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27 feb 2013

Nos hemos comprometido en el esfuerzo de pensar un lugar propio para la práctica analítica, cuando parece que su destino está decidido por los poderes. En el futuro inmediato los analistas serán ubicados y reubicados en proyectos y programas de higiene social y psicoterapia. Eso que Lacan llamó, crudamente, en Radiofonía y Televisión respondiendo a la pregunta tres de J-A Miller, un “ensayo vano”, parece arrastrarnos sin remedio. 



Podemos suponer que nos movemos en una corriente contradictoria. De un lado, la hegemonía ideológica de las neurociencias y el cognitivismo proclaman la caducidad de la vía freudiana. Por otra parte, como opción salvadora, al psicoanálisis se le ofrece sumar sus recursos –teóricos y técnicos- a los proyectos terapéuticos, al disciplinamiento de los cuerpos y al control de las poblaciones. 

Nos propusimos buscar argumentos aliados en el paradigma de la comunicación. Se dice que ella es un hecho humano ineludible. Desde Palo Alto se ha insistido en que es imposible no comunicar. 

Más allá tenemos el derecho universal a la libre expresión, como rasgo ejemplar de la democracia. Es decir que apuntalamos al psicoanálisis con las referencias a la comunicación y a la democracia, separándolo relativamente del marco preventivo y salubrista en el cual parecería quedar confinado, cuando son sólo psiquiatras y psicólogos clínicos quienes pueden ejercerlo. 

Veamos más de cerca el ángulo del derecho. En su exposición sobre las contraindicaciones del psicoanálisis J-A Miller especulaba sobre un derecho del sujeto al sentido. Con ello nos ponemos junto al derecho al sentido religioso, aceptando lo que Lacan decía sobre la religión: que ella es la guarida original del sentido. La vertiente del psicoanálisis no es el sentido sino el significante como tal, en su condición de vector a lo real. Es una encrucijada donde el mismo Lacan afirmó que es el uno o la otra, pero que el psicoanálisis no puede vencer a la religión, sino a lo sumo sobrevivir. 

La llamada Teoría de la Comunicación Humana se ha articulado bien con los estudios sobre los dichos realizativos o performativos de Austin. Se desemboca en una propuesta política y cultural que busca deconstruir, en clave derridiana, los dichos sexistas, opresores y segregacionistas. La reiteración de nuevas prácticas discursivas sustentaría nuevos vínculos humanos más equitativos. 

El psicoanálisis constata por principio el carácter performativo de los significantes. El síntoma y su interpretación son modelos de ello. Pero la performatividad no se restringe a las condiciones asentadas por la legalidad y las costumbres, ni es exclusiva de autoridades. No es un fenómeno que transcurre en el ámbito de la conciencia y la voluntad. La performatividad es inconsciente, remota, pero sobre todo es equívoca. De donde el carácter ilusorio de una estrategia liberadora basada en enunciados supuestos unívocamente correctos. 

La figura del comunicador tal como hoy está perfilada en su vocación de masas, de información, de redes multidireccionales y de receptores activos no incluye la operación del psicoanalista. El analista es quien opera con los estragos que el malentendido de toda comunicación deja en un sujeto. Su lazo pragmático es de dos, analista y analizante. La ideología de la comunicación agrupa, el vínculo comunicativo en psicoanálisis desagrega, no del todo, pero justo a su límite. 


Retomando las cuestiones planteadas por J-A Miller en su curso del año 2004, en tanto se trata de asuntos en los que estamos sumergidos, enfaticemos que el control biopolítico -especialmente referido por Foucault, reformulado por Zizek y positivamente criticado por Jameson- se sostiene en la red informática. Allí donde circula la información, en sus canales comunicativos, quedan atrapadas sus huellas. Es literalmente una red y podemos decir que el fin mismo de la comunicación es el registro. 

La huella informática es el registro, un saber guardado al final de una comunicación que parte de los marcos tecnológicos de las computadoras. La secuencia es Registro – Comunicación – Registro'. O podemos definirla como Saber – Trabajo - Saber'. La economía Capital – Trabajo - Capital' tiene su versión digital. 

La clínica, aquella que nos alude, ha empezado en la psiquiatría, pariente desacreditada de la medicina cientificista. Ha tratado de compensarse con la descripción detallada y con la clasificación de cuadros. Su registro, ahora un listado, no cesa de hacerse, deshacerse y volverse a hacer. 

Freud tuvo la esperanza de que psiquiatría y psicoanálisis se complementaran como descripción y explicación. Lo cual no quería decir, sin embargo, que la formación en uno de esos campos condujera al otro. Allí naufragaba el proyecto de complementación. 

Pero también la Universidad es invencible y vemos renacer este proyecto en nuestras propias manos. Se restaura el clasicismo de las estructuras clínicas, refiriéndolo a los mecanismos freudianos básicos: represión, desmentido y forclusión. Y hoy, en la época del listado sindrómico, apuntalamos una selección de los llamados síntomas contemporáneos con las elaboraciones lacanianas sobre lo real, lo simbólico y lo imaginario, en clave borromea. 

Los grandes casos de Freud, por otra parte, parecen hacer una clínica distinta. Funcionan con la autoridad de los veredictos judiciales precedentes en las leyes angloamericanas. Dora, el Hombre de las Ratas, el Hombre de los Lobos, Juanito y Schreber son los paradigmas insuperables del diagnóstico y la explicación. 

Las formas de elaboración clínica anteriores se constituyen como saberes depositables y son transmisibles como matrices para un registro. 

La clínica es lo que se dice en un análisis (Lacan en Apertura de la Sección Clínica), y de lo que se habla allí es esencialmente de las cosas que no andan en la vida amorosa. Los imaginarios en juego, según Lacan en el Seminario Aún, van del amor cortés a la sensación de que recostados se dicen cosas importantes. Es el escenario de la transferencia. Es una práctica de la palabra, pero hay una constelación textual que la acompaña: diarios, cartas, libros, películas, una colección para cada uno irrepetible. 


No cabe duda que el sujeto narra, relata, hace historias. Una producción del tipo “escúchese y destrúyase”. Es la novela familiar edípica, con sagas generacionales y leyendas. 

Es muy significativo el esfuerzo de convertir el drama contado por un sujeto, y el drama mismo de la experiencia psicoanalítica, en un reporte científico. Como curiosa referencia histórica estaría el proyecto de la neuropsicología soviética, después de la muerte de Stalin para, aceptando la relevancia de las cuestiones planteadas por Freud, desechar el tratamiento literario que él les daba y traducirlo a mecanismos de información nerviosa. Es de la misma época el proyecto cognitivista norteamericano, y prácticamente con los mismos objetivos. 

Los analistas luchan por hacerse un lugar en el mundo de la ciencia útil. Para ello se ven llevados a presentar pruebas, descripciones y registros de lo actuado. Son los materiales con los que se hace el caso, el cual no puede ser sino una historia, una reconstrucción. La disparatada experiencia de un análisis es presentada como el ascenso dialéctico de una verdad que toma forma en la conclusión. 

Todo lo anterior se justifica, parcialmente, si recordamos la preocupación de Lacan (Nota Italiana) por tener una producción que le de al psicoanálisis un lugar en el mercado. Pero estamos seguros de que el psicoanálisis ha tenido otros modos de obtener espacio en la cultura. El Seminario de Lacan es paradigmático en ese sentido. Y los testimonios del pase, que no son “casos”, prosiguen una lista, que Miller aumenta con la transmisión del post-analítico. 


Estas son las vías por las que se restablece un poder de la palabra que no reposa en el enunciado sino en la enunciación. La palabra toma su fuerza realizativa en el decir mismo y no en un saber supuestamente verificable (léanse los criterios inaugurales de Foucault a propósito del orden del discurso). 



Salir del olvido 


Seguramente el psicoanálisis se inscribe, palabras de Lacan, en el debate de Las Luces. Precisamente por ello hace falta incansablemente un ejercicio subversivo, cada vez que el “comercio cultural” lo pule hasta volverlo un adorno intelectual, un signo identitario de la época, un informe clínico perfectamente legible y coherente. El “exoterismo” lacaniano, la ex-tensión, toma como base lo más cotidiano de la experiencia (Lacan), eso que llamamos –condescendientes con una tradición médica como anota Miller en su curso Cosas de Finura– la clínica. 



En nuestra transmisión la noción de historia tiene algo desorientador. Ciertamente consta el esfuerzo de un sujeto por refrendar su historia, hecha como un entramado fantasmático de representaciones imaginarias, cosas oídas y experiencias en su cuerpo de viviente. Es lo freudianamente denominado “parapeto”, y que sirve para recubrir lo real traumático. 


El desciframiento analítico deshace la historia, la reduce a unos pocos nudos insensatos. No se reconoce allí un yo, a un personaje que transcurre, más o menos íntegro a través de acontecimientos de vida. Lacan remarca que lo real viene en trozos, que los goces se multiplican en sus concreciones pulsionales acéfalas. Hace falta otra forma de “clínica”, una que muestre pulsátilmente, mediante ejercicios de la palabra, el anudamiento en acto. El witz es el medio y el mensaje de la transmisión analítica: breve y contundente. 

Por ello podemos preguntar si las presentaciones clínicas, donde hacemos de reconstructores de historias, son los caminos dictados por nuestra homeostasis, o por la consideración que tenemos por nuestros colegas. El curso Cosas de Finura además pone en primera fila lo que suponíamos desde siempre: con el caso de otro traemos algo inconcluso de nuestro propio caso. 


Habría que insistir en el tema freudiano de empezar cada caso desde un punto cero del saber. Miller pudo articular esto como “construcción cero”. El asunto sería el siguiente: el psicoanálisis se reinventa una y otra vez, y en cada experiencia volvemos a decir, a posteriori, qué es un análisis. Lacan reiteró este criterio en su conferencia de Ginebra, al hablar del pase, un testimonio que tiene incluso un tono iniciático. En este contexto, la doctrina y la experiencia clínica –los casos- no sólo están en suspenso, sino que pueden hacer de obstáculo para la transmisión de lo inédito. 

Freud presentó un modelo estratificado del inconsciente, con un núcleo llamado patógeno. Es la célebre figura de los archivos dispuestos por épocas, como capas en torno a dicho núcleo. Diferentes temas atraviesan los estratos históricos, en ejes conectados al núcleo traumático. Lo que podríamos llamar la investigación psicoanalítica avanza hacia el núcleo, pasando de una versión a otra, cortando la historia – o mejor, la novela familiar - en los puntos donde ella vacila, tropieza o falla de cualquier modo. Cada vez que ocurre un salto, de un estrato a otro, se decapita un personaje identificatorio. La comparación con el movimiento del caballo de ajedrez sirve a Freud para mostrar que la tarea es zigzagueante. Invoca unos enlaces lógicos, pero más estrictamente se trataría de la ley del equívoco en el lenguaje. 


Clásicamente la tarea analítica fue aproximada a la escultura, en oposición a la pintura. El trabajo es reductivo, no constructivo –una construcción sólo es buena si sustituye a otra más elaborada-. Freud quería salir de la serie de factores actuales para llegar a los factores disposicionales. Reemplazaba así todo el drama sintomático presente por una escena de contenido edípico, con variaciones según la gramática de la pulsión. Dicha pulsión aportaba un monto de empuje o exigencia, que el sujeto poseía constitucionalmente al momento de su encuentro con el Otro. 

El esculpido de estas escenas o fantasías primarias se ve detenido por un obstáculo que Freud llamó inconsciente primario, constituido por una represión originaria. Hay una economía pulsional, constitutiva e inanalizable. 

La relectura lacaniana nos aleja de un modelo esférico o concéntrico. Si el heliocentrismo copernicano es cuestionado en el Seminario Aún, es porque todo centro es una ilusión. Por tanto no podemos proponer el drama edípico como eje absoluto de la constelación neurótica. Él indudablemente funciona como una capa protectora, como una defensa contra lo real, intentando reducirlo al todo de lo fálico. 

Lo real viene en trozos, que sorprenden e irrumpen en la corriente del discurso. Si en psicoanálisis hablamos de corte, refiriéndonos a la interpretación, no olvidemos que el sujeto del inconsciente, en sí mismo es un corte, se presenta mediante interrupciones, fallas, detenciones en la cadena elemental de S1- S2. 

Al analista le toca ratificar, subrayar, dar voz a esa subversión del sujeto del inconsciente. Llegado el momento el analista convoca y sostiene al sujeto de la palabra en el lugar donde ésta desfallece. El efecto buscado es mostrar que toda historia no tiene otro sentido que proteger un goce, que se guarda y se resguarda 

El giro esencial, en la experiencia psicoanalítica, es salir del olvido, que lo dicho –la historia, el sentido, la novela- impone sobre el hecho de que se diga (Lacan, El Atolondradicho). Esto se concreta a través de los juegos de palabras, que son para Lacan, el medio y el fin del análisis freudiano, en tanto se dirige a obtener un saber hacer con la lengua. 

La operación analítica replica el trabajo del inconsciente, que ha hecho del parletre, del ser hablante, un poema. Estrictamente dicho poema es más un chiste, un equívoco, uno de esos trabalenguas que Freud destacó como un ejercicio gozoso en los niños. No se trata de belleza en estos nudos de lalengua (Véase L’ Insu). Y no olvidemos que, desde siempre, la exigencia superyoica es una letanía farfullante que vehicula la pulsión de muerte. 

Hay un dilema ético, que se presenta donde las historias familiares se agotan, donde los mitos y proyectos, congruentes con el fantasma, tambalean. En ese lugar el sujeto retorna a tocar un goce por el que sufre y vive. Es el trozo de vida tal cual le ha tocado en suerte y que debe –como único deber según Freud- soportar. ¿Qué hará allí, en esa encrucijada a la cual lo ha conducido un analista? ¿Volverá atrás para reconstruir un nuevo aparato de olvido? ¿Podrá permanecer allí, ingenioso, improvisador e inventivo, para canturrear algo diferente a una plegaria? ¿Qué hará luego, cuando sabe, por su propia boca, el modo como se tejen los hilos significantes, con retazos de representaciones y con las huellas aun calientes de su goce? 


Son las marcas de este esfuerzo, hecho y por hacer, las que un analista intenta, en acto, mostrar durante su transmisión en la Escuela. 

1 oct 2012


“En efecto, lo que constituye el fondo de la vida es que, en todo lo tocante a las relaciones de los hombres y las mujeres, lo que se llama colectividad es algo que no anda. No anda, y todo el mundo habla de ello, y gran parte de nuestra actividad se nos va en decirlo”. 
Lacan, Seminario Aún. 

“… lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar de amor. Y ¿cómo no percatarse de que, con todo lo que puede articularse desde el descubrimiento del discurso científico, ello es, pura y simplemente, perder el tiempo? El aporte del discurso analítico es que hablar de amor es en sí un goce, y quizá, después de todo esa es tal vez la razón de que emergiese en un punto dado del discurso científico”. 
Lacan, Seminario Aún.


                                                             
Si actualmente parece necesario apostarlo todo a la utilidad pública del psicoanálisis, proponiendo y ejecutando varias formas de psicoanálisis aplicado, sería igualmente vital destacar una referencia a lo que sería el psicoanálisis propiamente dicho. Hace falta una brújula en el laberinto biopolítico, en la sutil red de control de la población. Los analistas, a título de psicólogos clínicos, están en dicho sistema, procuran obtener efectos analíticos, por mínimos que sean, más allá del plan terapéutico. 

La vocación realista del psicoanálisis lo enfila hacia el síntoma para hacerle frente, como dice Lacan en el año 1974. No se anticipa ni pretende tener fórmulas preventivas, o propiciar políticas más adecuadas. Más bien, supone lo inesperado y pretende ubicar lo que permanece opaco, en medio del saber-hacer triunfal de la ciencia. El psicoanálisis nació en el espacio contingente entre el ocultismo y la ciencia según Freud. Para Lacan el callejón estrecho del psicoanálisis pasa entre la ciencia y la religión. 

La pregunta que nos hacemos es si el privilegio de este tiempo, desde el punto de vista analítico, es mostrar descarnadamente que el mayor malestar es el producido por el odioamoramiento del Otro. Los placeres de la vida amorosa se ven pronto ensombrecidos por las desdichas que acarrea. 

Lacan llega a formulaciones directas: el acuerdo entre los sexos es informulable, el amor no marcha, la gente va al psicoanálisis a hablar en último término de eso, muchas veces desde el inicio. Incluso si la clínica psicoanalítica es el decir del que está acostado, es porque en esa posición ocurren cosas que importan únicamente al sujeto. 

En el imposible acuerdo de los sexos, en los tropiezos para hacer concurrir los modos de goce al espacio de la cópula, en la ostensible dificultad para hallar pareja; el psicoanálisis encuentra su real, de donde recibe su legitimación social, y más allá su fundamentación. Así lo asevera Lacan en su seminario del 11 de abril de 1978. 

Para Freud el malestar humano empieza en la impagable culpa del asesinato primordial. La religión es el síntoma de esta transgresión. En cambio Lacan asume que, de cualquier modo, la religión no es un mal síntoma. Siglos de matanzas interreligiosas nos ahorraron el desasosiego de una existencia insensata, la angustia y el horror de un enigma irresoluble. La ciencia, en cambio, como un árbol navideño de manzanas envenenadas, nos ha condenado, una vez más, a una errancia sin fe. Hemos canjeado la vida sencilla del rebaño por la turbulenta voracidad de cosas, bienes, servicios, placeres. 

La ciencia y el capitalismo, la física y el comercio, las matemáticas y el imperio de la cifra que disuelve todo, reduciéndolo a unidades abstractas: es el mundo del dinero, como se titula el ensayo de Martin Hopenhayn. Podríamos encender nuestra curiosidad si nos preguntamos cuál –el dinero o la ciencia- es la condición primera. Zizek también ha recorrido los estudios al respecto. Aquí recordaremos dos asertos lacanianos: el capitalismo ha partido de desechar el sexo (Radiofonía y Televisión); en el discurso de la ciencia hablar de amor es perder el tiempo (Seminario XX). 

El mundo del dinero no es la tonta esfera que el imaginario nos representa. Es la red, el entramado, la hiperconexión, la comunicación que oprime y satura, pero que inevitablemente deja un subproducto, un desecho inútil, una laminilla que se filtra y que cae (ver Lacan en el Seminario XI hablando de dicha laminilla). Fue Freud quien levantó ese desecho haciéndolo su causa, con la cual se hace hablar, en torno a ese otro mundo perdido irremediablemente, en el que supuestamente habría existido la armonía entre el hombre y la mujer. 

Beck, Giddens, Bauman, entre otros sociólogos, describen un panorama confuso y difícil para la vida contemporánea. El último de ellos nos da la metáfora del “amor líquido”, usando el adjetivo para nombrar el rasgo dominante de la cultura de hoy. La lógica de la economía y la hiperconexión, sus semantemas y clichés, son los significantes con los que los sujetos hablan y abordan el campo amoroso. Se establecen conexiones, contactos, listas. Son opciones a evaluar, en tanto inversiones a corto plazo. El riesgo y el cálculo de posibilidades conducen a una pauta muy diferente a todo lo antes visto. No hay seguridad en el mediano o largo plazo, no hay el marco de hierro de la religión, la familia, la censura moral, la punición legal. La incertidumbre amorosa es el clima que prevalece en todas partes. El escenario físico es la ciudad, la metrópoli gigante, la concentración demográfica y el urbanismo cibernético. 

Los sujetos están ávidos de orientación, de recetas, de un saber-hacer erótico. Una proliferación de expertos en el tema, revistas y programas, es la más patética prueba de que se va a ciegas. La información sobre opciones, variaciones, estilos y modos de vida, no resuelve el dilema esencial: qué decidir en el terreno del lazo amoroso con el otro. 

Pero hay un movimiento opuesto, emprendedor y militante. Viene de un campamento heterogéneo y combativo. Se lo denomina, paradójica y vagamente, con términos como “teoría queer” o “la Nueva Carne”. 

                                                    

Hart y Negri han propuesto el éxodo como vía de liberación. Tienen referencias en la historia de otros éxodos de pueblos que se alejaban de sus opresores buscando nuevos mundos. Hoy dicho éxodo no se lo concibe en el espacio, en la geografía, donde casi siempre fue una invasión. La emigración ahora consiste en pasar fronteras identitarias. 

La guerra de los sexos es inevitable en el campo de la cultura paternal y falocéntrica. Los papeles constituidos y llamados “hombre” y “mujer” ponen en pie una contradicción opresor-oprimido, el goce se limita a sus fines reproductivos normalizados. Ha llegado el momento de otras estrategias, o quizás más bien, de la puesta en acto de otros estilos de vida y prácticas del cuerpo y sus placeres. Los modelos y proyectos los aportan el arte y las estéticas perversas. 

Freud ha explicado la perversión como el desmentido a la castración. De un lado se reconoce su vigencia, del otro se vive haciendo como si no la hubiera. Es un trabajo continuo para decir no a la castración, una voluntad de goce –en palabras de Lacan- que no acepta límites. 

Las producciones estéticas contemporáneas van en sentido de una proliferación de objetos y experiencias corporales. Se dice que nuestro tiempo es del desencanto. El cuerpo clásico ya no fascina, no promete revelaciones. La desnudez se ha vuelto trivial e insuficiente. El nudismo torna al cuerpo un objeto indiferente. El superyo, ese sultán irrefrenable y hambriento, como el del cuento citado por Lacan, pide que ese cuerpo sea descarnado. Se demandan objetos repugnantes y abyectos: la sangre, los fluidos orgánicos, los huesos, la piel, las vísceras. Se opera masoquistamente, se corta, se perfora, se abre, se mutila y se deforma. No hay víctimas, a diferencia de los experimentos sádicos de cualquier época. El dolor es la recompensa, la prueba del atravesamiento liberador. 

El programa de éxodo, de emigración, acaba en una refundación. Nuevos grupos identificatorios cohesionados por prácticas de la carne, del cuerpo y sus variados goces aparecen, pero el sujeto experimenta el malestar de no encarnar bien un ideal transgresivo. 

Esto ocurre con todas las propuestas alternativas: nuevas normas, particularismos, sujetos divididos. Los dispositivos y sus consecuencias reaparecen en el otro extremo: en los estilos rebeldes marginales, cuando pasan a constituirse en grupos. La paradoja estriba en que los nombres-del-padre no son prohibiciones, los no-del-padre, sino per-versiones. Constituyen semblantes públicos, campos de identificación, operantes en escenas, instalaciones y performances artísticas. 

La aventura de salir del continente “falogocéntrico” hacia el mundo perdido de la feminidad, sólo genera una diáspora de experimentos de goce. No existe “La mujer” y la empresa de búsqueda se reparte en los esfuerzos de creación del no-todo-fálico por un lado y en las variaciones del desmentido por el otro. Es el misticismo laico de este tiempo: el de ellas haciendo del cuerpo un testimonio de una pasión trascendente, el de ellos poniendo a la mirada y la voz como sustitutos intachables del falo. 


Hay una ciencia de las letras: Lautréamont y Joyce, entre otros radicales experimentadores del escrito, lo testimonian. Lacan dirá que la única ciencia digna de acompañar al psicoanálisis es la ciencia ficción. El cine y la literatura, Cronenberg y Ballard, R. Scott y P. Dick, Crash y Blade Runner. Son ejemplos de estudios y exploraciones de la Nueva Carne. El libro así titulado –La Nueva Carne- por el compilador Antonio José Navarro, presenta una doctrina que es más bien el catálogo de las transformaciones del cuerpo. Como en cualquier ciencia se forzan límites: entre los géneros, entre lo humano y lo animal, entre lo natural y lo artificial, entre lo vivo y lo inanimado. Híbridos y monstruos aparecen y desaparecen en las pantallas, en los textos, en todos esos observatorios de lo inconcebible. 


Lacan vio un análogo del inconsciente en el tráfico de Baltimore al amanecer. Cronenberg en Crash muestra ese tráfico para poner en escena el síntoma, lo que choca y produce el goce doliente de los cuerpos. También ello es el efecto de sujetos, no del tipo titilante articulado a lo simbólico, sino de parletres, cuerpos del habla, aparatos vivos anudados a sus máquinas de velocidad, satisfacción y muerte. 

Vamos ahora a partir de otro ángulo, el de Camille Paglia, crítica social, educadora e historiadora de arte. Su planteamiento es muy diferente al planteamiento de la política queer y del feminismo performativista. Combate sin cuartel la intromisión en la universidad americana de la “Teoría Francesa”, a la cual juzga nefasta para las propias metas feministas. Ella promueve un feminismo que denomina “callejero”, tributario de la auténtica subversión de los sesenta: promotora de una sexualidad libremente elegida, a favor de la pornografía y del aborto, defensora de la prostitución y de la legalización de las drogas. 

Paglia cree que los sesenta pueden inspirar una política más inteligente, si se sabe tomar distancia crítica de su exceso provocador y autodestructivo. Al mismo tiempo, ella ridiculiza y desecha los esfuerzos igualitarios y victimistas del feminismo académico, que ignora el poder real de las mujeres: en el sexo y el amor las mujeres gobiernan. Los pilares de ese poder son inherentes, no requieren de reformas políticas, que sólo desvían a las mujeres hacia metas ajenas a su causa. 

“Vamps and Tramps” y “Sexual Personae”, son dos publicaciones esenciales para conocer la propuesta. A esta autora Lacan le significa un pesado intelectualismo, una palabrería sofisticada y presuntuosa, hecha para auditorios de universitarios impresionables. Pero en cambio, tiene una total admiración y respeto por James Fessenden, su amigo y compinche de alborotos (ya fallecido y al que llama uno de los “auténticos izquierdistas de mi generación que rechazaba el amiguismo del sistema profesional y se orientaba a la cultura en general”), que le decía que ella y Lacan planteaban cosas muy similares en lenguas diferentes. Paglia es freudiana. Uno de sus héroes es Norman O. Brown, un escritor radical, que también fue elogiado por el mismo Lacan, dado que leyó a Freud sin endulzarlo ni adaptarlo. En cuanto a Foucault, sencillamente, encuentra que a él no le interesan los rasgos de la feminidad. 

Paglia quisiera hacer entrar el freudismo en su versión más directa y descarnada en la conciencia social. Es su causa como polemista en los medios masivos. Aquí tenemos lo que llamaríamos una “antieducación”. Ella toma partido en el conflicto cultural básico de occidente, entre el cristianismo y el paganismo, a favor de este último. Sin embargo, no subestima el poder y los argumentos de la Iglesia. 

Esta autora entiende que la condición de los sexos es el conflicto permanente. Vivimos hoy en un renovado “circo pagano”, con reglas propias, que no deben ser atemperadas por ninguna política benévola. Excluyendo la violencia y la intromisión del poder, tenemos el espectáculo de hombres y mujeres compitiendo. Las estrategias de la homosexualidad y el lesbianismo son recursos válidos para combatir el imperio femenino o despreciar la barbarie de los hombres. Acaso la bisexualidad, según Paglia, sea una buena opción, un ideal pagano. Bastaría con poseer una sensibilidad bisexual, es decir, una apertura a la vía del arte combinada con el valor, la fuerza y el honor de los gladiadores. 

El extenso libro “Sexual Personae” hace recordar lo que Lacan dijera del muestrario de los fantasmas: la literatura y el arte en general es la descripción más completa y apasionada de las variaciones del erotismo perverso. Los ejercicios y performances de la llamada Nueva Carne rivalizan con la poética de todos los siglos. Mutantes, hermafroditas, andróginos, fusiones inauditas de la materialidad, fragmentaciones metonímicas del cuerpo, todo ello constituye la galería que Paglia nos invita a recorrer en las grandes obras y en los mitos. Camille Paglia cree que hombres y mujeres no tienen otro camino que la guerra circense, y añade que en el circo no hay reglas, pero sí imaginación. Nosotros podríamos decir que no hay fórmula de acuerdo sexual, pero sí fantasmas, mascaradas y anudamientos sintomáticos. 

Resumamos lo dicho. Experimentos y esfuerzos de emigración que arriban a… nuevas identificaciones. Una escenografía, un circo de gladiadores, el enfrentamiento de los sexos, las estrategias de superación de los conflictos por la vía de la transgeneración y la transexualización. El poder femenino desafiante en los tiempos de la paternidad desacreditada, de la virilidad innecesaria. Paglia quiere que haya hombres audaces y conquistadores, que se enfrenten en la lucha amorosa con mujeres que sepan defenderse y precaverse de la brutalidad del macho frustrado e impotente. Sus propuestas son político-culturales, sus críticas atacan el moralismo autoritario. 

Lacan en los años 70, veía instalarse un mundo con amplia liberalidad sexual. Los homosexuales irían a análisis por sentirse desadaptados, no respecto a la norma hétero, sino a lo que sería el “buen homo”: auténtico y declarado. De esto oyen hoy los analistas quejarse a sujetos que acuden. El espectáculo de la sexualidad destapada es un atajo sin salida. No tiene éxito la solución colectiva de emigrar hacia un ilusorio complemento sexual. 

En “Happy Together” de Wong Kar – Wai, una pareja de homosexuales ha ido muy lejos para recomenzar una vida más propicia, pero llevan la marca indeleble de un destino inconsciente que los separa. La felicidad es apenas una canción nostálgica. 

                                             

La película “Posession” de Andrè Zulawski apela al factor alienígena para explicar el violento enfrentamiento de un hombre y una mujer. Cierra todo el sentido en una “totalidad paranoica” –como lo llamaría Jameson-, la de un complot para desencadenar una nueva guerra mundial. Solución apocalíptica a la división este-oeste, intento de romper el muro que separa los sexos. 

Finalmente, parodiemos al mismo Fredric Jameson en “La Estética Geopolítica” cuando habla del cine de Tarkovski. El gran proyecto de liberación del hombre ha fracasado una vez más, pese a la mejor voluntad y la conciencia más clara. No alcanzamos aquello para lo cual parece haberse logrado las mejores condiciones históricas: la clase revolucionaria perfecta, el héroe colectivo, la organización universal. Entonces si hoy el victorianismo puritano es una pieza de museo, si cada día se derrumba un prejuicio de la moral sexual; si en términos prácticos, vivimos en un ambiente permisivo, ¿por qué no es posible una armonía sexual y amorosa entre hombres y mujeres?


Freud no conjeturó sobre un ente exterior como causa del malestar. Lo extraño está en el fondo de nuestra propia vida. El psicoanálisis no tiene otra justificación en el mundo que recordarlo con insistencia. 

Guayaquil, Marzo del 2009. 


*Este texto resume algunas ideas elaboradas en el Seminario que sostuvimos con ese nombre en el año 2007. 


Antonio Aguirre Fuentes (Guayaquil) Psicoanalista Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Psicologo Clínico en el Hospital de Solca, Docente de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil