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10 oct 2012


Por Enrique Winter

      Las palabras son palacios vacíos a ser despertados por un trueno. Ida Vitale (Montevideo, 1923) confía en su llegada, aunque desconozca qué cuchillo, qué poeta será el que lo reciba. Vislumbro el trueno reflejado en la hoja -del cuchillo-, luego la fisura que éste abrirá para que la inundación los despierte. Para Vitale, como para su contemporánea Denise Levertov (Ilford, 1923 – Seattle, 1997), la imaginación no surge del ambiente, sino que tiene el poder de crearlo. Su manifestación primera es la del sueño -ese trueno al que todos tienen acceso- y la segunda, la posibilidad de generar desde él las posibilidades expresivas, la poesía propiamente. Gonzalo Rojas (Lebu, 1916 – Santiago, 2011) decía que tiraba un cuchillo a la mesa. Sólo si éste se clavaba, él comenzaba a escribir. Sino, mejor acomodarse para mirar la inundación de otros cuchillos. Pues de que el trueno viene, viene y con el relámpago, en su caso. Son miembros de la última vanguardia que explicitó su firme creencia en la inspiración, tan cuestionada por los poetas posteriores al estructuralismo francés. 

       Así comienza Vitale Sueños de la constancia, que al establecer el lugar de las palabras, siembra también la duda de quien con ellas trabaja: “¿Cómo ser su agua madre/ todavía una llaga/ en que se detuviera/ pasar de yermo/ a escalio/ con su abono celeste?”. Cuestionamiento propio de místicas como Juana Inés de la Cruz, que buscan la trascendencia en una otredad que no es humana y que, en los versos finales del primer poema, pareciera llamarnos por vía de Vitale a “Temer su turbulencia/ como el bote arriesgado/ quien no nada.” Y cómo no si el solo uso del filo fractura el tiempo. Y tratándose de éste, la autora nos presenta un segundo dilema, ahora ya no de la génesis del poema, sino de su contenido: si se busca su “limosna verbal” en el recuerdo o si se aspira “al dios de los principios/ de las solares astucias”. Si hemos de conformarnos con describir el polvo que fuimos o aquel que no somos sino en relación al trueno. Por supuesto que no es la respuesta lo buscado, sino la tensión la expuesta. El cuchillo o “la aleta del escualo” corta en el centro el paño tirante por aquellos extremos. “De la memoria sólo sube/ un vago polvo y un perfume/ ¿Acaso sea la poesía?” pregunta. Un aire responde, como el de Rojas al definir la palabra, como el alma que se va con la muerte. 

       Vitale lo construye desde la suma de intentos para llegar a la “gruta fuera del mundo”, “al agua de la vida”, versos que sucede, respectivamente, con una desesperanza lúcida: “Cree avanzar/ el que rema en su fondo” y una honesta declaración de objetivos: “alumbrar una membrana mínima/ una hoja pequeña”. Ésa es la medida a la que puede aspirar el humano que crea. Parece poco, pero son “milagros/ y admito que toda la vida/ es su deuda” cierra el tercer acápite, “Trama de la persuasión”. En éste, el más vivencial del conjunto, la experiencia a la que recurre no se escinde del desasosiego del conjunto. Acá chocan lo sentido y la realidad, siempre aparentes, evaluados desde un presente continuo y nebuloso. Respecto a la deuda de la vida, no ve apuro en pagarla. Para el acápite final interpelará: “Guardaste la esperanza -tu empleo del tiempo-/ como se guarda el cuerpo en un cuarto/ los años que te quedan.” 

       En Sueños de la constancia, lo tangible y temporal -escorpiones, mariposas, perros, colores- es descrito simbólicamente. Son pasajes para viajar a lo intangible, que además parece esconderse. Esta conciencia de desaparecimiento de la realidad genera una nostalgia inmediata por un lugar perdido, “donde/ sin duda volveríamos/ a merecer un cielo”. Un lar que no es dicho, pero que una vez tratado queda en tanto signo. Y sólo entonces comienza a ser soportable. Luego puede la autora mirar “curiosa, fríamente su cadáver” y traérnoslo. El lugar en el que nos lo entrega tampoco es firme. Insinúa que en él residen la soledad del emisor y del receptor, la cual puede salvarse a través de lo ajeno -el perro que alegremente ladra- más que de lo propio, que nos remite a la misma soledad: “padre mío/ te como;/ esposo mío, tú azogas/ el espejo en que espero.” En “Jaula de dolores” insiste: “Dos se reflejan al espejo./ Quién recuerda/ si a solas.”. Ante la inevitable mirada hacia sí mismos de los sujetos, son los objetos inanimados los que abren las posibilidades estéticas del mundo. Confiesa así que “Hacer bello lo otro/ es gloria de la nieve.” 

       Simbolismo aparte el del ciprés, perenne árbol de la muerte, que Vitale cita para celebrar la diferencia en el jardín construido por un dios o la palabra, en que el rosal de la belleza está más alto, pero no cobija tanto como el recuerdo del conjunto o las nociones de la muerte misma. Una postura ética por la inclusión. Cipreses también para que los pájaros “gota a gota” se apoyen en sus ramas. Y luego es el canto de éstos el que acompaña el “quién sabe adónde vamos”, posterior al “taller de la vida”. Sueños de la constancia desvela su narración interna a través de estas pistas mortuorias, y su segundo acápite “Términos” nos deja en la imposibilidad del retorno. A un Montevideo ya adelantado como el lar, donde “Siempre hubo quien/ y siempre faltó cuando”. 

       Los poemas son orgánicos y se sostienen rítmicamente en una base heptasilábica, que hace dialogar entre sus parientes pentasílabos y endecasílabos, a modo de acordes. El verso corto pide silencio (“¿Se jactará siempre la palabra de decir cosas/ que el silencio, simplemente, entiende?”) y lenta deglución por su carácter abstracto, propio de una poesía de ideas y aire. Transparente. Lo desplaza en el horizonte de la hoja. Respira hondo, pareciera pedirnos, como madre que nos lleva a la montaña. Un vértigo de vacío, opuesto al “vértigo de ajenas/ corporaciones emplumadas/ para fiestas o iras de la selva.” Su base métrica, sin embargo, cede al principio del verso libre, bajo el cual la intensidad del sentido debe completarse junto con la línea. En un número considerable de casos, Vitale simplemente renuncia a la sílaba que le falta y opta por la respiración entrecortada. Lo que la convierte en entrecortada es justamente el biorritmo de la relación entre las demás respiraciones tradicionales que ofrece en cada poema. Presenta, además, ocasionales rimas asonantes dentro de los versos, o al final de ellos, como en “Canción”. 

       La autora problematiza también la comunicabilidad del poema, al optar por la concatenación imaginista en “Composición con símbolos” y la sonora en “Étimo: última Tule”, ambas presentes en los hipérbaton de “Al blanco la saeta”. En ellos la obra entra directamente desde los sentidos, desprendiendo a la razón al menos de una primera lectura. Porque en la segunda aparece el destino, inevitable, “desbandada historia/ que mira su futuro/ y no lo aprende” concluye en “Alacena del tizne” o en la escalera cuya constante subida infantil la lleva “hacia cada vez menos luz,/ hacia pozo más hondo” en “Historia”. 

       Trece citas comienzan los trece poemas de “Acto de conciliación”, que Vitale continúa como propias. En conciliación primero con la poesía, luego con la fugacidad, “trueca el duelo en canto”. “Todo es ejercicio de belleza”, pero este canto no debe llamar a equívocos, y las fuerzas sobrehumanas siguen tan presentes en marcar las humanas, como al comienzo. Así, en “Días de Sísifo” la piedra que ha de cargarse cuesta arriba es la misma existencia, consistente en “ir anocheciendo todo el día”. Frente a la tragedia, los sueños de la constancia: “Mar que nunca es un fin/ sino un medio perpetuo/ donde blancas barcas se hamacan”. La aliteración y su placer. Lo que nos queda es la palabra. 




Enrique Winter (Santiago de Chile, 1982) es poeta, abogado y magíster© en escritura creativa por la Universidad de Nueva York. Autor de Guía de despacho (premio Concurso Nacional de Poesía y Cuento Joven. 2010), Rascacielos (beca Consejo Nacional del Libro. México, 2008; Buenos Aires, 2011) y Atar las naves (premio Festival de Todas las Artes Víctor Jara. 2003; Valparaíso, 2009). Es, además, coautor de la antología Decepciones de Philip Larkin y del álbum Agua en polvo (premio Fondo para el Fomento de la Música Nacional, 2012).

6 oct 2012






Antonio Cisneros, uno de los poetas más importantes de hispanoamérica, falleció en la madrugada de hoy a los 69 años de edad.
La Revista Casa de las Iguanas acoge con dolor ésta enorme e irreparable pérdida para su familia y para toda la poesía del mundo.



Tercer movimiento (Affettuosso)

Para hacer el amor
debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la muchacha,
tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se achicharra
para hacer el amor.
Los pastos húmedos son mejores que los pastos amarillos
pero la arena gruesa es mejor todavía.
Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni cerca de las aguas.
Poco reino es la cama para este buen amor.
Limpios los cuerpos han de ser como una gran pradera:
que ningún valle o monte quede oculto y los amantes
podrán holgarse en todos sus caminos.
La oscuridad no guarda el buen amor.
El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo como un techo
y entonces
la muchacha no verá el dedo de Dios.
Los cuerpos discretos pero nunca en reposo,
los pulmones abiertos,
las frases cortas.
Es difícil hacer el amor pero se aprende.

1 oct 2012


“En efecto, lo que constituye el fondo de la vida es que, en todo lo tocante a las relaciones de los hombres y las mujeres, lo que se llama colectividad es algo que no anda. No anda, y todo el mundo habla de ello, y gran parte de nuestra actividad se nos va en decirlo”. 
Lacan, Seminario Aún. 

“… lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar de amor. Y ¿cómo no percatarse de que, con todo lo que puede articularse desde el descubrimiento del discurso científico, ello es, pura y simplemente, perder el tiempo? El aporte del discurso analítico es que hablar de amor es en sí un goce, y quizá, después de todo esa es tal vez la razón de que emergiese en un punto dado del discurso científico”. 
Lacan, Seminario Aún.


                                                             
Si actualmente parece necesario apostarlo todo a la utilidad pública del psicoanálisis, proponiendo y ejecutando varias formas de psicoanálisis aplicado, sería igualmente vital destacar una referencia a lo que sería el psicoanálisis propiamente dicho. Hace falta una brújula en el laberinto biopolítico, en la sutil red de control de la población. Los analistas, a título de psicólogos clínicos, están en dicho sistema, procuran obtener efectos analíticos, por mínimos que sean, más allá del plan terapéutico. 

La vocación realista del psicoanálisis lo enfila hacia el síntoma para hacerle frente, como dice Lacan en el año 1974. No se anticipa ni pretende tener fórmulas preventivas, o propiciar políticas más adecuadas. Más bien, supone lo inesperado y pretende ubicar lo que permanece opaco, en medio del saber-hacer triunfal de la ciencia. El psicoanálisis nació en el espacio contingente entre el ocultismo y la ciencia según Freud. Para Lacan el callejón estrecho del psicoanálisis pasa entre la ciencia y la religión. 

La pregunta que nos hacemos es si el privilegio de este tiempo, desde el punto de vista analítico, es mostrar descarnadamente que el mayor malestar es el producido por el odioamoramiento del Otro. Los placeres de la vida amorosa se ven pronto ensombrecidos por las desdichas que acarrea. 

Lacan llega a formulaciones directas: el acuerdo entre los sexos es informulable, el amor no marcha, la gente va al psicoanálisis a hablar en último término de eso, muchas veces desde el inicio. Incluso si la clínica psicoanalítica es el decir del que está acostado, es porque en esa posición ocurren cosas que importan únicamente al sujeto. 

En el imposible acuerdo de los sexos, en los tropiezos para hacer concurrir los modos de goce al espacio de la cópula, en la ostensible dificultad para hallar pareja; el psicoanálisis encuentra su real, de donde recibe su legitimación social, y más allá su fundamentación. Así lo asevera Lacan en su seminario del 11 de abril de 1978. 

Para Freud el malestar humano empieza en la impagable culpa del asesinato primordial. La religión es el síntoma de esta transgresión. En cambio Lacan asume que, de cualquier modo, la religión no es un mal síntoma. Siglos de matanzas interreligiosas nos ahorraron el desasosiego de una existencia insensata, la angustia y el horror de un enigma irresoluble. La ciencia, en cambio, como un árbol navideño de manzanas envenenadas, nos ha condenado, una vez más, a una errancia sin fe. Hemos canjeado la vida sencilla del rebaño por la turbulenta voracidad de cosas, bienes, servicios, placeres. 

La ciencia y el capitalismo, la física y el comercio, las matemáticas y el imperio de la cifra que disuelve todo, reduciéndolo a unidades abstractas: es el mundo del dinero, como se titula el ensayo de Martin Hopenhayn. Podríamos encender nuestra curiosidad si nos preguntamos cuál –el dinero o la ciencia- es la condición primera. Zizek también ha recorrido los estudios al respecto. Aquí recordaremos dos asertos lacanianos: el capitalismo ha partido de desechar el sexo (Radiofonía y Televisión); en el discurso de la ciencia hablar de amor es perder el tiempo (Seminario XX). 

El mundo del dinero no es la tonta esfera que el imaginario nos representa. Es la red, el entramado, la hiperconexión, la comunicación que oprime y satura, pero que inevitablemente deja un subproducto, un desecho inútil, una laminilla que se filtra y que cae (ver Lacan en el Seminario XI hablando de dicha laminilla). Fue Freud quien levantó ese desecho haciéndolo su causa, con la cual se hace hablar, en torno a ese otro mundo perdido irremediablemente, en el que supuestamente habría existido la armonía entre el hombre y la mujer. 

Beck, Giddens, Bauman, entre otros sociólogos, describen un panorama confuso y difícil para la vida contemporánea. El último de ellos nos da la metáfora del “amor líquido”, usando el adjetivo para nombrar el rasgo dominante de la cultura de hoy. La lógica de la economía y la hiperconexión, sus semantemas y clichés, son los significantes con los que los sujetos hablan y abordan el campo amoroso. Se establecen conexiones, contactos, listas. Son opciones a evaluar, en tanto inversiones a corto plazo. El riesgo y el cálculo de posibilidades conducen a una pauta muy diferente a todo lo antes visto. No hay seguridad en el mediano o largo plazo, no hay el marco de hierro de la religión, la familia, la censura moral, la punición legal. La incertidumbre amorosa es el clima que prevalece en todas partes. El escenario físico es la ciudad, la metrópoli gigante, la concentración demográfica y el urbanismo cibernético. 

Los sujetos están ávidos de orientación, de recetas, de un saber-hacer erótico. Una proliferación de expertos en el tema, revistas y programas, es la más patética prueba de que se va a ciegas. La información sobre opciones, variaciones, estilos y modos de vida, no resuelve el dilema esencial: qué decidir en el terreno del lazo amoroso con el otro. 

Pero hay un movimiento opuesto, emprendedor y militante. Viene de un campamento heterogéneo y combativo. Se lo denomina, paradójica y vagamente, con términos como “teoría queer” o “la Nueva Carne”. 

                                                    

Hart y Negri han propuesto el éxodo como vía de liberación. Tienen referencias en la historia de otros éxodos de pueblos que se alejaban de sus opresores buscando nuevos mundos. Hoy dicho éxodo no se lo concibe en el espacio, en la geografía, donde casi siempre fue una invasión. La emigración ahora consiste en pasar fronteras identitarias. 

La guerra de los sexos es inevitable en el campo de la cultura paternal y falocéntrica. Los papeles constituidos y llamados “hombre” y “mujer” ponen en pie una contradicción opresor-oprimido, el goce se limita a sus fines reproductivos normalizados. Ha llegado el momento de otras estrategias, o quizás más bien, de la puesta en acto de otros estilos de vida y prácticas del cuerpo y sus placeres. Los modelos y proyectos los aportan el arte y las estéticas perversas. 

Freud ha explicado la perversión como el desmentido a la castración. De un lado se reconoce su vigencia, del otro se vive haciendo como si no la hubiera. Es un trabajo continuo para decir no a la castración, una voluntad de goce –en palabras de Lacan- que no acepta límites. 

Las producciones estéticas contemporáneas van en sentido de una proliferación de objetos y experiencias corporales. Se dice que nuestro tiempo es del desencanto. El cuerpo clásico ya no fascina, no promete revelaciones. La desnudez se ha vuelto trivial e insuficiente. El nudismo torna al cuerpo un objeto indiferente. El superyo, ese sultán irrefrenable y hambriento, como el del cuento citado por Lacan, pide que ese cuerpo sea descarnado. Se demandan objetos repugnantes y abyectos: la sangre, los fluidos orgánicos, los huesos, la piel, las vísceras. Se opera masoquistamente, se corta, se perfora, se abre, se mutila y se deforma. No hay víctimas, a diferencia de los experimentos sádicos de cualquier época. El dolor es la recompensa, la prueba del atravesamiento liberador. 

El programa de éxodo, de emigración, acaba en una refundación. Nuevos grupos identificatorios cohesionados por prácticas de la carne, del cuerpo y sus variados goces aparecen, pero el sujeto experimenta el malestar de no encarnar bien un ideal transgresivo. 

Esto ocurre con todas las propuestas alternativas: nuevas normas, particularismos, sujetos divididos. Los dispositivos y sus consecuencias reaparecen en el otro extremo: en los estilos rebeldes marginales, cuando pasan a constituirse en grupos. La paradoja estriba en que los nombres-del-padre no son prohibiciones, los no-del-padre, sino per-versiones. Constituyen semblantes públicos, campos de identificación, operantes en escenas, instalaciones y performances artísticas. 

La aventura de salir del continente “falogocéntrico” hacia el mundo perdido de la feminidad, sólo genera una diáspora de experimentos de goce. No existe “La mujer” y la empresa de búsqueda se reparte en los esfuerzos de creación del no-todo-fálico por un lado y en las variaciones del desmentido por el otro. Es el misticismo laico de este tiempo: el de ellas haciendo del cuerpo un testimonio de una pasión trascendente, el de ellos poniendo a la mirada y la voz como sustitutos intachables del falo. 


Hay una ciencia de las letras: Lautréamont y Joyce, entre otros radicales experimentadores del escrito, lo testimonian. Lacan dirá que la única ciencia digna de acompañar al psicoanálisis es la ciencia ficción. El cine y la literatura, Cronenberg y Ballard, R. Scott y P. Dick, Crash y Blade Runner. Son ejemplos de estudios y exploraciones de la Nueva Carne. El libro así titulado –La Nueva Carne- por el compilador Antonio José Navarro, presenta una doctrina que es más bien el catálogo de las transformaciones del cuerpo. Como en cualquier ciencia se forzan límites: entre los géneros, entre lo humano y lo animal, entre lo natural y lo artificial, entre lo vivo y lo inanimado. Híbridos y monstruos aparecen y desaparecen en las pantallas, en los textos, en todos esos observatorios de lo inconcebible. 


Lacan vio un análogo del inconsciente en el tráfico de Baltimore al amanecer. Cronenberg en Crash muestra ese tráfico para poner en escena el síntoma, lo que choca y produce el goce doliente de los cuerpos. También ello es el efecto de sujetos, no del tipo titilante articulado a lo simbólico, sino de parletres, cuerpos del habla, aparatos vivos anudados a sus máquinas de velocidad, satisfacción y muerte. 

Vamos ahora a partir de otro ángulo, el de Camille Paglia, crítica social, educadora e historiadora de arte. Su planteamiento es muy diferente al planteamiento de la política queer y del feminismo performativista. Combate sin cuartel la intromisión en la universidad americana de la “Teoría Francesa”, a la cual juzga nefasta para las propias metas feministas. Ella promueve un feminismo que denomina “callejero”, tributario de la auténtica subversión de los sesenta: promotora de una sexualidad libremente elegida, a favor de la pornografía y del aborto, defensora de la prostitución y de la legalización de las drogas. 

Paglia cree que los sesenta pueden inspirar una política más inteligente, si se sabe tomar distancia crítica de su exceso provocador y autodestructivo. Al mismo tiempo, ella ridiculiza y desecha los esfuerzos igualitarios y victimistas del feminismo académico, que ignora el poder real de las mujeres: en el sexo y el amor las mujeres gobiernan. Los pilares de ese poder son inherentes, no requieren de reformas políticas, que sólo desvían a las mujeres hacia metas ajenas a su causa. 

“Vamps and Tramps” y “Sexual Personae”, son dos publicaciones esenciales para conocer la propuesta. A esta autora Lacan le significa un pesado intelectualismo, una palabrería sofisticada y presuntuosa, hecha para auditorios de universitarios impresionables. Pero en cambio, tiene una total admiración y respeto por James Fessenden, su amigo y compinche de alborotos (ya fallecido y al que llama uno de los “auténticos izquierdistas de mi generación que rechazaba el amiguismo del sistema profesional y se orientaba a la cultura en general”), que le decía que ella y Lacan planteaban cosas muy similares en lenguas diferentes. Paglia es freudiana. Uno de sus héroes es Norman O. Brown, un escritor radical, que también fue elogiado por el mismo Lacan, dado que leyó a Freud sin endulzarlo ni adaptarlo. En cuanto a Foucault, sencillamente, encuentra que a él no le interesan los rasgos de la feminidad. 

Paglia quisiera hacer entrar el freudismo en su versión más directa y descarnada en la conciencia social. Es su causa como polemista en los medios masivos. Aquí tenemos lo que llamaríamos una “antieducación”. Ella toma partido en el conflicto cultural básico de occidente, entre el cristianismo y el paganismo, a favor de este último. Sin embargo, no subestima el poder y los argumentos de la Iglesia. 

Esta autora entiende que la condición de los sexos es el conflicto permanente. Vivimos hoy en un renovado “circo pagano”, con reglas propias, que no deben ser atemperadas por ninguna política benévola. Excluyendo la violencia y la intromisión del poder, tenemos el espectáculo de hombres y mujeres compitiendo. Las estrategias de la homosexualidad y el lesbianismo son recursos válidos para combatir el imperio femenino o despreciar la barbarie de los hombres. Acaso la bisexualidad, según Paglia, sea una buena opción, un ideal pagano. Bastaría con poseer una sensibilidad bisexual, es decir, una apertura a la vía del arte combinada con el valor, la fuerza y el honor de los gladiadores. 

El extenso libro “Sexual Personae” hace recordar lo que Lacan dijera del muestrario de los fantasmas: la literatura y el arte en general es la descripción más completa y apasionada de las variaciones del erotismo perverso. Los ejercicios y performances de la llamada Nueva Carne rivalizan con la poética de todos los siglos. Mutantes, hermafroditas, andróginos, fusiones inauditas de la materialidad, fragmentaciones metonímicas del cuerpo, todo ello constituye la galería que Paglia nos invita a recorrer en las grandes obras y en los mitos. Camille Paglia cree que hombres y mujeres no tienen otro camino que la guerra circense, y añade que en el circo no hay reglas, pero sí imaginación. Nosotros podríamos decir que no hay fórmula de acuerdo sexual, pero sí fantasmas, mascaradas y anudamientos sintomáticos. 

Resumamos lo dicho. Experimentos y esfuerzos de emigración que arriban a… nuevas identificaciones. Una escenografía, un circo de gladiadores, el enfrentamiento de los sexos, las estrategias de superación de los conflictos por la vía de la transgeneración y la transexualización. El poder femenino desafiante en los tiempos de la paternidad desacreditada, de la virilidad innecesaria. Paglia quiere que haya hombres audaces y conquistadores, que se enfrenten en la lucha amorosa con mujeres que sepan defenderse y precaverse de la brutalidad del macho frustrado e impotente. Sus propuestas son político-culturales, sus críticas atacan el moralismo autoritario. 

Lacan en los años 70, veía instalarse un mundo con amplia liberalidad sexual. Los homosexuales irían a análisis por sentirse desadaptados, no respecto a la norma hétero, sino a lo que sería el “buen homo”: auténtico y declarado. De esto oyen hoy los analistas quejarse a sujetos que acuden. El espectáculo de la sexualidad destapada es un atajo sin salida. No tiene éxito la solución colectiva de emigrar hacia un ilusorio complemento sexual. 

En “Happy Together” de Wong Kar – Wai, una pareja de homosexuales ha ido muy lejos para recomenzar una vida más propicia, pero llevan la marca indeleble de un destino inconsciente que los separa. La felicidad es apenas una canción nostálgica. 

                                             

La película “Posession” de Andrè Zulawski apela al factor alienígena para explicar el violento enfrentamiento de un hombre y una mujer. Cierra todo el sentido en una “totalidad paranoica” –como lo llamaría Jameson-, la de un complot para desencadenar una nueva guerra mundial. Solución apocalíptica a la división este-oeste, intento de romper el muro que separa los sexos. 

Finalmente, parodiemos al mismo Fredric Jameson en “La Estética Geopolítica” cuando habla del cine de Tarkovski. El gran proyecto de liberación del hombre ha fracasado una vez más, pese a la mejor voluntad y la conciencia más clara. No alcanzamos aquello para lo cual parece haberse logrado las mejores condiciones históricas: la clase revolucionaria perfecta, el héroe colectivo, la organización universal. Entonces si hoy el victorianismo puritano es una pieza de museo, si cada día se derrumba un prejuicio de la moral sexual; si en términos prácticos, vivimos en un ambiente permisivo, ¿por qué no es posible una armonía sexual y amorosa entre hombres y mujeres?


Freud no conjeturó sobre un ente exterior como causa del malestar. Lo extraño está en el fondo de nuestra propia vida. El psicoanálisis no tiene otra justificación en el mundo que recordarlo con insistencia. 

Guayaquil, Marzo del 2009. 


*Este texto resume algunas ideas elaboradas en el Seminario que sostuvimos con ese nombre en el año 2007. 


Antonio Aguirre Fuentes (Guayaquil) Psicoanalista Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Psicologo Clínico en el Hospital de Solca, Docente de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil 



27 sept 2012

Temblando de muerte en muerte, o de vida en vida, estas tiras de carne y de lenguaje, sutil y fascinante, como la iluminación inconsciente a la que nos lleva un buen poema, nos convoca una vez más a otra lectura de la poesía diversa y enriquecedora de José Manuel Barrios. Parecería decirnos que hay un sueño y un porvenir que solo podremos pisar si accede el hombre a convertirse en viento desgranado. En lenguaje ya nunca más disfrazado de consciencia, en consciencia ya nunca más disfrazada en movimiento. José Manuel Barrios es uno de los poetas más interesantes que han aparecido desde la década pasada en nuestro continente. Y estos poemas, precisos y vibrantes, deben saber que han de encontrar en sus lectores no solo la elaboración de su reptil, sino también su temblorosa construcción. 


Contact/Karma

1. Cuando el alma nace por su inconsciente, por su lenguaje, alcanza estados de belleza sutiles. Movimientos simples y vitales.


2. Toda alma expresa su alteridad, su Ello. Ya que cualquier alma hermosa es también un duende.


3. Cuando el alma está asentada en su anhelo de belleza descubriremos su inconsciente.


4. Por medio de los sueños, descubriremos su inconsciente.


5. Al teatro su duende. Al libro su locus. A la redención su danza.


6. Las deficiencias en la esfera del lenguaje son la expresión de una alteridad reinante y gozoza de su maniatazgo. Ese cuerpo es un reptil. Y constriñe.


7. La lengua es el segundo disfraz del inconsciente. La existencia de la humanidad, es también, el inconsciente de su destrucción.


***

Deambula sin cesar

de muerte en muerte


Deambula sin cesar

de muerte en muerte

de muerte en muerte


Como una llama sin humo, del tamaño de un pulgar, así es el alma; amanecer del pasado y del futuro, igual hoy como mañana:

En verdad esto es Eso.

***

En verdad esto es eso.


Ven y Mira


el bosque de los Cedros


1.

Es un hombre [al que no se debe mirar], vive en el bosque de los cedros [el vive en un árbol]. El vive en un árbol al cual no se puede nombrar. El vive en la cúspide.

Para alcanzar la cúspide habré de convertirme en viento.

Habré de conventirme en viento.

¿Quién custodia el bosque? No lo sé, pero su alcance es amplio.


2.

Hay un piso [imposible negarlo]

que no se puede pisar.

Aproxímate [pero no entres]

Acércate [no sucumbas]

quita ya ese pie del camino.

Hay un camino

más allá de los cedros

al cual no debes cruzar

las amalgamas del bosque

ni las rocas enjuntas por girasoles

he allí

el espíritu del bosque.

Los sueños se adueñarán de ti.


3.

En verdad esto es Eso.


4.

Los temblores se adueñarán de ti. Los sueños se adueñarán de ti.

Se adueñarán de ti los temblores. Y temblarás por todo el porvenir. Serás un pedazo de piel colgando de la vida. Temblando de muerte en muerte.

5.

Temblando, de muerte en muerte.

De muerte en muerte.


6.

Habrás de conventirte en viento.

Habrás de convertirte en viento.



José Manuel Barrios / foto: ©Magela FerreroJosef Manuel de Barrios. Montevideo, Uruguay, 1983. Cursó estudios de grado en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UDELAR). Publicó, en poesía: Explanans (Zignos, 2007), Democracia (Linardi Risso, 2007; Fondo Concursable para el Fomento Artístico y Cultural, MEC), Coagula (Red de los poetas salvajes, 2009), Bagrejaponés (co-autoría con Alex Piperno, Olga Leiva, Diego de Ávila y Santiago Márquez; Editorial Mental, 2010), YOGA (Limón Partido, 2011; primer volumen/divulgación deTELOS/VIRGA, Dochtrina) y Atari (Editorial Mental, 2012; Telos/Virga volumen 2 Endochtrina). Participó en el libro colectivo Silicio: poesía y delirio de cinco poetas latinoamericanos (Red de los poetas Salvajes, 2009) y forma parte de las antologías 4M3R1C4, Novísima Poesía Latinoamericana (Ventana Abierta, 2010); 2017, Nueva Poesía Contemporánea Tomo 1 (Milena Caserola, 2009) y Cajita de música, Poetas de España y América del siglo XXI (AEP, 2011). Es director general de Gusto Tuyo, Encuentro de Poesía Latinoamericana en Montevideo. Ha presentado su obra en varios festivales internacionales de poesía en Chile, México y Perú. Dirige el proyecto escritural “Nuestro Mundo”, laboratorio de escritura con adolescentes, desarrollado en los cursos de enseñanza media, ciclo básico y bachillerato. Está dedicado enteramente a la divulgación del Telos/Virga. 

22 sept 2012



Por Armando Arteaga


I: INTROITO

Era otoño, neblina... Se fue en primavera excerta de imágenes el poeta Guillermo Chirinos Cuneo por esa calle absorta y sin limites del brumoso invierno limeño, veredas albeadas y escaleras abocetadas, un fondo azul marino: para adornar el tiempo, una gaviota triste, y un perro aullaba sobre el oleaje añoso del póstumo muelle, en ese septiembre del noventainueve, un abecé sonoro vuelve en música de albogue sobre las rocas. 


II: MIRADA ANACREÓNTICA 

No sé cómo es qué empecé a saber -a ciencia cierta- acerca de la vida taciturna de aquel muchacho de La Punta, varios años mayor que yo, que caminaba con la aparente pedantería de alguien que sufre de miodinia (muy de moda en el caminar para los vándalos adolescentes -de aquella época- que pululaban en los Portales de la Pza. Sn. Martín), y que también era un ser vernal, marginal, algo amadamado, y vislumbre de gran poeta: Guillermo Chirinos Cuneo. Muchacho que siempre andaba solo, azul, y triste.

Guillermo Chirinos Cuneo, o “Cuneo”, como le llamaban algunos, era parte de esa patotada limeña (¡La muchachada peruana avanza, se eleva y triunfa! era el slogan que usaba la señora Nelly Mendivil Castro desde su programa “La nueva ola peruana” desde la torre-cabina de Radio Miraflores), y que en ese último verano fabuloso de la década del sesenta, la pasamos oyentes: los badulaques -de entonces- escuchando en las radios de moda a Charles Brown, a John Lennon, y a Ringo Star. (¿Quién no llevaba ese verano un radio portátil en la mano como ahora un celular?). Era un muchacho raro, un ser muy especial, de tez blanca, nariz aguileña, ojos pardos, cejas pobladas, una frente muy amplía, y siempre bien peinado, bello y algo frusco: por su hábil manía de prosternarse a la incomunicación con las demás personas cercanas sino le interesaban los temas sobre lo que se conversaba, o al revés, se transformaba en un caso contrario, lleno de una hiperestesia existencial para plantear las cosas aparentemente más descabelladas, y de un semblante medio autista, que profetizaba cierto raro misterio, y que solía pasar con las manos metidas en los bolsillos de sus anchos pantalones azules y oscuros, en guayaberas blancas o cremas, listo para “espantar burgueses”, y muy elegante en un cansino caminar sobres sus mocasines marrones o guindas, que eran en él un recordado leid-motiv de su imagen. Llamaba mucho la atención su desafiante, pero tiernísima mirada, con la que saludaba a mi amiga Brunella. No sé exactamente, ¿Quiénes me lo presentaron, por primera vez?. No lo recuerdo: ¿O Tony Vásquez, o el flaco Podestá, o el viejo trosko Napuri?. ¿Imposible recordarlo ahora, o saberlo entonces, parece haber pasado tanto tiempo?. ¿O, vino una tarde cualquiera a sentarse a mi mesa del Versalles acompañando con su hermano Pepe “El Gordo” Chirinos?. 

Me dijo que era poeta, hablo de Rimbaud y de Martín Adán (un viejo poeta del Perú, haciendo referencia a Ginsberg, esa tarde llevaba entre sus manos el N- 4 de la revista Haravec). Recuerdo –exactamente- este episodio porque en aquel verano de 1969, me ocurrieron varias cosas extraordinarias: ingresé a la universidad, empecé a fumarLucky Strike , y me le declaré a Brunella. Frecuenté mucho, ese verano, las calles de La Punta, y meditaba sobre el futuro de la vida, la felicidad, o la muerte total de las cosas, y conversaba sobre las bellas tardes crepusculares del Malecón Figueredo. Del resultado de esa experiencia juvenil, del abandono existencial y el ocio creativo, escribí aquel poema “Botes pescadores a la puesta de sol” (II) en mi libro “Terra Ígnea”. Leí mucho también, ese verano, descubrí a los crepusculares, a Marinetti, a los herméticos italianos: a Ungaretti, a Saba, a Pavese, a Móntale. 

Brunella era una pecosa extraordinaria, ágil para nadar y sortear mil peripecias sobre los cantos rodados de la playa de Cantolao, de cabellos castaños, hija de esos emigrantes italianos que pululaban por las calles de Chucuito y La Punta. Tenía su padre una tiendecita casi al final de la Grau (una cuadra antes de llegar al Malecón Pardo), en un ambiente muy movido donde cualquiera podría degustar de un buen sándwich de jamón del país, de unas pastas divinas, o de unos inconfundibles helados de vainilla. Yo no iba tanto por el gusto de esas delicias que ofrecía Don Guiseppe Durbiano, el padre de Brunella, sino solo para mirar los ojos celestes de Brunella, esa madonna que me quitaba el sueño para siempre. Don Guiseppe, el padre de Brunella, era un italiano bonachón, y yo le caía bien, estaba segurísimo de eso, sino por andar fastidiando a su hija, hace rato que ya me hubiera metido bala. Fumaba tabaco en pipa, y siempre andaba con una boina azul marino de pintor, le entraba a la lectura, era un hombre muy culto, me buscaba la conversación, y hasta heredé de él las obras completas -en dos volúmenes- de la poesía de Leopardi, por supuesto en italiano, en una edición de 1900 (Opere di Giacomo Leopardi, edizione accresciuta, ordinata e corretta; secondo l´ultimo intendimento dell´autore da Antonio Raniere, Firenze, Felice Le Monnier, Editore). 

Como Brunela me aceptó, y empezó a trabajar de aeromoza en Air France, la recogía o me acompañaba, o nos veíamos, algunas veces, o la esperaba, haciendo tiempo (para subir a los colectivos), o divagábamos en alguno de esos cafés de los portales de la Pza. Sn. Martín o de las Galerías Boza. Por esos recovecos de los portales de la Plaza Sn. Martín, muchas veces, aparecía Guillermo Chirinos Cuneo, siempre caminando hacia ninguna parte. Ya dije, solo, azul y triste. Se repetía, era siempre el mismo muchacho que llevaba cierta sonrisa irónica, una mueca de cierto disgusto por las cosas que le rodeaban, un gran aburrimiento, una desilusión muy especial fijada en esos ojos encendidos que le daban un brillo especial. Siempre se le veía en realidad inmutable: abrumado. Yo fastidiaba a Brunella diciéndole: “Creo que ese poeta también está enamorado de ti”. Brunella no decía nunca nada ante mis locas ocurrencias, musa hipnal, solo sonreía. 

Se veía que le tenía simpatía a Guillermo (¡Ojos de caballo loco!, exclamaba), tal vez por su impecable soledad, y no era para menos, y también porque se conocían del barrio, de un tiempo atrás, Brunella vivía unas casas más abajo del barrio actual de “Pepe” Chirinos Cuneo. 

Una inesperada tarde. Brunella me presentó a Pepe (“El Gordo”) Chirinos, en la calle más loca de los limeños de entonces, en La Colmena. Al costado del estupendo Teatro Colón diseñado por Claudio Sahut. Otro muchacho de La Punta..., era el hermano menor del poeta Guillermo Chirinos Cuneo, muy parecido a él, allí estaba la cara, la pinta. Solo que más kantiano, aunque siempre callado. Pepe “El Gordo” Chirinos hizo una gran amistad conmigo, siempre estaba dispuesto para acompañarte a cualquier lugar, para realizar los acontecimientos más inesperados. 

A veces nos metíamos al cine, para matar las tardes, trotábamos al Le Paris para ver la última de Claude Lelouch, vimos todas las que llegaban de Lelouch: “Vivre pour vivre” y “Un Homme et une Femme”, o nos metíamos al Bijou donde nos soplamos -todas las tardes de un mes de octubre- un festival de cine soviético, y después vino el siguiente festival de cine yugoslavo, no nos perdimos ni el festival albanés, que fue recontra “gevy”, malazazazo..., disparatado y metálico. 

Brunella murió en un accidente aéreo, y esa desgracia fue casi imposible de soportar. Fue mi peor “dolor” sartreano, el más excéntrico de aquella temporada, una herida narcisista que jamás se cerró. Fue un bautizo hebefrénico que me dejó la impronta de cierta identificación con lo marginal y la compulsión nosológica para estudiar la cognición de la realidad. 

Y “Pepe” Chirinos, aunque callado, era divertido. La pasábamos muy bien. Nos sentábamos -horas de horas- para conversar en cualquier mesa del café Versalles, o en el Goyescas, o en el Viena, o en el Dominó. Salíamos a vagar por la ciudad de nuestras madrigueras que eran las conocidas mesas de estos cafés de los portales. Nos metíamos en aquella librería francesa del portal de la Pza. Sn. Martín (al costado del Versalles), a hojear, o a hurtar (o a “expropiar”, decía “Pepe” Chirinos, quién usaba el termino velasquista), o para agitar la adrenalina: birlar algún libro de poesía francesa, que allí los vendían muy baratos: Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire, Prosper Merimee, Gérard de Nerval, Bretón, Prévert, Jules Supervielle, Aragón, Maupassant, Soupault, Sartre, Camus, Eluard, todos estaban allí, le livre de poche.

Fue a través de “Pepe” Chirinos que llegue con más frecuencia a su hermano Guillermo. Siempre me traía alguna mala noticia. ¡Enfermó!. ¡Lo habían metido en la clínica San Martín, o en la San Isidro. Cada vez que empeoraba, era más difícil la comunicación con él. Pepe se quedaba callado y no hablaba más. Había que sacarle las palabras en horas de conversación sobre otros temas. ¡Está escribiendo!. ¡No recibe visitas!. Así era de lacónico el “Gordo” Pepe. Para no malograr nuestra relación de amigos, por elegancia, ya casi ni le preguntaba sobre la vida de Guillermo, que a todos nos preocupaba y nos atormentaba. Pero que ya nunca más pudo ser tema de nuestra cotidiana conversación. Solo cuando Pepe quería hablaba de Guillermo. Y así fue que aceptamos, con dolor extraño, nuestro compromiso fraterno, cuando indagábamos acerca de la salud del poeta Chirinos Cuneo. 

Siempre fue difícil la comunicación con el poeta Guillermo Chirinos Cuneo. A pesar de esta distancia, siempre pude entenderme con él, a pesar de ese destino fronterizo y esquizofrénico que limitaba cualquier entendimiento normal, que siempre impedía o malograba la comprensión total. Que nos volvía a todos incomprensibles y alborotados. Pero Guillermo era un tipo brillante, controvertido, y veces se deprimía mucho. Por un buen tiempo no supe nada de él. Me enteré que la pasaba mal en la clínica de San Isidro, y que mantenía la costumbre de seguir escribiendo poemas, escribía mucho -Pepe recuerda; más de un millar de poemas-, que el doctor-psiquiatra que lo atendía no aceptaba visitas, salvo la visita de algunos familiares.



Fue un día casual y cualquiera. Conseguí su libro “Idiota del Apocalipsis” (que lo había editado la madre de Guillermo, la señora Aída Cuneo Navach , y quien asumía su omnipresente figura personal con un sello editor), que se exhibía discretamente en una de las vitrinas principales de la Librería Internacional que estaba en la primera cuadra del Jr. de la Unión, con una bellísima carátula presuntamente dibujada por Guillermo (según me a confesado recientemente Pepe, y que la familia guarda y conserva otras tres pinturas): unos caballos de buen trazo negro y pintados de rojo bermellón, que se desbordaban sobre un fondo blanco.


Poema de Guillermo Chirinos
CAIRO

El lirio de los delirios a quien alimente de sol mis pesadillas.
En el ojo del pez, la suave herida.
Cairo,
amarillo como las pústulas del loco
te solazas con el veneno bíblico de la ciencia.
Buscad en el fondo casposo de los recuerdos;
ha llegado el pánico.

Sapiencias lejanas,
destartalado tiempo de lágrimas,
transferencias psicológicas.
La cábala,
El número exacto de mi proyección somática.

Moriré
para que mi alma no recuerde;
ante quien descubrir las cicatrices del miedo,
mis estáticas señales,
mi mente vieja de corazón virgen.

Moría una nube. Nacía una estrella.
Pausa. Podredumbre.
La noche hastiada sobre la muerte del destino.
Cairo, tu simiente de espuma,
tu faz de diurna asechanza,
todo tu ser de cristal
seduce mi curioso delirio.

Escribí versos hermosos.
En estado de arte, pinté mi máscara
Y sus ojos sin luz.

Moriré,
para que mi alma no recuerde.
Moriré,
para que mis recuerdos lloren la vacuidad.

Conozco el arquetipo del sueño.
Conozco que el príncipe de los delirios
redime mi suave muerte.
Conozco el amor de la leyenda.
Y las capacidades donde acaba la moral.

Iluso espejo o espejismo,
Cairo,
Herido hermano de la nieve
de las almendras de nata,
te requiero.

Viví en el futuro
Luego en el pasado.
¿De qué oquedales nacer,
si en este mundo se puede morir mil veces?.


(Inédito, de “Guerrero del Arco iris”)



Armando Arteaga (Perú - Piura 1952). Realizó estudios de arquitectura en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI). Estudió en la Academia de Cine, bajo la dirección del cineasta Armando Robles Godoy, en el Club de Teatro con Reynaldo D’Amore, y en el TUNI con Atahualpa del Chioppo. Ha sido crítico de cine en el diario Expreso y editor de la página editorial del diario Gestión. Actualmente es director del Instituto de la Tecnología y la Cultura Andina (ITECA). Ha publicado: Callejón Sin Salida (poesía, 1986), Un Amor en que aún (poesía, 2000), Terra Ígnea (poesía, 2004), Cuentos de Cortometraje (narrativa, 2002).

15 ago 2012

Por Manuel de J. Jiménez 

La función política de la poesía o, por lo menos, los alcances que ésta tiene para intervenir en los asuntos públicos, se remonta hasta el “trauma filosófico” sobre la expulsión de los poetas en la República platónica. El primer motivo para marginalizarlos de los asuntos de la polis fue la obscuridad en el discurso: la retórica confusa, tergiversadora de la virtud, manipuladora de la verdad prístina. A partir de allí, durante todo el transcurso del medioevo y la modernidad, la acción poética ha tenido que colarse oblicuamente en la toma de decisiones fundamentales: la tarea de los poetas se circunscribe, para una mayoría letrada, al terreno de la estética y/o la ficción; no al de las políticas de Estado. Por supuesto que las excepciones a esta idea han prosperado, basta recordar las elegías y las reformas en la Atenas de Solón; la Constitución para el Estado Libre de Fiume, redactada en 1920 por Gabriele D´Annunzio; o el primer presidente de Senegal, el poeta Léopold Sédar Senghor, y su canto en favor de la negritud. Sin embargo, el poeta prefiere, casi en todos los casos, no ser una figura protagónica de las estructuras molares, sin renunciar al ejercicio de mecanismos políticos tales como la objeción de conciencia o la desobediencia civil. El poeta, por su genio y creatividad, traza su plan de subjetividad con base a sus propios aparatos de guerra e intensidades. 

A lo largo de la Historia, estos aparatos de guerra han variado considerablemente en tiempo/lugar, en tradición/ruptura, en estética/ética, etc. Los poetas genuinos, inclusive los que han guardado celosamente su ideario político en los sótanos de su escritura, desarrollan proyecciones críticas sobre la conciencia del lector: cuestionan convencionalismos, combaten agenciamientos. De este modo, la función política, que invariablemente ejecuta un escritor, es aquella en donde los discursos literarios y extraliterarios adquieren una valoración específica por parte del lector, incidiendo en su particular apreciación sobre los fenómenos sociales, mas no necesariamente en su praxis política. No hay que confundir la función política de un poema, que siempre existe, con la literatura comprometida. Esta última se encuentra ligada y, en el peor de los casos, subordinada a una ideología de Estado. La actividad poética, por ende, posee una dimensión micropolítica pues elude de forma singular agenciamientos económicos, arborescencias jerárquicas y subjetivaciones dominantes. Un poeta es siempre una línea en evasión que se desterritorializa y reterritorializa en su propio trabajo, por ese sólo desplazamiento micropolítico, es ya una imagen que ejerce poder en sí: un aparato de guerra literario que se opone al aparato de captura institucional. 

La poesía reciente en México esboza modalidades micropolíticas, enlazando estrategias de salvaguarda que son concordantes con la atmósfera actual del país, enrarecida por múltiples factores: desde la cosificación mercantil hasta la violencia, desde la psicología capitalista del deseo hasta el Estado de excepción de facto. Más allá de los reflectores mediáticos para la Caravana por la Paz que emprendió Javier Sicilia el año pasado o la querella que se sucintó entre poetas consagrados por las cifras mortuorias durante el sexenio calderonista, son los nuevos poetas quienes han puesto en práctica maniobras ex profeso para la realidad nacional, participando del uso de herramientas disímiles y, paradójicamente, concurrentes al medio poético. Hay revitalización, hibridación y radicalización no sólo en la expresión poética sino en los soportes donde esa poesía es depositada. Hondar en las acciones colectivas de los poetas ocasionaría la pérdida de ciertos rasgos individuales y robustece los juicios genéricos, por lo que basta con centrar la mirada en el trabajo de tres de ellos: Guillermo “Rojo” Cordova (D.F., 1986), Jhonnatan Curiel (Tijuana, 1986) y Yaxkin Melchy (D.F., 1985). Cada uno, representa modalidades poéticas que si bien conviven en una malla comunicante, se distinguen en la forma política-poética. 

Desde los mitotes y tianguis de la Ciudad de México, Guillermo “Rojo” Cordova (D.F., 1986) reactiva los aspectos orales en la poesía para dar paso a un material verbal más tangible, que intenta despegarse de los caracteres escritos y de los aparatos textuales, tales como el libro y el recital. De este modo, el poema retorna, como potestad soberana, a los dominios de la comunidad; en lo que casi es un sueño rousseauniano. No solamente se busca la vuelta a los albores de la poesía, donde el verbo “leer” gozaba de un amplio sentido: se leía cuando se escuchaba al juglar participando dentro de los embrollos a través de la combinación grata entre discurso e improvisación. Las variaciones fonéticas o semánticas redondeaban un poema más palpable para el oyente/lector, donde la verticalidad jugaba un aspecto ineludible. Sin embargo, de acuerdo con el propio “Rojo” Cordova, su expresión es la de un “juglar posmo, palabrero, eslamero, espoken wordero”, cuyo punto de definición es fortuito, mas no sus herramientas: las letras y sus posibilidades escénico-sonoras. La importancia del poema ya no pertenece a los confines de la página, donde la dimensión plana determina, por medio del espaciamiento textual y gráfico, los alcances de la composición. El “juglar posmo” sólo cuenta con su voz, es decir, el aparato fonador en sus múltiples modulaciones, tonos y volúmenes. La relación del trabajo poético de “Rojo” se verifica exclusivamente entre el público y él: bajo los lazos emotivos. 


El slam poetry tiene sus antecedentes en Chicago, a mediados de los años ochentas, con Marc Smith, conocido como papi slam, quien se inspira en la batalla pugilística y en la idea de un “torneo de voces” para crear esta categoría. Las reglas del Rojo eslam, que es una réplica del tradicional, son sencillas: cada participante cuenta con 3 minutos máximo para ejecutar un poema de creación propia ante una audiencia y un jurado elegido al azar entre la misma. El texto puede ser leído, dicho de memoria o improvisado por el participante, quien no puede hacer uso de instrumentos musicales, disfraces o cualquier objeto ajeno a su cuerpo. La voz y la interacción con el público son las únicas vías de satisfacción para el poeta, quien únicamente trasciende a través del veredicto del jurado popular. Cabe hacer hincapié, en el afán democratizador de esta estructura, donde la audiencia establece un voto de calidad bajo su modalidad de muchedumbre, que aunque tiene sus canales de representación (jurados), compromete de manera fáctica la continuidad de los participantes, decretando los atributos de ganadores versus perdedores. Si bien es cierto que el slam poetry desterritorializa las arborescencias de la poesía mainstream en muchos aspectos, también es cierto que reproduce en su interior dispositivos molares como la idea de jurado, ganador y competencia. 

Guillermo “Rojo” Cordova participa de esta dinámica y realiza un trabajo constante desde la expresión Slam. El objetivo es sacar los poemas de las bibliotecas, de los institutos de investigaciones estéticas, de las camarillas truculentas que sólo se leen entre sí. La poesía, en un afán garantista, es un bien público que pertenece a cualquier persona sin importar su condición cultural. En este punto habría que preguntarse sobre las consecuencias que exige democratizar el hecho poético y sobre el rumbo que tomará el slam poetry después de ganarse un público especializado, medios de legitimación, patrones de valoración y un nicho en el medio institucional. Empero, el trabajo de “Rojo” no solamente contiene prácticas micropolíticas con relación al reacomodo de la audiencia en la simbiosis artística, sino también existe un fuerte flujo de subjetivación en el contenido de sus poemas. Haciendo uso de neologismos, paronomasias, calambures, epítetos, “Rojo” forma una jerga poética que luce cabalmente con las interpretaciones que sólo él puede hacer de sus poemas, porque éstos pasan a ser un acto personalísimo del autor, al margen de cualquier lectura parcial hecha por un tercero. En el 2010, “Rojo” Córdova realiza el performance en Casa del Lago, durante el ciclo Poesía en Voz Alta, donde con el pretexto de encarnar a Jesús Malverde, ángel de los pobres, crea una atmósfera para el cruce de plegarias y leyendas en torno al santo patrono. La apología al narcotráfico no es incauta; se revierte debido a las voces de los desposeídos que buscan una forma auto-tutelar y personal de justicia. Porque, como dice en su poema DosMilMex: “la verdadera revolución en tiempos de guerra/ Es la revolución interna: /Sí, las acciones pequeñas /Pero bien concretas”: micropolíticas. 

Por su parte, Jhonnatan Curiel (Tijuana, 1986) entabla los trazos de una urbe violentada por ciclos coercibles. La poesía cumple, para él, una dinámica de resistencia ante los dominios fácticos que se dispersan en torno al sujeto, expuesto a varios mecanismos de agenciamiento, a medidas segmentadas, panópticas, biopolíticas. Curiel, encontrándose sumergido en estos códigos adversos, reelabora el discurso de la vieja poesía coloquialista a través de líneas de fuga que van desde el performance hasta la intervención de espacios públicos. No se trata solamente de usar la poesía como un arma contra los males sociales desde una trinchera, hay que desplegar su contenido para tocar el espacio del otro: el contagio en las mentalidades. Tijuana, en su carácter de metrópoli fronteriza, es un portal complexo donde los módulos de control se maximizan regulando a los ciudadanos que participan de las secuencias entrada/salida en un territorio, verificando además de las cuestiones jurisdiccionales, el embalaje que implica vivir en una línea limítrofe: identidad, cultura y subjetividad singularizada. Jhonnatan aprovecha esa condición para generar textos en perpetua disidencia poética y política. La acción se da fraternalmente y en bloque. Curiel pertenece al Colectivo Intransigente, que tiene como fin “intervenir la realidad y modificar la psique colectiva” a través de los andamiajes de la expresión poética. 


La poesía elaborada por Jhonnatan busca la multiplicación, el vitalismo. No en balde, la mayoría de las veces, sus poemas están acompañados de una acción adjunta. Aquí, como en el caso de “Rojo”, el poema no puede sobrevivir sólo con el texto impreso, ya que necesita conductos de escape para comprobar la recepción con el interlocutor. La función emotiva y, en mayor medida, la función metalingüística se ensancha con la multiplicidad de soportes. El fin del fenómeno poético es inquietar las mentalidades, ya no basándose en un plan programático como ocurriría con la poesía comprometida de corte ideológico, sino perturbando las zonas de confort del individuo; se busca la confrontación del sujeto consigo mismo y los aspectos que ha producido en su realidad. Por eso, en el poema que empieza con las palabras La cabeza es un epílogo…, ésta, ya cercenada, se transfigura en arenas para después ser semillas. En la última costa, ese grano libre del cuerpo sobrecodificado abre de nuevo los ojos: mira de revés las cosas. 

Jhonnatan Curiel, desde su libro Crónica de unos zapatos, retrata el desasosiego que produce la enajenación burocratizada, reglamentada por los intervalos de objeto-obligación. El personaje, invariablemente adscrito a la noción de deber, se extingue en el acontecer de un horario. Pasa de la casa a la oficina sin modificar su percepción del mundo. En Kayrós, la voz experimenta la revelación de encontrarse en “el momento justo”, el personaje discurre por las sensaciones, las intensidades y los devenires fisiológicos. El sujeto, superando la cosificación primaria, encuentra la epifanía; tiene que sustraerse de las coordenadas que lo situan bajo los territorios de persona, trabajador, hombre, ciudadano, etc. La voz lírica “deja venir” todos los elementos abigarrados que componen el universos de sensaciones. El libro es una exploración multidireccional de las catacumbas sensoriales, de las eventualidades cognitivas. En Flores cerebrales, la voz lírica afronta la situación crítica sin titubeos, asimilando una ética en torno a los acontecimientos de violencia extrema. Si en Crónicas de unos zapatos, el personaje es pasivo y permanece en el centro de la agresión, en este libro, alza la voz para tomar partido en los acontecimientos. No duda en ser inquisitivo respecto a los agenciamientos que desvirtúan su vida. En resumen, la piel de este sujeto es rizomática: “Cada poro se abrirá a la telúrica vibración de su orgasmo/ hasta desvanecerse en un instante/ y resurgir al siguiente”. 

La actividad performática, como ya se mencionó anteriormente, es una extensión vital en la poesía de Jhonnatan Curiel. En enero de 2012, realiza el performance “Guárdame una caricia”, donde el poeta aparece encapuchado como brujo o santero para realizar un rito de transición. Curiel, en este acto, acompañado de veladoras y al ritmo del “son de la sangre”, consagra lo sanguinolento bajo renovados signos. La misma deconstrucción aparece en “Tripas realidad y medios”, donde se arrastra una "cola de información" con periódicos, libros, imágenes pornográficas, etc. En la punta de este lazo mediático, el poeta amarra tripas. Al final, después de caminar por la calle, la serpiente informativa arde como basura. Otra línea de fuga en Curiel es el llamado “ojopoema”, que es un experimento poético que hace hablar a la ciudad a través de anuncios publicitarios, propaganda, letreros comerciales y grafiti, en palabras de Jhonnatan: es “una replica creativa a la saturación visual en nuestra época”. El poeta, en total devenir caminante, registra en automático toda la información que ve en una trayectoria previamente trazada dentro de un cuadrante de Google maps. El viaje se da exclusivamente en la virtualidad. 

Quien también reagrupa los elementos de la virtualidad a su favor es Yaxkin Melchy (D.F., 1985), realizando una poética que se nutre de los enlaces cibernéticos. En su último libro, Los planetas (Nuevo Mundo III), ante la pregunta ¿qué posibilidades ofrece el ciberespacio a la poesía?, él contesta que a futuro el ciberespacio será una parte fundamental de nuestros cerebros biológicos, un inexplorado territorio-satélite, que vislumbra en muchos aspectos el porvenir del horizonte poético. La tarea del hombre no se limita sólo a figurar en ese campo fértil, creándose una identidad virtual, sino a experimentar una vida distinta: fabricar otros lenguajes. Esto es posible con las directrices que ya comienzan a esbozar un modus vivendi en las redes sociales, los blogs, el skype, etc. Melchy opone el viejo código de la humanidad, el código de la acumulación, donde el deseo mercantilista lleva al hombre a la “guerra genocida y al suicidio cotidiano”, por un “lenguaje mágico del día a día”, que sea capaz de devolver los rostros perdidos por los reiterados agenciamientos. El poeta formula un ejercicio de rostricidad que sea singular e inalienable, una micropolítica de la intimidad: rasgos indelebles dentro de una multiplicidad de “facciones”, tanto en la cara como en la guerra. Quizás por esta estratagema poético-política fue él quien orquestó un flanco fraterno, editorial y beligerante en el portal de la Red de los Poetas Salvajes (2008-2010). 


Yaxkin, más allá de los contornos en su literatura, genera un universo que no sólo es paralelo al de la experiencia diaria, como puede ser el caso de las grandes poéticas del siglo XX, sino que hace competir abiertamente los beneficios de trasladarse de una realidad a otra. En un entrenamiento cosmológico, el individuo pasa de universo en universo sin trasgredir las claves de la Teoría de las Cuerdas. El acierto político está en construir espacios habitables, permeables y compatibles, para después escaparse en un perdurable nomadismo. Ante el temor de trazar una línea de subjetivación excesiva que lo lleve a la muerte o a la locura, el poeta despega en el momento crucial y no perece por sus deleites imaginarios. A diferencia de otros autores, hay un esfuerzo lingüístico para no señalar más los objetos de este mundo; representar especulaciones. Yaxkin Melchy trabaja la mayoría de las veces con símbolos, de allí la difícil determinación de referentes en su obra: el Rey Murciélago, la Computadora Central, Emilio, entre otros, en El Sol Verde (Nuevo Mundo II), son hologramas que, en el momento de ser interpretados, se desvanecen bajo cualquier personalidad literaria. Desde su primer libro El Nuevo Mundo, el poeta sepulta los cuerpos gangrenados del planeta Tierra a través de un maremoto que explota con letras. La renuncia se verifica con el yermo que ocasiona su inicial registro, que es igual a cero. A partir de allí, diseña la construcción de un Nuevo Mundo que no intenta sólo ser literatura, sino todo lo demás: ética, teoría o tratado. La poeticidad de los códigos binarios y la intertextualidad con la computadora son las primeras herramientas para lograr esa empresa que es una ciencia futura. 

La poesía novelada de Yaxkin Melchy, del mismo modo que los otros dos autores en cuestión, es imposible de contener bajo la extensión del libro tradicional; más aún si el proyecto es de suma revelación como el Nuevo Mundo, que se vale de registros metamórficos como el cósmico, mesiánico, robótico, alienígena, etc. Por esta razón, se abren los conductos poéticos en ambas direcciones. Hay un movimiento de carácter endotérmico, donde Melchy mantiene en temperatura acondicionada el texto en sus libros: el corazón de su escritura. Desde su aparición en la escena mexicana, no dudó en incorporar al Nuevo Mundo aparatos de otras materias y sus respectivos indicadores: tablas, circuitos, gráficas, fórmulas químicas, cuestionarios y planos. De este modo, la poesía escrita, que es sólo una parte de su trabajo, se desterritorializa para anclarse en los linderos de otras disciplinas sin perderse en un experimentalismo abyecto. Asimismo, está el movimiento exotérmico, que se da con su actividad escénica. Al contrario de “Rojo” Cordova, que utiliza el recurso de la prosodia, Yaxkin emplea la parafernalia para dar vida a la voz de sus personajes, haciendo uso de pinturas y pseudo-disfraces que sólo dejan entrever atributos de quien habla. En 2009, durante PVA de Casa del Lago, Yaxkin Melchy a partir de Emilio, la danza y la escritura, interviene con un código binario. El niño-robot desaparece los pixeles de la bandera mexicana, quedando el hueco a la vista del auditorio. El poeta disemina un virus contra las naciones. “Puentes comerciales, nuestras manos son más fuertes Nuestra letra M más alta, nuestra P un poder más allá de los Países y las Patrias”. 

Estas tres propuestas micropolíticas forman sólo una parte del espectro de expresiones poéticas, audaces y, en muchos casos, concatenadas, que se forjan dentro del ámbito nacional. La poesía, contrario a lo que muchos piensan, no se aleja paulatinamente de la política ni los poetas dejaron de asumir una acción frontal. Todo lo contrario: con cada día, con cada palabra, se actualizan las manivelas entre la realidad y la metáfora. 


En el ex país de México, 
mayo, 2012. 


Manuel de J. Jiménez. (D.F., 1986) Estudió Derecho y Letras Hispánicas en UNAM. Tiene publicados los libros Los autos perdidos (Red de los poetas salvajes, 2009) y Trámites del muerto y el ausente (Honda Nómada ediciones, 2011), que forman parte de Iuspoética. Fue director de la revista Trifulca. Actualmente trabaja en 2.0.1.2. y es parte del Consejo Editorial de la gaceta Literal. 

7 ago 2012




El pasado Viernes 3 de Agosto a las 19:00, en los exteriores de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, se llevó a cabo el evento: SLAM POETICO - NO BOMBARDEEN A GUAYAQUIL, organizado por los estudiantes de la carrera de Literatura para la cátedra de Animación Cultural 2012.

El evento, que reunió a varios poetas jóvenes de la localidad, tenía como fin enfrentarlos en un concurso de performance poético. Para el mismo, contó con un selecto jurado, así como con un numeroso público que alentó a los participantes. 

Doce fueron los poetas jóvenes, que uno a uno fueron demostrando su talento a lo largo de las dos horas que duró el evento, resultando como ganadora la poeta Gabriela Vargas Aguirre,  perteneciente al Taller de Creación y Vanguardias literarias, dirigido por Wladimir Zambrano.









Felicitamos a la ganadora, y a los mentalizadores de esta iniciativa, ya que este tipo de eventos colaboran a dinamizar la escena poética de la ciudad.

A continuación uno de los poemas leídos por Gabriela Vargas:

1

¿A dónde iré?
Guardando en caracolas el sonido de la ternura pasada
con la carretilla, esa que colectaba
finales de películas en las que ahogábamos cansancios
luego de cosernos la boca,
Traspaso los umbrales del radio
en donde el pasar del tiempo
rompe con la idea de eternidad.

Intentando salvar con un verso la noche
                                                           sigo buscando que tu cuerpo forme un humano.

Solo media risa basta para detonarte,
bomba parlante que escupe sobre mis heridas,
sintetizando en una nota,
los miles de naufragios de mis anhelos.

Generador obsesivo de aullidos:
                                              Intenté pegar tus vértebras y erguirte
                                              acariciando un mejor cauce
                                              hecho de llanto y barro.

A dónde irás
reventando las suelas
huyendo a la cloaca
por el paso zebra de neón que has formado en mi espalda.
Dónde,
al exceso del salvaje
al remate de lo que sobra del réquiem
al movimiento pendular
                                                            de una nuca dislocada por la derrota.



Quise renacer en tu cama
donde las sombras encontraron descanso,
esperar la lluvia
y sostenernos en el humo
sin mas sentido que el de deambular
sobre las heridas que cuajan con la podredumbre.



Gabriela Vargas Aguirre (Guayaquil, 1984) Tiene estudios formales en Diseño Gráfico y Comunicación Social. Textos suyos aparecen en Cerrado por reparaciones (antología del taller de creación DADAIF CARTONERA – Guayaquil 2012) y Desembarco Poético, Pleamar I (Rastro de la iguana ediciones 2012)