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7 feb 2008

LA OSCURIDAD NO MIENTE
*(El paraíso incombustible de Tsjêbbe Hettinga)

Por Ernesto Carrión

Solamente desde la intensa oscuridad o desde esa siesta que es tener un pañuelo amarrado sobre los ojos (y que hace de nosotros una rata a la que han echado agua hirviendo dentro de una jaula)*, puede el poeta construir mundos complejos y extensos: mundos otros; llenos de luz personal, auténtica música e imágenes inusitadas propias de quien se ha puesto a escarbar en la nada absoluta. De quien despelleja el mundo para hallar lo auténtico.Bien decía decía Georges Bataille: la oscuridad no miente. Pensemos entonces, por un momento, en la oscuridad; pero no en la oscuridad como esa ceguera en la que se encontró forzado a vivir Borges, Homero, Milton, Joyce, Groussac, y el mismo Hettinga. Pensemos en la oscuridad de aquel poeta que no puede sondear luz dentro del mundo en el que está obligado a moverse. Pensemos en la oscuridad como un estado de combustión siempre a punto; como un revés negativo del ser susceptible a la creación más pura (por no hallarse intoxicado de aquello a lo que el resto se encuentra encadenado: la luz y sus verdades). Pensemos entonces, ahora, en la luz que vamos perdiendo como nube perceptora de lo que son los otros -día tras día-. Pensemos en la luz que una mañana cualquiera dejó de brillar sobre nuestras cabezas y espíritus (de la forma más cotidiana y penosa) hundiéndonos en la noche horrenda con nuestra condición humana sobre los hombros, obligándonos a ensamblar con palabras un nuevo camino a casa. Obligándonos a replantearnos el mundo desde la oscuridad.

Hettinga es un poeta ciego que no debería asombrarnos por sus poemas llenos de luz. Hettinga es un poeta lleno de luz que debería asombrarnos por lo que hace con el lenguaje en una época en que la simplicidad y las concesiones al lector han vencido o seducido hasta a los más jóvenes lectores. Quizás la única atribución que puedo darle a su ceguera es el hecho de que el poeta haya preferido narrar historias largas a cortas, por el asunto de la memoria a plazo; pero esto más bien no sería un desplome en su intención poética, sino un esfuerzo extraordinario puesto en práctica, ya que debemos añadir el hecho de que Hettinga escribe y reza sus textos de memoria.
Pensar cómo escribe poemas llenos de luz (entiéndase por luz un trapecio de imágenes, una cadena oxidada y giratoria que no para casi nunca) con una discapacidad visual como la suya, sería minimizar su trabajo, cosa que el mismo poeta intuye bien; sería restarle la verdadera importancia a una literatura que posee una carga y peso impresionantes por la habilidad y magia del autor. Todos recuerdan a Homero, Joyce y Borges no por sus cegueras sino por la fortaleza de sus obras.

Hettinga recrea historias completas en muchos de sus poemas (hablo exclusivamente del libro La luz del mar, que acompaña este documental, y que es lo poco hasta ahora traducido a nuestra lengua) a manera de leyendas que se tornan épicas ante los ojos del lector, legadas de un misticismo extraño, y enrolladas en un lenguaje no menos singular, por el consumo de la frase hasta su última consecuencia.
Si bien, en su poesía está el paisaje de Frisia, también están el de Gales y Grecia, llenos de personajes que en su mayoría son pescadores o pastores de lo más comunes. El mar, obviamente, como ese rugido al que Hettinga llena de formas y colores dependiendo del sitio y la hora donde lo escuche. Entonces se preguntarán: ¿Qué tiene de extraordinario o de auténtico un poeta que narra largas historias sobre pescadores y pastores, bajo el heladísimo viento de sus islas solares, en esta época? Y respondo: Todo. Pues en Hettinga la historia se convierte en un soporte técnico, en un tablado espiral por el que gira, a manera de racimos de luz, el lenguaje mismo. Cito:
¨noches que con dedos prestos deshacen la larga trenza de la luz trigueña que descansa en los hombros a la altura de las blancas lunas llenas de las axilas-y como hilaza cae el cabello pudoroso sobre los pechos que, convertidos en melosa seducción, mendigan la amarga leche de un hombre cuya embarcación y mástil se mecen en bosques murmurantes esperando el hacha cruel, una rada espumosa y el regreso a casa.¨

Entonces estamos ante lo que llamó Perlongher lepra creadora; estamos, por momentos, ante una enumeración barroca donde se martiriza la soledad, la belleza, la vida, el dolor, la guerra y la muerte. Los poemas de Hettinga se estiran constantemente en quiebres singulares, muchas veces intercalados a doble voz, con una parte en cursiva donde se empuja al poema hacia una nueva consecuencia. Versos que pasan de la lisura al relieve y vuelven. Cito:

¨Al caer la tarde, cuando la oscuridad arrea como hace un momento las ovejas y al pastor por los antiquísimos olivares del recogimiento; la cabaña de chapas se calienta más que el pozo de piedra junto a las sillas mudas y los bandidos de la libido reflexionan ya sobre la cárcel de la noche, tú, desnuda hasta la vergüenza, atrapas una culebra negra y te ves envuelta en una lucha con el agua (vidrio negro aún más negro que tu negro cuerpo) y con nosotros, mientras a nosotros, fríamente, la sal marina se nos enjuaga de la piel asustada y el gozo en chorros hace que gritemos y nos llueva.¨

Sin embargo cuando no habla Hettinga, cuando no está ubicando el lenguaje en el infinito, hablan sus personajes; y éstos lo hacen de una manera simple pero agudamente estratégica. Hettinga hace de sus pescadores y pastores filósofos naturales, parecidos a esos personajes que atraviesan el Omeros de Derek Walcott contándonos situaciones que se vuelven tablas fáciles de leer. Cito:

¨un poco de humo no le viene mal a una noche así, que resulta casi demasiada clara, el aire límpido como el azúcar y las estrellas recortadas como el cristal, aunque luego le dé a uno una tortícolis. Mira aquella serpenteante imagen reflejada del mástil saliendo de la negra reflexión oscilante del casco, parece un pulpo… Perdón por haberme quedado sin decir nada tanto tiempo. Cuando dijiste: ¨cuyo cuchillo corta anillos de la luna,¨ se me fue el santo al cielo por la palabra anillos. Se me sigue haciendo un nudo en la garganta desde que perdí a mi primera mujer. Sí, me refiero a aquel pulpo. Lo sabe todo el mundo…¨

Es más, el poeta pone en boca de uno de estos pescadores Petros, lo que para mí representa su propia poética, su razón de escribir. Cito:

¨Los pescados que llevo en mi bolsa tienen las mismas ganas de llegar a casa que yo, sí, ríete, pero somos nosotros los que tardamos y no los pescados, que conocen un solo horario: tarde… así pues toda una vida el hombre llega tarde para sí mismo, aunque esa fracción de segundo piense que puede adelantarse a sí mismo y sobre todo a los demás; Sí señor, ahí está el chiste: pescar incluso la incomprensión dentro de uno mismo, no hay pescado sin espinas, vuelvo a casa cada vez con menos de lo que me había propuesto al zarpar, seguro de que todo se debe al misterio de la pesca prodigiosa…¨

Pero regresa el poeta de pronto como un demente o como un dios dueño absoluto de su palabra a mostrarnos ese mundo suyo, exacto para él en su sonido e imágenes; ese barroco, ese desenraizamiento de su lenguaje poético, que se pone a girar en torno de sí mismo como un planeta que se desprende de su órbita*. Cito:

¨Y en el murmullo de las rompientes de ambas islas (¿mantendrá el corcho al espíritu dentro de la botella?) mi sangre, que arrebataba mis pensamientos sin darme cuenta, me conduce al mar, pero ya no sabe quien produce tanto escándalo (si los niños en la playa, las gaviotas disputándose un pescado o los delfines en la bahía) –hasta que de pronto, meciéndose en la arena de mis sueños, mis once bandidos cantan: ¨Quen, quen, nos que tuma que tuma que tuma, quen, quen¨ formando un círculo en la penumbra bajo un árbol junto a un pozo en una nube sobre un barco en una botella¨

Lo prodigiosamente extraño, a mí parecer, del trabajo de este poeta frisio, es cómo el poema, ya decorado con el habla de sus personajes, más la belleza enorme y abigarrada de Frisia, Gales y Grecia (zurcidas constantemente al texto con colores singulares) relatan una historia total y trágica que dejan en el lector un zumbido de nostalgia y eternidad. Sucede en poemas como La roca donde su personaje Petros (el pescador) se sienta a narrarle su vida a un extraño que por espacios lo interrumpe para decirle: ¨me agrada ver cómo sabes callar en momentos en que otros luchan consigo mismos y ya no consiguen dominarse¨ o ¨ponerse como un solo hombre en la piel del forastero que somos¨. Al final de este poema en particular, el lector descubre que lo único que ha hecho Petros, en el proceso de todo el texto, es hablar consigo mismo. Tratar de narrarse a sí mismo su miseria para gritar finalmente ante su casa vacía (por la familia perdida): adiós a todo esto.

Entonces, como mencione anteriormente, en Hettinga la historia se convierte en un soporte técnico, en un tablado espiral por el que gira, a manera de racimos de luz, el lenguaje mismo. Sin dejar la historia narrada de ser importante, bordeando la leyenda. Estamos hablando de la poesía alzada sobre sí misma para devolverle a la poesía su esencia de misterio engendrada en su materia que son las palabras. Poesía que ha perdido el miedo a ser lo que es: esencia de la nada parecida al hombre. Poesía que puede entenderse sin ser terminada, como decía Eliot. Poesía convertida ya en un paraíso incombustible como los paraísos de Lezama Lima. Llena de vigorosa luz y que, como en el caso de Hettinga, viene construida enteramente desde la oscuridad personal que no puede mentir; y de la mano de una de las más encantadoras demostraciones de amor de lo que puede hacerse con el lenguaje cuando se quiere.

Santiago de Guayaquil, 16 de enero de 2008.


*Texto leído el 16 de enero de 2008, durante la actividad cultural denominada ¨Búsqueda sin hallazgos: retrato documental de un poeta ciego¨, en la Alianza Francesa de Guayaquil.
*Verso del poeta Hettinga.
*Tomado del libro Prosas Plebeyas de Néstor Perlonguer.

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