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28 sept 2009

ELOGIO DE MARCO POLO:Variaciones y preguntas sobre una cartografía imposible
Por: Wladimir Zambrano
 “Elusivo como un pez de tinieblas. ¿Cómo era cuando era antes de ser como es? Si perseguir sombras lejanas es siempre una agonía con engañosas intermitencias, ir tras él apartando nubes, echando a un lado horizontes, exprimiendo distancias para lograr una gota de apariencia de verdad, es agonía mayor. Elusivo como un pez de tinieblas…” Poesía novelada, biografía que se traza en lo poético de la historia, en los márgenes de lo posible donde aparecen los héroes. Fino desdoblamiento de la realidad donde se consumen los paralelismos, ese signo de distancia que emana las preguntas infinitas. Bitácora de viaje, tan asombroso como acertada, perdido entre los tomos de las hazañas medievales, renombrado por un libro indefinible en su género -caleidoscópico- pero siempre fiel a la memoria histórica, a los detalles técnicos y etnográficos de la aventura. Así es Elogio de Marco Polo (1974) de Félix Pita Rodríguez, libro casi obsesivo para su autor (lo admiraba desde niño y en la dedicatoria se declara su siervo), es algo más allá que la vida del primer occidental en llegar a extremo Oriente, diríase más bien: Anábasis mientras regresa el tiempo.
Tomando como base el diario que Marco Polo dictó a Rusticello de Piza durante su presidió en Génova, se traza un cuestionamiento sobre los planos de la realidad, una comparación de materia prima en torno a la compleja arquitectura de naipes de lo normal. Es decir: mirar el revés de las formas del nacimiento en que crecemos.

La alternativa “magicus, mirabilis, milacorun: del verdadero reino de lo medieval en occidente” decía Jacques Le Goff, pensando siempre en la neblina de ese tiempo que rodeaba a Marco. Mundo de supersticiones e irreparables fugas de miedo (líneas de aire donde se endurece la frente del sueño), hayan comentario sobre personajes de mitos europeos, nuevamente descubiertos al otro lado del muro, con otro origen y otro sueño, pero siempre el mismo nombre en la memoria de los pueblos.

Muchas son las historias en que Oriente y Occidente se cruzan (Jesús, Noé, lo tres reyes magos, héroes y bestias del periodo helénico) formas de una tradición que por distancia son desconocidas. Y es en estos cruces donde pone énfasis Pita Rodríguez, pues al mencionar variaciones de personajes canónicos, disloca la cosmogonía de los que ven en “lo habitual”: lo definitivo, lo inamovible y perenne de la cultura dominante (tanto en su estructura material como ideológica).

Por un lado tenemos el primer testimonio sobre las minas de carbón, el amianto, el papel, los pozos de petróleo que alimentaban candiles, la brújula y los carruajes públicos, el papel moneda remplazando al oro: innovaciones, que eran consideradas como una locura entre sus contemporáneos. Por otro el análisis de la tradición católica, que a su vez se niega a los cruces con Oriente, y en donde paradójicamente ocurrieron la mayoría de hechos que ésta sacraliza. Un extraño ejemplo de estas anomalías es la insinuación de un nexo con el zoroastrismo, aparentemente posible dado el planteamiento geográfico y las nociones de su liturgia “…y es en la ciudad de java, de donde partieron los tres reyes magos cuando vinieron a adorar a Jesucristo…, donde están tres grandes magníficos sepulcros que guardan sus cuerpos…Un poco mas lejos y a tres días de viaje se halla un alcázar llamado Cala Atapareistan. Las gentes de ese castillo cuentan que en la antigüedad los tres reyes de esa región fueron a adorar un profeta que acababa de nacer, y le llevaron tres regalos para que escoja entre ellos: Si cogía el oro era un rey terrenal, si cogía el incienso un dios, si cogía la mirra un medico. El niño cogió las tres cosas y, en cambio, les entrego un cofrecillo cerrado. Cuando hubieron cabalgado algunas jornadas decidieron mirar el obsequio y al ver que era una piedra la lanzaron a un pozo ignorando su significado, y cuando la piedra cayo al pozo, un fuego ardiente bajo del cielo y penetro en él, viéndola encenderse de esa forma supieron que era un talismán. Cogieron el fuego con antorchas y las llevaron a ese magnifico y rico templo. Y desde entonces esta ardiendo y le adoran como un dios…Y son numerosos los que le adoran...”

Llegado a este punto en La Ruta de la seda, la posterior visión del arca de Noé sobre el monte Ararat, solo aumenta la incredulidad del lector ¿Mentía Marco al decirnos todo esto? ¿Fabuló en algunas partes y omitió en otras? ¿Son ciertas las aproximaciones relativas al verdadero unicornio, a la mandrágora y a los escitas, que tienen ojos verdes y ven mejor por la noche que durante el día? Pero si mintió en esas partes ¿Porque acertó en las otras narraciones igual de fabulosas? ¿Acaso la piedra negra, que calienta mejor que la madera y se mantiene hasta el amanecer, no resultó fantástica a sus contemporáneos? ¿Acaso las razas y las especies que vio, no se encontraban a merced de la extinción? ¿Acaso las ciudades y los templos de nuestra antigüedad no son polvo en su mayoría? Tales cuestiones encuentran respuesta en el propio Marco, en el hombre de carne y hueso, diletante en mil oficios (comerciante, embajador, traductor, consejero real, administrador de minas y explorador) suma de alguien imposible a nuestros ojos. Ya que ninguna hazaña humana se compara con el viaje de este veneciano, que expuesto a los infortunios del clima, las barreras del lenguaje, los asaltantes, las diferencias y el azar: viajo día y noche, durante tres años y medio, para llegar hasta la corte de Kubilai Khan, el gran señor de los tártaros. Alpha y omega de una expedición que duraría veinte años en el extremo Oriente.


Constantinopla, Ormuz, Pekín, Cambaluc, Bactra, Cachemira y la mítica ciudad de Saba: lugares que desaparecieron o fueron trasmutados por el movimiento bélico del mundo, son objeto de una fascinación minuciosa, voraz y desbordante. Desde el primer capitulo del libro (Marco tiene 15 años) se percibe una sed de conocimiento en relación a la ignota terrae, espacio que utilizará el autor cubano para hurgar en las falacias del presente. Observaciones políticas, administrativas, arquitectónicas, culturales, biológicas, botánicas, metafísicas y poéticas se funden en un texto que entretiene y cautiva.
Llevándonos a veces sobre un lomo de elefante - a través del desierto que pertenece al Khan- o descalzos, hambrientos y esposados por los temibles caraunas (negros hechiceros cuyo método de asalto a las caravanas consiste en ocultar el sol con una nube de polvo). Pero quizás de todos estos pasajes el más memorable sea el de su viaje al Tíbet, donde al saber la historia del príncipe Buda, que huye del palacio de su padre para vivir en la virtud y la abstinencia, lo compara con el Cristo y los más altos profetas de la Biblia. He aquí un asunto medular del libro: Marco Polo, sin saberlo, se convertirá en uno de los primeros en cuestionar la univocidad de la cultura, la eliminación social que Occidente venía preconizando desde las cruzadas, la xenofobia y el fanatismo, la costumbre de denominar salvaje al que está fuera del círculo…
Sin embargo no termina la aventura, se revisa el mapa y solo se ha develado una parte del tesoro, una ínfima joya que el que escribe transformó en hilo, para llevarnos de punto a punto en la vida del viajero, que regresara a Venecia con una historia alucinante.
Siglos después del viaje fantástico, cuando se compara lo dicho con lo que es y lo que era, se sabe que todas la exploraciones posteriores tomaron en cuenta las referencias geográficas de Marco, y que Cristóbal Colón, llevó un ejemplar para guiarse a su llegada a las Indias.

Cuando Eliseo Diego presentó este libro por primera vez, comentó que se trataba de “una biografía que, metiendo la mano por un resquicio del tiempo, dice que la poesía sirve ara vivir, nada menos” y esto es cierto ya que nuestro autor, de toda su rica y variada bibliografía -Premio nacional de literatura (1985), Premio de la critica (1986)- mantenía una poética de vida con este personaje, trabajando también un justo homenaje, que no fuera sombra o repetición del diario, sino un arma en la memoria contra el dogmatismo del presente.
Al celebrarse el primer centenario del maestro Félix Pita Rodríguez, en Cuba se realizan conversatorios, lecturas y reediciones del autor con el fin de sacar a la luz su obra maestra. Crítica atemporal de la intolerancia humana, ese animal de temores que se alimenta en la otredad, el viaje nos espera como una necesidad de acercamiento, de vínculo, de puente hacia una visión etnográfica multidimensional del sueño. En otras palabras: declararse habitante del mundo mientras se borra el rostro. No en vano nos recuerda: “Marco sabia contar porque era capaz de ver. Pasaba mirando, como todos, pero su mirada era una red inmensa. Su pupila de zahorí no necesitaba de la fabulación, porque estaba en él la condición prima del poeta: miraba traspasando la epidermis del mundo, veía el fondo invisible sobre el que reposa lo visible”.