicado Padres y otras profesiones (1972-USA) Por la libre (1973-USA) Este judío de números y letras (1975-España) Y así tomaron posesión en las ciudades (1978-España) Jarrón de las abreviaturas (1980-México, 2003-USA) La rueca de los semblantes (1980-España) Antología breve (1981-República Dominicana) Bajo este cien (1983-México) La garza sin sombras (1985-España, 2006-Argentina) El carillón de los muertos (1987-Argentina, 2006-México) Carece de causa (1988-Argentina, 2004-Argentina) De donde oscilan los seres en sus proporciones (1990-España, 2007-Chile) Et mutabile (1995-México), entre otros. Reside en Estados Unidos de América desde 1960.

19 mar 2012

Por César Vásconez Romero


“…poetry is still treason because it is truth.” 

Derek Walcott 

Para Adriana Castillo de Berchenko y Cristina Burneo 



La única copia mecanografiada de Orbe, el diario de Juan Larrea (1895-1980), fue realizada por César Vallejo, la cual Gerardo Diego se encargó de conservar. Larrea, cercano a la generación del 27, fue una de las figuras axiales del exilio español, fundador de Cuadernos Americanos, atravesó las vanguardias de comienzos del siglo pasado – ultraísmo, creacionismo, surrealismo – dejando una obra extensa y que hoy es raramente recordada. Al igual que Alfredo Gangotena y César Moro, escribió su poesía en francés; perteneció a esa estirpe inclasificable de quienes trocaron su lengua materna por otra lengua de expresión. En el prólogo de Orbe, Pere Gimferrer compara al diario de Larrea con el Libro del Desasosiego de Pessoa, aunque Bernardo Soares estaba mucho más marcado por la desesperación, el insomnio y el aguardiente, el diario de Larrea contiene una conciencia no menos conflictuada, cuestionándose sobre su esencia y su lugar en el mundo. Además del encanto de lo inacabado (muy distinto a lo incompleto o lo fallido), Orbe carece del espesor ficcional que sí posee el Libro del Desasosiego; en las anotaciones de Soares a veces son reconocibles las voces de los otros heterónimos de Pessoa, además, su misticismo pagano resulta mucho más fascinante que el catolicismo de Larrea. “La Decadencia es la pérdida total de inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se detendría” anota Bernardo Soares. 


*** 
Henri Michaux (1899-1984) conoce a Alfredo Gangotena (1904-1944) en casa de Jules Supervielle en 1925. Los Gangotena y los Supervielle eran prácticamente vecinos, es gracias a esta casualidad que Michaux y Gangotena se conocieron. Supervielle le presenta a Gangotena como al joven poeta ecuatoriano que se ha adueñado de la lengua francesa con una soltura inaudita para alguien que ha vivido tan poco tiempo en Francia. Pronto Henri y Alfredo se volverán amigos, pues hay un hecho que los une: los dos son extranjeros en Paris. Desde el primer momento, se sintieron atraídos por su excepcionalidad. 

Gangotena vino desde el Ecuador en 1920, cumpliendo con la tradición de ciertas familias latinoamericanas acaudaladas, que venían atraídas por la vida mundana posterior a la belle époque. Gangotena ingresó en el Lycée Michelet, finalizada la primera etapa de sus estudios, su deseo era ingresar en la escuela de Bellas Artes para estudiar arquitectura, pero su padre se lo prohíbe mediante un escueto telegrama: “No quiero albañiles en la familia”. Entonces se inscribe en la Escuela de Minas, diplomándose como ingeniero en 1927. Gangotena tenía una gran predilección por las ciencias, en especial por las matemáticas y la física. De la mano de su mentor, el diplomático y escritor ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide, es introducido al selecto círculo de intelectuales latinoamericanos residentes en la capital francesa; trabó amistad con Alfonso Reyes y Ricardo Güiraldes. Gangotena llevaba una doble vida, por un lado cumplía con su rol de hijo de una familia de la aristocracia terrateniente ecuatoriana, estudiando con diligencia y asistiendo a las exclusivas recepciones de sus pares latinoamericanos y europeos; mientras que escribía sus poemas en secreto. Fue un testigo distante de las vanguardias, asimiló el surrealismo de una manera personalísima. Su primer libro Orogénie, fue editado por Gallimard en 1928, en la misma colección en la que apareció el primer libro de su amigo Henri, Qui je Fus, en 1927. Su poesía llegó a ser admirada por Jean Cocteau, Jules Supervielle y Max Jacob, por Xavier Villaurrutia, Pablo Neruda y Álvaro Mutis. 

En aquel entonces, Henri Michaux trabajaba para la editorial Kra y viajaba constantemente a Marsella. Habían pasado varios años del abandono de su vida como marinero; siendo muy joven, interrumpió sus estudios de medicina para enrolarse en la marina mercante. Durante cuatro años recorrió casi todo el mundo, pero apenas logró vislumbrar las costas sudamericanas, a las que siempre quiso llegar. Ahora quería dejar Europa en busca de una aventura que lo pusiera a prueba. Desde el día en que se conocieron, Gangotena lo invitó a viajar al Ecuador, Michaux aceptó de inmediato. En sus largas conversaciones planeaban el viaje que harían, pero antes Gangotena quería graduarse y Michaux tenía varios compromisos que lo ataban a París. 


*** 



Alfredo Quispes Asín encontró su verdadero nombre, el de César Moro (1903-1956), en un personaje de la obra de Ramón Gómez de la Serna. Como a Wilde, no le preocupaba que hablaran mal de él, sino que nadie lo hiciera. Viaja a París en 1925, el viaje iniciático de su generación. Allí hizo estudios de ballet y artes plásticas. “El primer encuentro con París fue penoso, desesperante, colmado de angustia y perplejidad” escribe Emilio Adolfo Westphalen. Artista multidisciplinario, a la par de su obra poética (al igual que Michaux), nunca dejó de pintar: “… se trata de pintar para sí y nada más. Porque la pintura es el bordado o el pirograbado de seres superiores y nada más. Pintar es tan divertido como puede ser, a veces, barrer. ¿O no?”, afirma Moro en una carta desde México a Westphalen. Sus primeros poemas en español estaban influenciados por José María Eguren, fusionados con elementos simbolistas y dadaístas. Para 1928 (el año en que Gangotena se establece definitivamente en Ecuador) Moro ya escribía en francés, ingresa al movimiento surrealista, del que se separaría en 1944 por razones políticas. Su relación con André Breton, Benjamín Peret y Paul Éluard era muy estrecha, publicaba regularmente en Surréalisme au Service de la Révolution

Regresó a Lima a finales de 1934. Allí conoció al poeta Westphalen y fundaron la revista El Uso de la Palabra. Junto a Westhphalen organizó en 1935 la primera exposición surrealista latinoamericana, con la activa participación de algunos miembros del surrealismo chileno. “En el fondo soy un místico sin disciplina religiosa. En el fondo, toda trivialidad del lenguaje se me revela en esta fórmula que no quiere decir nada: en el fondo. ¿Es que hay un fondo y una superficie?” escribe Moro en su poema Sept chants du doleur. En 1936 publicó clandestinamente varios boletines en defensa de la república española, los cuales fueron incautados por la policía. Sus pintores favoritos eran Gustave Moreau y Odilon Redon. Detestaba el indigenismo, sobre todo en la pintura. “Moro no renegó nunca de su pasado ni de su tradición, aunque él podría decir que su pasado, que su tradición no tenían por qué ser los nuestros”, escribe Westphalen. 

Abandona el Perú en 1938, viaja a México, donde es admitido como refugiado político. Residirá durante diez años en la capital mexicana, donde se reencontrará con Benjamín Peret y otros artistas exiliados temporalmente por la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo año envió a la editorial Losada el manuscrito de su primer libro, La Tortuga Ecuestre (el único que escribió en español), que se negó a publicarlo. La carta de rechazo iba firmada por Guillermo de Torre. Este libro no sería editado hasta un año después de su muerte, en 1957. Fue muy amigo de Xavier Villaurrutia, Remedios Varo y Leonora Carrington. Junto con Wolfang Paalen y André Breton, organizó en 1940 la Cuarta Exposición Internacional del Surrealismo, en la Galería de Arte Mexicano. Allí se exhibieron obras de Picasso, Dalí y Agustín Lazo. Villaurrutia fue el principal impulsor de la publicación de su primer libro Le Château de Grisou (1943) – que Roger Caillois rechazó cuando dirigía Lettres Françaises, la revista de los intelectuales antifascistas que se editaba en Buenos Aires - , y no dudó en impulsar la aparición del siguiente, Lettre d’amour (1944). 


“Nunca me arrepentiré bastante de haber dejado México” le escribe a Westphalen desde Lima, a donde volvió en 1948, allí se sentiría más exiliado que nunca. Fueron años difíciles, sobrevivió como profesor de francés en el colegio militar Leoncio Prado, donde tuvo como alumno a un joven llamado Mario Vargas Llosa. Escribe Trafalgar Square (1954). En otra carta fechada un “infecto domingo de Carnaval en Barranco”, dice Moro: “Aquí ya sabes tú lo que cuesta hacer un paso. Si ya simplemente ser una persona ligeramente independiente es una hazaña, publicar libros en un idioma extranjero, hacer una exposición, son empresas titánicas para quien como yo no tiene mucho tiempo y tiene muy reducidos medios económicos y vive en el último rincón del mundo. A veces me extraño infinito de poder todavía conversar de algunas cosas y de no estar totalmente asimilado a la bestialidad de maceta que impera aquí, y me extraña aún más que haya quien me recuerde y me estime.” Tuvo al apoyó y la protección de André Coyné, quien luego sería su albacea literario, antes de morir pudo terminar su último libro Amour à mort. Falleció víctima de una leucemia fulminante. Años después, Westphalen edita en Portugal Vida de Poeta (1983), su epistolario con Moro, libro intenso y revelador, que por su valía resulta inexplicable que no se haya reeditado, al igual que la poesía de Moro. Blanca Varela y Jorge Eduardo Eielson nunca dejaron de reconocerlo como a uno de sus maestros. 

César Moro es la antítesis de Alfredo Gangotena. Moro no provenía de una familia aristocrática, fue parte del movimiento surrealista, al que Gangotena veía con una mezcla de admiración y recelo. Además, fue un comunista respetuoso de la disciplina del partido, mientras que Gangotena era un católico practicante, lector de Jacques Maritain y Charles Maurras (pero estaba lejos del catolicismo ultramontano retardatario, que la derecha parroquial no ha sabido superar). Hasta su bilingüismo es distinto. En Gangotena se pueden rastrear ecos del Siglo de Oro, nutrido de un pensamiento metafísico desgarrado por la enfermedad. Si el erotismo en Gangotena está marcado por la imposibilidad; la Esposa a la que no cesa de invocar desesperadamente es tan traidora como inasible; en Moro, el amado es un territorio conquistado (y perdido) con sangre y semen. “Se sospecha que para Moro lo ideal sería que los amantes se devoraran mutuamente”, escribe Wetphalen. 

*** 

Trois Nouvelles Exemplaires fue el primer texto en francés de Vicente Huidobro (1893-1948), escrito a cuatro manos con Hans Arp. Esta es la parte menos conocida de su obra; Horizon Carré (1917), su primer libro en francés, reúne poemas publicados anteriormente, traducidos con la ayuda de Juan Gris. No sólo se dedicó a traducir él mismo sus libros en español, sino que también escribió otros poemas en su segunda lengua. 

Junto a Vallejo y Larrea fundó la revista Favorables París Poema en 1926. Su amistad con César Vallejo fue muy estrecha, aunque era mucho lo que los unía, polemizaron amablemente en más de una ocasión. Mientras Huidobro tenía una vida social intensa, frecuentando exclusivos salones y los cafés del momento, César Vallejo usaba el mismo traje remendado, soportando la pobreza con estoicismo. Aunque sus encuentros con Larrea hayan sido escasos, era para Vallejo una especie de consejero y de mecenas que devino en uno de sus más fieles exégetas. Larrea nunca dejó de instigarlo sutilmente para que dejara su militancia comunista y retornase al catolicismo. En cambio, Vallejo transmitió a Larrea la fascinación por el Perú, al que viajó varias veces para estudiar el arte precolombino y residir largas temporadas. Con la derrota de la República, acabaría instalándose en la Argentina, en la provincia de Córdoba (donde fue profesor en la universidad). La dictadura militar lo tuvo bajo sospecha, aunque no lo detuvo, allanó su casa e incautaron sus escritos, entre los que se encontraba el original de Orbe


La similitud entre Huidobro y Gangotena es tan solo aparente (origen aristocrático, formación en colegios jesuitas, vida en Europa), pues es mucho más lo que los distancia. La influencia del creacionismo es rastreable en Gangotena, pero su particularidad está en la senda mística, acosada por su sangre enferma. En el caso de Huidobro, su escritura en francés está ligada a la traducción; al verter sus propios poemas del español al francés, le resultaba inevitable escribir nuevos textos en su segunda lengua. Incluso, cada traducción que hacía de sí mismo, era una variante del poema escrito en español. Pero si Huidobro era un acróbata en caída libre, en Absence (1932), íntegramente escrito en francés, Gangotena contemplaba la vida del espíritu desde la enfermedad. 

*** 


Gangotena invitó a Quito a Michaux para fumar opio. Para su amigo Alfredo, el viaje es motivo de ilusión, pues retorna a su país luego de siete años. Se fue siendo un muchacho y regresa convertido en ingeniero, pero también en poeta. Los dos amigos viajaban con sus equipajes llenos de libros surrealistas. Había otra cosa que los dos poetas tuvieron en común: la enfermedad. Gangotena padeció hemofilia (que lo acabaría matando) y Michaux de una insuficiencia cardiaca, la cual se agravó por la altura en la que está situada la ciudad de Quito. “La primera impresión es terrible y próxima a la desesperación”, escribe Michaux. Recorrieron el interior del país en compañía del círculo que rodeaba a Gangotena. Así nació Ecuador, el diario de viaje de Michaux, el cual iba enviando paulatinamente a Jean Paulhan, su amigo y editor, a quien había prometido escribir un libro sobre su viaje. 

En sus diarios, Michaux nunca da descripciones exactas de los lugares que va recorriendo, a veces yerra al escribir sus nombres, pues su preocupación no es la del geógrafo o el explorador: “Bajo un cielo lodoso”, a una anotación le sucede un poema. Él suyo es un viaje interior, en el cual los paisajes, el clima y quienes lo rodean van afectando su sensibilidad, produciéndole extrañeza, indiferencia, fascinación. Nunca menciona a Gangotena, pero se lo siente como una presencia fantasmal y ubicua que atraviesa sus páginas. Los dos amigos aprovechan sus instantes de encierro para dedicarse a la música, a la pintura, al teatro, siempre en compañía de un selecto círculo de amistades. Para los dos es una época iniciática, “ya no estoy en Quito, estoy en la lectura”: Milarepa, Valéry, Kafka, la correspondencia de Rimbaud, la poesía de Poe. Años después definiría a su amigo como “un poeta habitado por el genio y la desgracia”. 

Michaux prefería el éter al opio y termina por sentirse asfixiado y agobiado. Había dejado Europa asqueado del mundo burgués y sus convenciones, y de pronto volvía a encontrarse envuelto en lo que creyó haber abandonado. Pasado el entusiasmo y la fascinación de los primeros meses, Michaux le escribe a Jean Paulhan: “Soy el huésped de una familia indeseable. Regresaré en noviembre a más tardar. No imaginas cómo esta condenada ciudad de Quito me envenena la sangre. Puedes juzgar que mi tono es desmoralizado, pero supongamos a Kant en medio de tardes de té y bailes como yo lo estoy, se sentiría igual que yo, perdido y desorientado. “ 

Michaux se veía a sí mismo como un bárbaro, no estaba a gusto en ningún lugar: “Ninguna comarca me place, he aquí el viajero que soy.” Su literatura podría leerse como un atentado a la idea del estilo y las formas. “Ni un par de muslos ni un gran corazón pueden llenar mi vacío.” Esta negación también está en su pintura; nunca dejó de escribir en cada trazo, desembocando en una forma indómita. Una ambición que luego dejó de lado, fue la de escribir una novela, así lo testimonia su correspondencia de ese entonces. En una carta a Jean Paulhan enviada desde Quito dice: “La próxima vez que escriba, será un relato de cien páginas o una novela de doscientas. No he renunciado todavía al relato de largo aliento, a la prosa al mejor estilo de Proust”. Nunca escribió una novela, pero la pluralidad de su obra va desde sus grabados y tintas, diarios de viajes como Un Bárbaro en Asia (traducido por Borges), o Miserable Milagro, fruto de sus viajes por México y la mezcalina; sus libros de poesía, o un ensayo como Las Grandes Pruebas del Espíritu y las innumerables pequeñas (1966), un tratado heterodoxo sobre la percepción y sus alcances al ser intervenida por los alucinógenos. 

“¡Pero Quito! La asfixia misma.” Luego de nueve meses en la capital, con constantes viajes para recorrer la serranía ecuatoriana, toma la decisión de partir hacia la Amazonía con su amigo André de Monlezun. Su objetivo: descender por el río Amazonas hasta llegar a Manaos y tomar un barco de regreso a París, “gran burdel donde se habla francés”, sin un centavo. En aquel entonces hacer ese viaje era como jugar a la ruleta rusa, no se sabía si la recámara estaba vacía o cargada; casi no existían caminos, el recorrido se hacía a lomo de mula, entre precipicios y largas esperas. 

En julio de 1929 aparece Ecuador. El libro fue bien recibido en Francia, pero causo escándalo e indignación entre la clase alta quiteña, que esperaba de ese huésped demasiado hosco e indiferente para su gusto, un retrato mundano, refinado y preciosista, donde Michaux solo encontró oscurantismo parroquial. Los Gangotena se sintieron heridos, humillados y traicionados. “Algún día haré el retrato del ecuatoriano”, anota pocos días antes de marcharse de Quito. Pero dejó este esbozo: “Conservador, obstinado, nunca audaz. Por otra parte es el menos americano de América, el más próximo al europeo, modesto, reservado, da la impresión de pequeño, joven, nunca.” Su fascinación por los indígenas se modifica de pronto: “20 de febrero: Los días donde siento en mí un malestar, me dirijo a lo alto de la ciudad, donde habitan los indígenas. Sus casas de tierra me han tocado en lo más hondo, como si habitaran santos en ellas. Dan tranquilamente su lección de humildad, no son pretensiosas ni ridículas (…)”. A falta de originalidad y talento, quienes quieren llamar la atención jugando al reaccionario, solo revelan estupidez y bajeza; olvidan que Michaux no pensaba mejor de los blancos, ni del resto del género humano, al imitar patéticamente opiniones como esta: “1 de mayo: Ya dije que detestaba a los indios. (…) Un hombre como todos los otros, prudente, sin metas, que no llega a nada, que no busca, el hombre “como es” (…) He aquí de una vez por todas: los hombres que no ayudan a mi perfeccionamiento: cero.” Ecuador es el reverso de Un Bárbaro en Asia (1933), el diario de su viaje a Oriente; recorriendo la India, Michaux volverá a encontrar rasgos y similitudes de grandeza (y de infamia también) comunes entre los indígenas ecuatorianos y los asiáticos. 


En una anotación de mayo de 1932, Juan Larrea escribe: “A través de nuestro alejamiento, un vínculo oscuro seguía vibrante.” La dedicatoria de Absence (1932) es para Michaux. Gangotena había regresado al Ecuador para quedarse, con la excepción de sus dos breves periplos diplomáticos en la década del 30, uno en Chile y otro en París, sobre los que se sabe poco y nada; al volver se encerró en un ostracismo voluntario, volviéndose una figura enigmática y escurridiza. En 1936 está de vuelta en París como agregado cultural. Nunca volvieron a verse. 

*** 
“Soy lo bastante ruin para conservar algunos sentimientos humanos” escribió Moro en uno de sus poemas en prosa, la forma de escritura que más frecuentó. Moro vivió su homosexualidad discretamente, despreocupado del escándalo y la censura; en cambio Gangotena ocultó hasta donde pudo la verdadera naturaleza de su relación – ¿tal vez esa fue la razón de su rompimiento? - con Michaux: una amistad erótica. ¿Y si la Esposa a la que Gangotena tanto invocaba fuese un ser sexualmente ambiguo, esquivo y ruin (lejos de feminizarlo, su vestido y sus afeites lo vuelven aún más indefinible); una Madame a la que no le importa que se le corra el maquillaje mientras aspira del frasco de éter, fingiéndose Lucrecia Borgia o la reina de Saba? A Kundera le sobra razón cuando señala en Les Testaments Trahis que hay críticos y biógrafos que creen conocer hasta la vida sexual de Kafka o Faulkner, pero ignoran la de su mujer. 

Gangotena buscó el encierro y la soledad para poder escribir, en cambio Moro necesitaba del caos del mundo. “Vivo lejos de lo que amo, uno tiene el valor, eso se llama valor de vivir a pesar de todo...” escribió Moro en otra de sus prosas. Compartieron lo que los opone y los enfrenta, la vía heterodoxa; vivieron en la misma época sin rozarse, si el uno hubiera conocido el trabajo del otro, hubieran sentido extrañeza y tal vez hasta repulsión. Aunque Moro coincidía políticamente con José María Arguedas y Ciro Alegría, su participación en el movimiento surrealista fue vista por sus contemporáneos como una desviación, al no haber adherido al realismo social, ni al costumbrismo de barricada. Incluso cuando Moro rompe con el surrealismo conserva la desmesura que lo hacía único. 

“El místico es movido por el amor más que por el temor, como el ascético. La angustia no toma forma; es ausencia”, anota Larrea en su diario. En Abscence (1932), la naturaleza es hostil para el poeta y la maldice (“Y mi palabra vindicativa y cargada de la savia de la/ adormidera”); en su sangre se incuban a escondidas el mal, el padecimiento. En la noche es visitado por dos espectros, Pizarro – imagen idealizada que lo abandona - y Tupac Yupanqui: 

“¿Quien golpea iracundo a mi puerta? 
¿Sois vos, engalanado de plumas y de palmas, 
Señor Inca Tupac-Yupanqui? 
¿Qué tenéis de urgente que revelarnos? 
Me hacéis más bien, con vuestra envoltura de sombras, el 
efecto de acosarme, 
De acosarme y de manteneros al oriente, 
Siempre al terrible oriente de mi conciencia. (…) 
Por lo demás, ¿sabréis defenderme y vengarme? (…) 
¿Y vienes tú a interrumpirme y balbucir tu abstruso 
lenguaje, Señor Inca, profiriéndolo a la manera de una 
cosa tejida de sonidos? 
(…) Anda a interrogar a los leones si el sendero estuvo libre 
para tu paso.” 

Los bien pensantes y los sabuesos de lo políticamente correcto no dejarán de ver en ciertos tramos de su obra una idealización del conquistador, pero ignoran que Gangotena sentía tanto extrañamiento y lejanía frente al mundo indígena, como frente a su clase social. Solo al volver a su lugar de origen encontró el exilio como desafío radical, al que confronta desde la metafísica, la física clásica y la fe. Más cerca del barroco que del surrealismo, su lirismo no está reñido con el pensamiento, se vuelve el mejor vehículo de su desgarro. 

Ni Gangotena ni Moro se preocuparon de esclarecer su elección: “Mi obra tiene una razón de ser a través de Francia. En francés empecé a escribir. Esa es la puerta por la que España puede interesar al mundo”, anota Larrea en febrero de 1932, el mismo año en que dejó de escribir poesía, la cual reunió en Versión Celeste (1970). Para historiadores y críticos de la literatura francesa, Gangotena, Moro y Larrea, apenas existen, y cuando se los toma en cuenta, remarcan en ellos un exotismo que nunca ostentaron. En el espacio cultural de su lengua de adopción casi no tienen cabida. En su tradición de origen, que en realidad nunca dejaron atrás, su lugar sigue siendo marginal; a pesar de haber escrito sus obras en francés, nunca abandonaron del todo su lengua materna; su forma de expresión pertenece netamente al mundo hispánico, su bilingüismo plantea la riqueza de la dificultad. Mucho más radicales que Larrea, quien al cambiar de lengua no vivió ese desgarramiento entre dos mundos que Gangotena y Moro si compartieron. George Steiner se vería en problemas para aplicar su concepto de extraterritorialidad con ellos. Aunque el inglés sea la lengua predominante del presente, la anglofilia como deriva estética es más bien una rareza entre nosotros; todavía tiene razón Severo Sarduy: “es también tradicional usar el adjetivo afrancesado con intención acusatoria.” 

Gangotena vivió su retorno como una maldición, encerrado en su propio enigma; distante de una intelectualidad cada vez más comprometida o más cercana a las vanguardias, pero con la que no le interesa dialogar, a pesar de pertenecer a la misma generación. Su obra se desarrolló de manera paralela y distante a la de Pablo Palacio, José de la Cuadra y los narradores del Grupo de Guayaquil. Temprano lector de Sartre y de Heidegger, se sentía un paso delante de las polémicas sobre el indigenismo y el realismo social. Al revisar sus manuscritos, no dejan de llamar la atención las anotaciones que hay en sus bordes: apuntes sobre canales de riego, variedades de semillas, intrincados cálculos matemáticos, apuntes de lectura sobre Husserl, San Juan de la Cruz y Pascal. Hoy que se hace pasar por pensamiento a la descripción sociológica degradada, y a la historiografía falseada, por metafísica; la estatua de las conmemoraciones nada tiene que ver con la obra y la persona a la que falsean. Hace falta un volumen que reúna su obra completa, y también una nueva traducción, aunque la de Gonzalo Escudero todavía conserva parte de su legitimidad (incluso hasta sus desaciertos nos hablan de la búsqueda de Escudero), una nueva traducción es de por sí una relectura. Gangotena muere en 1944, Michaux nunca dejó de tenerlo presente, sobre todo en sus últimos días, cuando escribió: “Alfredo Gangotena es uno de los pocos poetas que he encontrado, nunca me pareció una persona común, formada como todo el mundo.” 

Ciudad de México, Diciembre de 2009



César Vásconez Romero (Quito, Ecuador, 1980) Hizo estudios de Letras y Edición en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ha publicado artículos en revistas como Ruido Blanco, El Interpretador, La Tempestad, Hermano Cerdo y Cuadrivio. Fue jefe de redacción de La Comunidad Inconfesable y editor literario de Big Sur: http://www.big-sur.com.ar/ , revista de arte latinoamericano. Como editor preparó la Obra Poética (2007) de David Ledesma y Minero de la Noche -24 poetas franceses de vanguardia- (2008) de Jorge Carrera Andrade. En el 2009 fue seleccionado para el Programa de Residencias Artísticas para Creadores de Iberoamérica del Fonca en México. Aldaba, (Huesos de Jibia, Buenos Aires, 2010) es su primer libro de poesía. Actualmente es escritor en residencia de la Maison des Écrivains et Traducteurs de Saint-Nazaire en Francia: http://www.maisonecrivainsetrangers.com/LES-RESIDENTS-2012,221

7 mar 2012

Por César Vásconez Romero

Desde las alturas 

Prueba de la vaciedad de nuestros días es que al calificar a alguien como marxista, se lo hace de manera peyorativa o imprecatoria. Bolívar Echeverría (Riobamba, Ecuador 1941- 2010, Ciudad de México, México) fue uno de los lectores más lúcidos de Marx, se propuso interrogar su ideario para comprobar su vigencia. Sus estudios sobre la modernidad, valor de uso, la cultura y el barroco en Latinoamérica, muestran un pensamiento elástico y plural, que entabló un diálogo crítico con las obras de Walter Benjamin, Theodor Adorno y Max Horkheimer. La Escuela de Frankfurt y su crítica del marxismo ortodoxo fueron su punto de partida, lejos del anquilosamiento dogmático de gran parte de la izquierda latinoamericana. 

Del joven ecuatoriano que llegó en 1961 a Alemania – el mismo año en que se levantó el muro - con la ilusión de asistir a los seminarios de Heidegger (sin saber de la adhesión del autor de Ser y el Tiempo al nazismo), al ver truncado su proyecto ingresa a la Universidad libre de Berlín y allí descubre la multiplicidad del pensamiento de Marx. Además de haber sido uno de los alumnos más brillantes de Herbert Marcuse, se volverá activo militante del movimiento estudiantil de Berlín Occidental. Dentro de dicho movimiento, Echeverría era el representante latinoamericano, el interlocutor del tercer mundo; viajaba constantemente entre Latinoamérica y Europa, era el nexo con intelectuales, políticos y líderes en la clandestinidad. 

Al no poder renovar la visa por su vinculación con las protestas estudiantiles, tiene que dejar Europa, pero su nombre también está en la lista negra de la dictadura de turno en Ecuador (donde nunca habría tenido un espacio para investigar, ni interlocutores para su pensamiento). Inicialmente su intención era ir a la Argentina para sumarse a la lucha revolucionaria, pero eventos como La noche de los bastones largos (ocupación, desalojo y agresión por parte de la dictadura del general Onganía contra docentes y alumnos de la Universidad de Buenos Aires en 1966), le hicieron reconsiderar su decisión. Así como conocía a los líderes del 68 mexicano, tenía conexiones con el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), brazo político de lo que entonces apenas era el embrión del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que tuvo entre sus fundadores a Mario Roberto Santucho, quien en su juventud en Santiago del Estero, fue muy cercano a Witold Gombrowicz, el autor de Trans-Atlántico. (En los diarios del escritor polaco, cuando habla de sus encuentros con Santucho, asistimos a la mutua incomprensión entre el esteta de la inmadurez y el ideólogo radical.) 

Decide establecerse en México en 1968. Allí culminan sus estudios de filosofía y economía. Desde 1974 fue parte del consejo editorial de Cuadernos Políticos, revista de filosofía de Ediciones Era, hasta su cierre durante la caída del muro de Berlín. También fue editor de las revistas académicas Economía Política, Ensayos y Theoria. Profesor emérito e investigador de la Facultad de Filosofía y Letras, su cátedra era una de las más prestigiosas de la Unam. Nacido en la ciudad de Riobamba, ubicada a las faldas del Chimborazo, el volcán más alto del mundo, se definía a sí mismo como un hombre de las montañas, a gusto en el aire frío; homo legens, falleció en la capital mexicana sabiéndose en casa. 


Valor del valor de uso 

Para Mallarmé los mayores campos de especulación mental eran la economía política y la estética. La modernidad capitalista y el deterioro de la civilización están imbricados; según Echeverría, la tarea de la economía capitalista es construir la escasez, conduciendo al ser humano a atentar contra lo Otro y contra sí mismo. Su condición contranatura se hace evidente por lo que se reprime al interior de la modernidad por la dinámica del capital. “En la sociedad organizada por la modernidad capitalista, la hostilidad a la cultura es una necesidad inherente. La modernidad capitalista implica el fenómeno de la enajenación del sujeto humano, de la suspensión de su capacidad de autoreproducirse, de generar formas para sí mismo, y de la cesión de esta capacidad política fundamental al mundo de las cosas, que no es otra cosa que el mundo de la acumulación del capital, el mundo virtual donde el valor de las mercancías se valoriza. Podríamos decir que la cultura en la sociedad moderna es una cultura que se encuentra sistemáticamente reprimida por esta modernidad capitalista, en la medida justamente en que aquel que es el creador, el sujeto que pone la concreción de la vida, está impedido de ejercer esta función política fundamental suya.” 

En Valor de uso y utopía, (Siglo XXI editores, México, 1998) señaló la tensión entre la renta de la tierra y la renta tecnológica, y como está última iba alcanzando la supremacía; feudalizando la vida económica, volviendo ilusoria la soberanía de los estados nacionales, profundizando la condición ancilar de las países del tercer mundo. 

La modernidad fue desvirtuada por el capitalismo, con la mercancía y el capital como divinidades, “lo que hace la modernidad realmente existente no es otra cosa que remplazar al dios arcaico por un dios moderno, a una fuerza mágica por otra”. A la par que el valor de cambio se fue imponiendo al valor de uso, los afanes de la ilustración y el humanismo iban siendo anulados. Lo que identifica a la modernidad actual es la subordinación de la naturaleza a la técnica. En su último libro, Vuelta de siglo, (Era, México, D.F. 2006) encontramos una de las lecturas más agudas de la modernidad y la cultura de comienzos de este siglo. 

Si la cultura está en constante mutación, solo se puede teorizar para intentar definirla al ver lo que va dejando tras cada cambio de piel, en “el cultivo dialéctico de la singularidad de una forma de humanidad en una circunstancia histórica determinada.”Justamente en un momento de grandes convulsiones sociales, las ciencias sociales caen en un desprestigio que no han sabido encarar. Sumidas en un posmodernismo de segunda mano, o en esa estafa llamada estudios culturales; deliberadamente confundieron la retórica con el pensamiento. Dejaron de ser instrumentos de cambio o de lectura de un momento histórico, volviéndose funcionales al mercado. Lo único que sobrevivió fue el pensamiento Lyotard o Baudrillard, precisamente por ser derivaciones disidentes del marxismo. Echeverría veía en el marxismo una de las herramientas científicas de aprehensión y desentrañamiento más logradas de la modernidad. Un instrumento falible, a veces incompleto y parcial, pero a pesar de sus errores, con mucha más calidad de profundización y esclarecimiento que aquellas herramientas aparentemente perfectas del liberalismo, que en realidad no explican nada. 

Echeverría, homo legens, veía como el escenario de la modernidad se iba modificando, como la cultura letrada iba perdiendo su hegemonía, pero en vez de parapetarse en la ingenua superioridad de un espacio de poder académico, prefirió aclarar las coordenadas y renovar la apuesta desde el pensamiento crítico: “El rescate de la hegemonía de aquello que conocemos como la alta cultura resulta quimérico sobre todo porque el tipo de dimensión cultural que se genera espontáneamente en la nueva sociedad en ciernes parece desentenderse de la consistencia logocrática, congnicista, ilustrada, sea neoclásica o romántica, propia de la actividad de la alta cultura en la modernidad dominante; parece abandonar la preocupación obsesiva por la espiritualidad exquisita, que es la meta y la marca de calidad que esta actividad ha perseguido para sí misma y ha provocado tradicionalmente en la baja cultura.” 

Ha sido a través de la imagen, pero de una imagen vaciada de espesor y complejidad, que el mercado ha lanzado su arremetida contra la enseñanza de humanidades, y todo lo que tenga que ver con el mundo de la abstracción y la contemplación, los cuales entrañan una puesta en duda de lo práctico, de lo meramente utilitario. Si la alta cultura está agonizante, la cultura popular está en pleno estado de disolución; los mass media le entregan versiones degradadas de sus propias expresiones, que funcionan igual que un veneno. En la nueva deriva de la modernidad, el acceso al conocimiento y a las nuevas tecnologías no será tan abierto como pregonan sus publicistas, la estratificación tendrán nuevas variantes, pero la misma segregación con relación a la posesión del capital se mantendrá. Un civilización high tech solo para un élite, y las sobras de la chatarra tecnológica para los más. 
El lugar el homo legens sería los márgenes, teniendo a mano dos herramientas poderosas, el pensamiento como ejercicio de resistencia y la escritura (una las formas de tecnología más antiguas). Nunca estático, el homo legens es multidisciplinario, la página impresa y el e-reader son algunos de sus instrumentos para leer la realidad. “Según el ethos barroco, sobrevivir al capitalismo consiste en una huida o escape hacia una teatralización de esa devastación del núcleo cualitativo de la vida; una puesta en escena capaz de invertir el sentido de esa devastación y de rescatar ese núcleo, si no en la realidad, sí al menos en plano de lo imaginario.” 



La hazaña barroca 

Echeverría tomó el concepto de valor de uso por fuera de la economía política, lo amplió hasta desembocar en su teorización sobre el barroco en América. En La Modernidad de lo Barroco (Era, México, D.F., 1998) plantea que la resistencia a la modernidad es visible a través del “ethos barroco, el ethos neoclásico o ilustrado y el ethos romántico.” El barroco tuvo su caldo de cultivo en las clases bajas de la época colonial, fue la estrategia de supervivencia de la población indígena que sobrevivió al exterminio de la conquista, su forma de construir una civilización. “No sólo dejó que los restos de su antiguo código civilizatorio fuesen devorados por el código civilizatorio vencedor de los europeos, sino que, asumiendo ella misma la sujetidad de este proceso, lo llevó a cabo de manera tal, que lo que esa re-construcción reconstruyó resultó ser algo completamente diferente del modelo a reconstruir, resultó ser una civilización occidental europea retrabajada en el núcleo de su código por los restos del código indígena que debió asimilar.” 

El barroco en América Latina no se explica sin el mestizaje y sus múltiples variaciones; como la reinvención del catolicismo a través del culto mariano o guadalupano y el arte colonial andino. Juego, fiesta y arte, además de quebrar el tiempo lineal, han sido los lugares de escenificación del mestizaje. “Las obras del arte barroco son obras cuyo efecto sobre el receptor debe imponerse a través de una conmoción inmediata y fugaz, a través de un shock psíquico.”Para Echeverría el barroco era mucho más que un “gótico degenerado” o una “puesta en escena absoluta”. El ethos barroco es esencialmente improductivo, va en contra del valor de uso; al ser el arte su única religión, hace que prevalezca lo estético sobre lo religioso, lo imaginario sobre la evasión. “El ethos barroco, tan frecuentado en las sociedades latinoamericanas a lo largo de su historia, se caracteriza por su fidelidad a la dimensión cualitativa de la vida y su mundo, por su negativa a aceptar el sacrificio de ella en bien de la valorización del valor.” 



Coda 

Cuándo Hugo Chávez le dio el premio Simón Bolívar al Pensamiento Crítico en el 2007, ¿supo de la aversión de Echeverría “por la retórica ostentosamente bolivariana”? En uno de sus últimos textos publicados, América Latina: 200 años de fatalidad, Echeverría muestra su desconfianza hacia las celebraciones del bicentenario en Latinoamérica, al producirse en medio de una “guerra civil sorda e inarticulada pero efectiva y sin reposo que ha tenido y tiene lugar entre la nación-de-estado de las repúblicas capitalistas y la comunidad latinoamericana en cuanto tal”. La condición oligárquica de los estados latinoamericanos se sostiene por los niveles de exclusión, colonialismo interno, corrupción y endogamia. “Han sido estados capitalistas adoptados sólo de lejos por el capital, entidades ficticias, separadas de la realidad.” En una de las últimas entrevistas que concedió en Ecuador, declaró que el ethos barroco es una forma de resistencia, pero que no conduce a ninguna revolución. “Nuestros pueblos son muy anti-capitalistas, pero también poco revolucionarios”. 




César Vásconez Romero (Quito, Ecuador, 1980) Hizo estudios de Letras y Edición en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ha publicado artículos en revistas como Ruido Blanco, El Interpretador, La Tempestad, Hermano Cerdo y Cuadrivio. Fue jefe de redacción de La Comunidad Inconfesable y editor literario de Big Sur: http://www.big-sur.com.ar/ , revista de arte latinoamericano. Como editor preparó la Obra Poética (2007) de David Ledesma y Minero de la Noche -24 poetas franceses de vanguardia- (2008) de Jorge Carrera Andrade. En el 2009 fue seleccionado para el Programa de Residencias Artísticas para Creadores de Iberoamérica del Fonca en México. Aldaba, (Huesos de Jibia, Buenos Aires, 2010) es su primer libro de poesía. Actualmente es escritor en residencia de la Maison des Écrivains et Traducteurs de Saint-Nazaire en Francia: http://www.maisonecrivainsetrangers.com/LES-RESIDENTS-2012,221