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6 abr 2007




DAVID LEDESMA VÁZQUEZ: EL CANTOR DE SU PROPIA TRAGEDIA*


por Ángel Emilio Hidalgo

¿Qué hace que un autor de hace 50 años permanezca aún en la memoria de los lectores más cercanos, a pesar de su elusiva presencia en antologías, ensayos y artículos sobre poesía, durante las tres últimas décadas? ¿Por qué alguien que jamás recibió el titulo de "poeta oficial", ni la posición de "escritor canónico", aparece como uno de los referentes de la última generación de escritores ecuatorianos? ¿Qué sentido de búsqueda, identidad o reencuentro "se actualiza" en la desgarrada poesía de David Ledesma Vázquez (1934-1961)?
Cuando volvemos a las escasas páginas que nos legó David (se suicidó a los 26 años), podemos ensayar algunas respuestas a estas y otras preguntas. Pero nunca dejarán de ser aproximaciones y tentativas, insuficientes para comprender los avatares de una obra como la suya, especialmente intensa y cargada de hondas referencias personales.

La poesía de David Ledesma Vázquez traduce, en primer lugar, la experiencia estética y vital del sujeto urbano. En los años 50s., Guayaquil vivía profundos cambios en su configuración socio espacial: la modernización económica motivó un acelerado proceso de movilidad laboral, hacia Guayaquil y su área de influencia. Esto ocasionó el crecimiento de los polos de marginalidad -el suburbio guayaquileño, durante esta época, creció sustantivamente- y se hicieron más visibles las diferencias económicas entre los diferentes grupos sociales.

En este contexto, los artistas e intelectuales guayaquileños se agruparon en tomo a la idea de que el arte debía servir a las causas más justas de la humanidad, preparando a su manera, desde el verbo encendido, las condiciones para el cambio social.

Cuando la generación literaria del 50 surgía en las revistas y periódicos de Guayaquil, el debate ideológico y cultural giraba en torno a la función social del artista y los medios para neutralizar el proceso de "deshumanización del arte", por influjo de las últimas corrientes vanguardistas del siglo: el surrealismo y la abstracción. Desde la visión de estos intelectuales marxistas, el imperativo ético de los artistas consistía en tener conciencia social y denunciar las injusticias, en procura de un mundo más "humanizado" y libre de desigualdades.


La «poesía pura" o aquella de talante romántico o surrealista, fácilmente era tachada de «evasionista". Se promovía, en cambio, una poesía «objetiva", concreta y abierta a las preocupaciones sociales del mundo. Un artículo del poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, publicado en 1953, en Cuadernos del Guayas, nos demuestra vívidamente esta posición: «No sé de un solo gran hombre en el arte que esté fuera de su tiempo. Los evasivos, los escépticos, los decepcionados, los puristas, los románticos recitadores a la hora de los tamales en las fiestas domésticas, están vergonzosa, tonta o anacrónicamente, o todo a la vez, en oposición a su tiempo: están con el pasado, con las fuerzas retardatarias. En ellos, más que inspiración, que emoción o pensamiento, encontraremos siempre ineptitud y oportunismo (...) Los problemitas personales, sin trascendencia y profundidad verdaderas, nos parecen insoportables hasta en las canciones de Agustín Lara. La poesía nada, absolutamente nada, tiene que ver con toda esa cursilería. La poesía es una espada flamígera para cantar y defender con pasión el amor y la libertad. Para cantar y luchar".[1]

En un medio cultural atravesado por la lucha ideológica y política, David Ledesma Vázquez .publica en 1953, Cristal, su primer libro de poemas. Este cuadernillo de 12 textos publicado en Quito, es el testimonio de un adolescente que se libera de la tutela paterna y sale a buscar su propio mundo. Pero Cristal es un libro demasiado débil. Todavía el iniciado es casi un émulo de Porfirio Barba Jacob: algunos títulos y contenidos de sus poemas son casi idénticos a los del colombiano (véase por ejemplo, “Acuarimantima” y “Parábola del retorno” de Barba Jacob, y “Aguamarina” y “Retorno a la infancia” de Ledesma).

Cristal contiene aunque de manera embrionaria, algunos de los derroteros claves de la poética ledesmiana: el tópico de la infancia como Arcadia perdida, la emergencia del sujeto homoerótico y el sentido del viaje.

En el primer caso, la evocación de los días infantiles va a ser melancólica, acompañada por un fuerte sentimiento de pérdida:

Yo tenía una noche.
una noche blanca y cristalina,
una noche que era un sueño siempre alegre,
sin imágenes ni ritos de la carne...
una noche somnolienta y apacible.
¡una noche que se fue sin retornar!...

Cristal, "Yo tenía una noche"


Allí mora la luz
que ya no miro,
y la perdida lámpara
del sueño.

Cristal, "Isla de infancia"

La voz del sujeto homoerótico también se sentirá desde los primeros poemas, aunque leve y delicadamente:

El mar borracho con su barba verde,
tocando sus panderos encantados.

Y un marinero hermoso de coral y de bronce
pastoreando las olas con sus manos.

Cristal, "Aquamarina"

Así mismo, el poeta será el caminante atribulado y solitario que emprendió un viaje sin retorno, desde su huida del solar paterno:

Yo nací con el símbolo errante de todas las gaviotas.
Con los pies andariegos y sueltos;
con la sed de la miel del camino,
con las manos queriendo ser alas
y los ojos buscando horizontes...

Yo no tengo destino;
¡Voy...donde la vida me lleve!

Cristal, "Autobiografía del viajero"

Las tribulaciones de la voz lírica tienen, no obstante, una razón primigenia; un punto inicial que nos remite a la pérdida de "algo" que será lo que el poeta buscará con angustia hasta el final:

Por los anchos caminos del Mundo,
Yo perdí una canción;
Una nota profunda y hermosa.
Una sangre hecha voz...

(...)

Oh, mi voz angustiada,
y este anhelo constante
¡De buscar…y buscar!


¿Y en la Muerte tendré mi canción
en mis ásperos labios de piedra?
¡Más allá del silencio final!...
¡Más allá!...

Cristal, "La eterna canción"



Yo tenía una noche.
Una noche toda blanca y cristalina,
una noche que era un sueño siempre alegre,
sin imágenes ni ritos de la carne...
Una noche somnolienta y apacible.
¡Una noche que se fue sin retornar!...

Cristal, "Yo tenía una noche"

La “pérdida inicial” de la voz lírica no solo tiene que ver con la inocencia perdida. En “Yo tenía una noche”, el poeta también registra la ausencia de la tranquilidad y la paz interior, debido a la perturbación de las “imágenes y ritos de la carne”. Ese elemento inquietante movilizará el engranaje ledesmiano, porque facilitará la construcción del sujeto homoerótico e identificará la huida, como el motivo principal del viaje.

¿Huida de sí mismo, huida de los otros, huida del mundo? ¿Es David Ledesma un poeta evasivo? No, ciertamente. Más bien es un bardo de intenso lirismo. Así lo percibieron sus contemporáneos, que acogieron entusiastas sus producciones literarias.
















David Ledesma perteneció a una generación que reaccionó frente a la “poesía social” que predominaba en los años cincuenta. Independientemente de la filiación política de sus integrantes, el mérito del Club 7 guayaquileño como grupo generacional (David Ledesma Vázquez, Ileana Espinel Cedeño, Gastón Hidalgo Ortega, Sergio Román Armendáriz y Carlos Benavides Vega), consistió en haber retomado la tradición de la poesía urbana que inauguraron a inicios del siglo XX, el último Medardo Ángel Silva y los casi olvidados vanguardistas (Mayo, Estrada, Falconí Villagómez).

Gastón Hidalgo Ortega, en un breve artículo sobre Hugo Mayo, reconocía a éste y a Aurora Estrada como los maestros de los miembros del Club 7: "constituyen el binomio de mayor envergadura dentro de la lírica contemporánea, en nuestro litoral".[2] De hecho, serían precisamente Hugo Mayo y Aurora Estrada los encargados de presentar a Hidalgo Ortega y Espinel Cedeño en el libro colectivo.

El marcado intimismo urbano que atraviesa los textos de los cinco poetas, le llevaría al novelista Humberto Salvador, presentador de Román Armendáriz, a hablar de “una ruta nueva en la novísima lírica nacional”. Zaida Letty Castillo, por su parte, dijo que Ledesma Vázquez representaba la “raíz de un canto nuevo” y Hugo Mayo se refirió a Hidalgo Ortega como un poeta “nuevo en la forma y nuevo en la imagen”.

Esa “nueva sensibilidad” se evidenciaba en versos donde emergía la subjetividad, a contrapelo del tipo de poesía que imperaba en ese momento -incluso en jóvenes como Alejandro Velasco Mejia, Jorge Torres Castillo y el primer Hugo Salazar Tamariz-, donde el centro de las preocupaciones era el hombre que debía ser liberado de las injusticias sociales.

Los ocho poemas que componen la muestra de David Ledesma Vázquez en Club 7, demuestran una superación a nivel de calidad, respecto al primer libro. En nuestra opinión, “Arte poética” -el texto que abre el telón- ­es el primer "gran poema" publicado de David Ledesma. En él, se concentra el hálito existencialista que anima su poesía:

Soy un grito, no más....
Y bien pudiera
ser el grito común
de cualquier hombre.

Porque en la inmensa soledad del Mundo;
(en este mar sin límites ni rumbos)
¡soy una gota más que se deslíe!

Club 7, "Arte poética"

El uso del lenguaje coloquial es para Ledesma, un recurso dirigido a referir acontecimientos de la realidad exterior que mantienen estrecha relación de correspondencia con las vivencias del hablante lírico:

Hablo de los antiguos barrios. De las casas
donde viví hace tiempo. De las tablas
del piso que crujían con un dolor de viejas solitarias.
Hablo de los hoteles. De las calles
donde gastamos suelas y semanas.
Hablo de Lily con saliva amarga
y mi lengua la toca al pronunciada.
Son las 4 a.m. de un día largo y plomo.
y llueve en la ventana. Y en los ojos.

Club 7, "Melancholy rhapsody"

Pero el dramatismo lírico es uno de los rasgos determinantes de su poesía. “El espejo” es el poema más ambiguo y dramático de Club 7, por la tensión que se crea entre el hombre que se mira en el espejo y su propio reflejo que parece contestarle:

Estuve aquí.
Me ahogaron contra el muro.
Alguien dijo mi nombre en esa puerta
agitando un pañuelo sin color.
Y yo que estaba ciego me tragué
el grito a chorros verdes de silencio.

Conozco ya tu voz.
Yo estuve aquí.
Desde hace años muero y resucito.

Club 7, "El espejo"

Y la confesión de la experiencia homoerótica es un grito desgarrador que retumba en la escena y al interior del ser que la pronuncia:

Ceñido al sexo,
a su materia oscura.
Comprando la cadera atormentada.
El labio. El alarido. Y el mordisco.
Gimiendo por la sal de la entrepierna.
Yo estoy allí.
Yo soy David. Estoy gritando.

Club 7, "El espejo"

En Gris (1958), David Ledesma publicó algunos poemas que originalmente aparecieron en Club 7 y otros que completaron este libro, que mereció la II Mención en el Concurso de Poesía de la revista Lírica Hispana de Venezuela. La reacción de la crítica nacional y extranjera fue entusiasta: la poetisa Jean Aristiguieta señaló que en Gris, Ledesma se asentó como un poeta de categoría, y el crítico Bernardo Morales Garcés habló de la “poesía de la angustia” que recorre el volumen, como eco del entorno social de ese momento.[3]

En Gris, las obsesiones de la voz lirica se intensifican cuando esta indaga sobre el origen de su “pérdida inicial”. En el poema “Habitación con un espejo”, Ledesma sitúa los objetos-símbolos de un caótico puzzle que espera ser armado: la escalera, la mano, la puerta, los pasos y el espejo:


Habitación con un espejo

La escalera retuerce, aburrida,
su interminable cuerpo de madera.

Una mano se mete en mi bolsillo
y rebusca una llave que no tengo.

La puerta se abre con la intimidad
de una persona a quien se trata mucho.
Y unos pasos caminan por mi cuarto. . .

Desde el espejo del ropero atisba
un fulano que se parece a todos
y otro poco a mi padre y a mi madre.

(Gris)

El espejo no es únicamente un símbolo; “actúa” al interior del relato y posibilita la existencia de un nivel de realidad que trasciende el desdoblamiento del ser: La voz lírica es consciente de que una “fuerza extraña” le lleva a su cuarto. Cuando la puerta se abre misteriosamente, se observa la presencia de “un fulano”. ¿Pero quién atisba a ese “fulano”, él o el espejo? Repárese en que dice “desde el espejo” y no “en el espejo”. ¿Significa acaso, que el hablante lírico está dentro del espejo?

Lo interesante es que al final de la historia se constata que ese “fulano” es el propio sujeto lírico: “... se parece a todos / y otro poco a mi padre y a mi madre”. Dentro de la ambigüedad del poema, el lector reconoce en el “fulano” al sujeto, pero transformado, una vez que sale del espejo y “vuelve” al mundo real.

A pesar de tratarse de la misma persona, ese “fulano” es diferente. Quien regresó del espejo ha vuelto cambiado. El viaje implicó una regresión: fue al pasado y volvió desemejante, al presente.

En el poema “Extraño”, se describe una situación muy parecida:

Un hombre a quien jamás he conocido
visita una ciudad que ya no existe;
-largo sabor de muerte le atraviesa
de parte a parte la sonrisa amarga-,
entra a una casa donde nunca ha estado
y se alienta a esperar que nadie llegue.

Sobre mi corazón suenan sus pasos.

Gris, "Extraño"

Nuevamente, hay un desencuentro interior entre el ser y su sombra. El hombre desconocido es posiblemente el "fulano" del poema anterior que regresa a su infancia (“visita una ciudad que ya no existe”) a saldar viejas cuentas. El “yo lírico” sabe que, finalmente, se trata de una visión o un sueño. No obstante, le inquieta la posibilidad de quebrantar su voluntad (“sobre mi corazón suenan sus pasos”) y transformarse en lo que también siente que es.

En otros textos de Gris, el poeta invoca a la paz y pide tranquilidad para su espíritu atormentado:

Este pobre David que nada pide
sino un poco de paz para vivir...

Gris, "Autorretrato con una pena"

No solo el espíritu está cansado, también el cuerpo. El camino simboliza el sendero espinoso, la vida atribulada y el destino incierto. Por eso, el sujeto manifiesta una persistente sensación de abandono y soledad:

La soledad
hojea los libros.
enciende
la ventana,
para entrever
la obscura
calle interminable.

Gris, "La soledad"

Los días sucios (1960) se lee como la continuación de Gris. En este conjunto de 11 poemas que aparece incluido en Triángulo -compartiendo el volumen junto a Ileana Espinel (Diríase que canto) y Sergio Román (Arte de amar)-, Ledesma se reconcentra en sus obsesiones/símbolos: la cabeza, la ventana, la escalera, el espejo, los zapatos. Manejando una especie de poesía íntima objetual, los elementos trasponen el harnero de la subjetividad:

El aire está repleto de preguntas.
Está lleno de humo.
De sollozos.
De toses.
Y de náuseas.

Pesa el aire.

Los días sucios, "El aire"

Dos de los poemas más elocuentes que permiten entender la manifestación del sujeto son "La escalera" y "Los zapatos". En ellos, se multiplican las pistas que explican la angustia existencial del hablante lírico, la perenne huida de sí y el abandono:

Si los zapatos pueden recordar.
Yo no recuerdo.
Sufro el pasado.
Hay días en que muero
crucificado a los recuerdos.
Quedan
pedazos de las gentes.
Del saludo.
Del viaje.
Del adiós.
Pedazos.
Trozos.
(…)

Si los zapatos guardan...
Yo no guardo.
La vida es caminar sin detenerse.

Los días sucios, "Los zapatos"

El sujeto prefiere seguir el viaje, al tiempo que manifiesta su inseguridad par, "regresar" y resolver lo aplazado:

Ya no puedo volver.
No vale el sueño.
Porque si hubiera llanto.
Sed.
O grito.
Me pusiera a gritar toda la noche.

No subiré.
Porque el caer me es dulce.

Los días sucios, "La escalera"

Hay un morbo y apego al vértigo (“porque el caer me es dulce”) que se intensifica en el momento de la unión sexual. Ahí, el tiempo se quiebra, porque el sujeto se abandona a la lujuria:

¡Si los días caen sucios.
La escalera
se quiebra.
Y uno cae.
Y si ya nada
vale la pena de escarbar la tierra.
Y nada más existe.
Nada más
que el roce de las piernas,
Que el lugar
donde clavar los dientes y morir!

Los días sucios, "La escalera"

Llegado a este punto se verá en un callejón sin salida, perdido en el absurdo de sentirse atado a una pasión camal que le arrastra al vacío; afligido, al mismo tiempo, porque no es capaz de volverse a todos y gritarle al mundo: “Yo estoy allí/ Yo soy David”:

Ceñido al sexo.
A su materia oscura.
Comprando la cadera atormentada.
El labio.
El alarido.
Y el mordisco.
Gimiendo por la sal de la entrepierna.
Yo estoy allí.
Yo soy David.
¡Estoy gritando!

Los días sucios, "El espejo"

Aunque escrito en 1954, Los días sucios salió a la luz en 1960, cuando la idea del suicidio ya rondaba en la cabeza de David. Por esa misma época escribió Cuaderno de Orfeo y La risa del ahorcado o la corbata amarilla.

Cuaderno de Orfeo aparece publicado póstumamente, en 1962, gracias a la gestión de sus amigos más cercanos. Este breve poemario contiene lo mejor de su poesía amorosa; hermosos versos compuestos en tono elegíaco que recrean la historia trágica de Eurídice y Orfeo.

En Cuaderno de Orfeo, David Ledesma es ante todo, el cantor de su propia tragedia. David es Orfeo, traslapado en un juego de voces y presencias con el semidiós griego:

Vivo en ciega Poesía,
desterrado.

Ausente de mí mismo,
a una distancia
que puede ser de amor
-llaga insondable­
o absorta muerte diaria
repetida.

Cuaderno de Oifeo, "Identidad"

Por su estructura dialógica, Cuaderno de Oifeo es un poema dramático, y aparentemente no tiene mucha relación con la obra anterior de Ledesma. No obstante, el mito del amor imposible y el sentido trágico de la pérdida, le sirve para sublimar su “absorta muerte diaria repetida”.

Luego del encuentro y separación definitiva, cuando el ansioso Orfeo pierde 2 Eurídice en el Hades, le arrebata notas fúnebres a un saxo (porque “solo el saxo sabe/ la dulce muerte que conmueve todas/ las nacencias sin límites del ritmo”), entonando su última canción:

Última balada de Orfeo

Puede el hombre saltar sobre sí mismo
Pero, infaliblemente, se vuelve al mismo sitio.
¡La verdad es que siempre uno está solo!

(Cuaderno de Orfeo)

Este otro "poema final" de Ledesma -conserva el mismo aliento de “El poema final”, texto que fue encontrado en su camisa, la noche en que se suicidó- representa la lúcida y serena constatación del fracaso; la postrera confesión del ser caído; la renuncia de ser en este mundo, el David que gritó mordió y combatió en silencio, viviendo “en ciega Poesía, desterrado”.

[1] Luis Cardoza y Aragón, "El artista Y los problemas de nuestro tiempo", en Cuadernos del Guayas, No. 5, Guayaquil, abril de 1953, p. 10. Véase también, sobre este mismo debate, Adalberto Ortiz, "La función del artista y su expresión", en Cuadernos del Guayas, No. 5, abril de 1953, p. 19.

[2] Gastón Hidalgo Ortega, "Poesía ecuatoriana, Hugo Mayo", en Cuadernos del Guayas, No. 4, Guayaquil, noviembre de 1952, p. 9.

[3] Bernardo Morales Garcés, nota crítica sobre Gris, publicada en la columna “Itinerario de los libros”, en Cuadernos del Guayas, No. 17, Guayaquil, septiembre de 1958.




* Este texto forma parte de David Ledesma Vázquez, Memoria de Vida, libro que reúne la obra completa del poeta, y acaba de ser publicado por la CCE (Quito, 2007).

30 mar 2007

LOS NOMBRES DE LA VIDA:
MANICOMIO DE MAURIZIO MEDO


Por Raúl Zurita

Manicomio de Maurizio Medo es una de las mayores conquistas que la poesía en nuestro idioma puede exhibir de aquellas zonas que, anidados en el fondo de lo humano, no habían encontrado una lengua que los expresara. Para hablar entonces de este poema debemos retroceder a aquellos momentos en el cual la palabra, el más peligroso de los bienes, se escinde entre el mito y la historia, entre la imagen y la razón, y volver a situarnos en la derrota civil de la poesía, es decir, en ese nudo ciego que a partir de Platón, decretó la expulsión de los poetas de la comunidad de los hombres. Lo que Maurizio Medo nos muestra acá es, antes que nada, una gran metáfora de la expulsión de la poesía, una de las más lúcidas y poderosas que hoy podamos leer, y cuyo correlato debemos buscarlo en Rimbaud. El punto central desde el cual se levanta Manicomio es el mismo punto central que toca Una temporada en el infierno: el confinamiento por parte del poder de todas las potencias desarticuladoras y liberadoras del lenguaje.

Sabemos por Foucault que en la modernidad el manicomio viene a ocupar el lugar de los leprosarios y que será ese lugar donde todas las reservas de fantasía, de pulsión, de fiesta y de muerte del discurso son recluidas. Lo que esta obra de Medo nos muestra es que el papel del poema es en primer lugar constituirse en el manicomio del lenguaje, recibir allí a todos los expulsados de la razón, a todos sus mendigos y sus ángeles, a sus criminales y sus místicos, otorgarles un sitio, y en segundo lugar liberarlos para que sea entonces ese pequeño representante del poder: el lector, el que contaminándose de esas palabras santas, malditas, alucinadas, pueda reconocer los trazos de una libertad hasta ese momento desconocida. Es la libertad del poema. Asistimos así como lectores a la escenificación de un palimpsesto donde los personajes de este libro: Mandil-mandril, Gilda, Carroll, Francesca, el falso Ginsberg, Alicia, doc., y todos los que allí comparecen, hacen presente residuos de idiomas, de lenguajes, de textualidades, moviéndolos con una potencia tal que, juntos con mostrarnos el subentendido metafísico de todas aquellas narraciones que llamamos historia, dibuja el nuevo escenario de lo que podemos todavía denominar escritura.

Así, esta obra se vuelca permanentemente sobre sí misma negando cualquier concepto de límite o de término, y continúa y es continuada por el Inferno de Dante, por la citada Temporada en el Infierno, por los Cantos de Maldoror de Lautreamont, los Cantos Pisanos de Pound, por el Aullido de Ginsberg, por el Teatro de la crueldad de Antonin Artaud, mostrándonos de paso la simultaneidad esencial de todas las escrituras (el instante que escribe Dante es el mismo instante en que escribe Homero y que escribe Virgilio y que escribe el poeta joven que prepara su primer libro) y que escribir es poner en juego todo el universo de los textos en su absoluta contemporaneidad. La escritura es la negación de la historia, pero sólo el poema puede hacer esa crítica extrema, él niega el tiempo y es a la vez el tiempo, su consistencia es precisamente esa marginación absoluta de la comunidad donde sí existe la narración, el pensamiento, la crítica literaria. Esa alteridad donde se sitúan los personajes de Manicomio es también la alteridad del poema. Quien escribe suspende su vida y por ende suspende también la muerte y esa es la comunidad confinada de la poesía donde todos los poetas comparecen, exactamente en el mismo instante, y donde tanto la idea de las influencias, como lo presenta Harold Bloom en su sobrevalorado Canon, como la noción de intertexto, se ven radicalmente sobrepasadas. Todo gran poema es todos los poemas. Manicomio como toda gran poesía, desmiente la noción de un autor único, de un poema único, para hundirse y multiplicarse en el mar general del habla, en esa primera gran escritura que es la oralidad.

Pero acerquémonos un poco más a los personajes de Manicomio. Lo que nos plantea su vertiginoso jerguismo, sus distorsiones sintácticas, sus quiebres de significantes, su hibridación de los lenguajes llamados cultos con los populares (Dante es un alienado en Manicomio y a la vez es Dante Alighieri), es que la distinción entre lengua escrita y lengua hablada no es tal y que ambas son escrituras del primer lenguaje: el gestual. Pero ese lenguaje, aquel que devino en conciencia, sigue siendo el único campo donde locura y razón borran absolutamente sus fronteras. El habla es la escritura del gesto y por ende toda habla es metafórica. Un loco lo sabe, por eso su discurso carece de doblez. Ha prestado su cuerpo para ser otro:

Porque yo soy el Otro cada vez, y me mato
Como a eterno enemigo y me huyo por los mares

Y las tierras y los cielos, sí, de mi arrebato.

Lo que Manicomio no está mostrando es que un ser razonable sólo puede poseer un nombre. Un demente no, él está poseído por el o los nombres. La ilusión metafórica del hombre razonable consiste en la creencia de que él puede ser representado por un nombre. El realismo del loco es que él representa al nombre. En el primer caso un nombre, aquel por el que se conoce a un hombre razonable, es siempre un vacío que él debe llenar con sus expectativas: ser famoso, tener dinero, ser un buen padre, el discurso razonable es el vacío operando sobre el vacío. El hombre razonable no actúa el nombre, por el contrario, pasa la vida actuando para darle un significado a se nombre, para llegar a tener un nombre. El alienado que dice ser Napoleón pondrá su mano entre los botones de su chaqueta y actuará, será el nombre. Los personajes de este libro al preguntarse quiénes son, qué es tener un nombre, qué es llamarse, nos devuelven a esa lengua de señas, de balbuceos, de gruñidos que está en el origen de lo humano y simultáneamente a la desconcertante traducción y traición de las palabras:

¿Soy aún la blonda niña que sin poseer deseo sedujo al preceptor?
¿O sosoy el otro, aquel a quien llamaman pedoófifi lo
halando su dulce voz de ruiseñor?

Y su pregunta se nos extiende a nosotros sus lectores: en el vértigo de los nombres estos no hacen distinción entre las categorías que nos impone lo razonable. El poema borra sus confines para extenderse por el cuerpo de todas las escrituras, de todos los nombres, entregándonos un infinito de sentidos, de vidas posibles, de relaciones, donde la metáfora es finalmente el lenguaje, esto es, el océano incolmable de todas las posibilidades de enunciación. Pero esa es la razón del por qué del confinamiento de la poesía, del por qué de su expulsión de la república. Su poder radica en ese infinito de sentidos donde el silencio actúa sólo como un sentido más, como un correlato gestual más. Pero para el poder el silencio representa la verdadera carga amenazante. Allí donde opera el revés del habla, su no dicho, su silencio, el poeta ve otro nombrar más, para el poder ese otro nombrar más es aterrador. El fascismo persigue los discursos porque lo que quiere apresar es el silencio. Equivocadamente presume que la poesía es la fortaleza que guarda el tesoro del silencio.

Este sentido escatológico que se desprende de Manicomio nos habla entonces de un terreno que de conquistarse en la vida significaría ni más ni menos que la reversión de todos los valores y –siguiendo a Nietzche- el retorno de Dionisios como el dios sin metáforas (la fiesta pura, es la acción pura, la celebración pura) y, más cercanamente, más profundamente si se quiere, significaría la ciudad de la ardiente paciencia de Rimbaud donde la famosa imprecación “el canto de los cielos, la marcha de los pueblos. Esclavos, no maldigamos a la vida” reencuentra el significado que la razón le ha negado. Esta carga utópica que subyace en Manicomio, es el campo de una lucha en la cual la existencia de la poesía es el único sostén de una posible nueva natividad donde librados de la tiranía de los nombres, es decir, liberados de la tiranía de la identidad, eso que persistimos en llamar lo humano reinvente los sentidos plurales de su libertad. Es sólo un vislumbre y es difícil ir mucho más lejos. Sea lo que sea, en medio de la vastedad de la poesía latinoamericana, de su resistencia, de su tumefacta y prodigiosa realidad, lo que Maurizio Medo ha puesto en juego con Manicomio es el significado más acuciante que se pueda tener desde este lado del mundo el je est un autre de Rimbaud.

Es esa la radical crítica de la poesía. Su marginación no es otra cosa que la cara actual de una expulsión ancestral. Hoy esa crítica es una crítica a la economía y su único argumento, el más poderoso, fuerte para los poetas desde Baudelaire, es que no se vende, que la poesía no se vende. Pero hay que entender eso: la poesía no se vende. Sus tirajes exiguos, la ausencia de lectores, es la condición de la poesía misma hoy. Ella no puede sino no venderse porque le tocó cruzar por lo más despreciado, por lo más desesperado, por la zona más excluida del mundo. Su parentesco es más que nunca con los olvidados y recluidos de la tierra, y es posible que sea esa reclusión sea la estación más desoladora que los poetas han debido cruzar desde que fueron expulsados del reino de este mundo. Si a los poetas les tocó en un momento inventar el futuro, darle su comienzo: Isaías, Homero, Virgilio, ahora les tocó ser los sostenedores de la agonía del lenguaje. Pocas obras han indagado tan poderosamente en esa tarea de la poesía hoy como este libro, como este poema. Lo proverbial es que Manicomio no se refugió en una interrogación sobre la poesía en el sentido usual, sino que su pregunta fue infinitamente más despiadada, más extrema, más visceral, su pregunta fue por la vida o, lo que es lo mismo, por los nombres de esa vida, por el afuera del poema. Pero el afuera del poema es el inmenso territorio por liberar. Muy pocos poemas de nuestro tiempo han apostado tanto a la esperanza como este poema crucial y desesperado.

27 mar 2007

ENCUENTRO DE ESCRITORES Y MINISTROS EN CARACAS

En el marco del Fondo Cultural del ALBA, se dio a cabo el II Encuentro de Escritores Cuba – Venezuela, entre los días 22 y 23 de marzo. Además de escritores y autoridades culturales de los mencionados países, asistieron como invitados sus pares de Ecuador, Bolivia, Antigua y Barbuda, Dominica, San Vicente y Granadinas y de Nicaragua. La cita, en las instalaciones del Hotel Caracas Hilton, se dio para intercambiar ideas sobre nuevos mecanismos de integración de las culturas latinoamericanas. Presidieron el encuentro los ministros de Cultura de Venezuela, Francisco (Farruco) Sesto, y su colega cubano, Abel Prieto. Cerraron las jornadas sendas lecturas de poemas. Ismael (Maelo) González, Viceministro cubano, afirmó que fue “un diálogo entre colegas comprometidos y afanados con vocación cultural y latinoamericanista (…) Cuba cifra sus esperanzas en que sea constructivo y productivo”. Las ponencias versaron sobre Latinoamérica y la Cultura, y continuaron con sendos debates. Al final se firmó una resolución en vías a estrechar lazos entre las naciones participantes, con el fin de establecer líneas de acción que beneficien a cada uno de estos países. Intervinieron directores de centros del libro, editoriales, narradores, poetas, guionistas, promotores culturales, etc. Se llegó a una declaración final en pos de circuitos propios de distribución de bienes culturales, entre otros puntos importantes. Como colofón, la reunión de ministros de la cultura se efectuó el sábado 24 y se llegó a trascendentes acuerdos. Si así llueve, que no escampe. A continuación, las delegaciones.


Venezuela

Francisco Sesto - Iván Padilla - Vladimir Acosta - Haiman el Troudi - Edmundo Aray - Néstor Francia - Laura Antillano - Gustavo Pereira - Magaldy Téllez - Carlos Noguera - Arístides Medina - Germán Pinto - Rodolfo Porras - Rigoberto Lanz - Gonzalo Ramírez - Ramón Losada - Ildefonso Finol - José Sant Roz - Ana María Oviedo - Alberto Rodríguez Carucci - Miguel Mendoza - Leonardo Ruiz - Guillermo Luque - César Solórzano - Jorge Dávila - Jorge Reyes - Luis Laya - Luis Alberto Crespo - Maribel Prieto - Modaira Rubio - Celsa Acosta – Carmen Bohórquez.


Cuba

Abel Prieto - Ismael González - Ana María Pellón - Iroel Sánchez - Elíades Acosta - Desiderio Navarro - Eduardo Torres Cuevas - César López - Jorge Fornet - Senel Paz - Nancy Morejón - Omar Valiño - Alpidio Alonso - Laidi Fernández - Sigfredo Ariel - Roberto Méndez - Arlen Regueiro - Mirta Yánez - Reinaldo González - Arturo Infante - Patricia Ramos - Yamil Díaz - Norge Espinosa - Eduardo Heras León.


Ecuador

Antonio Preciado - Natasha Salguero - Luis Carlos Mussó.


Bolivia

Pablo Groux – Wilmer Urreb.


Antigua y Barbuda

Eleston Montgomery Adams


Nicaragua

Rosario Murillo - Margin Gutiérrez


Dominica

Matthew Walter


San Vicente y Granadinas

René Baptiste

22 mar 2007

Fundación de una comarca llamada realidad,
o de cómo relumbra el verbo adámico
*

(sobre el libro La mirada del Cíclope de Eduardo Adams)

Por Fabián Darío Mosquera

Para establecer ejemplos históricos de lenguas cuya creación, dentro del marco del ejercicio literario, se haya suscitado en América Latina, Severo Sarduy nos recuerda el surgimiento de la jitanjáfora, a mediados de los años veinte, por voz del poeta y diplomático cubano Mariano Brull, así como de la masmédula, algunos años después y por cortesía del inmenso trovador argentino Oliverio Girando. En el primero de los casos, se trata de un habla, o si se quiere, una lengua lírica construida tomando como referencia esencial la mera fonética, el delicioso estruendo de las palabras, más que su sentido. En el segundo nos encontramos, como el mismo nombre lo insinúa, con un “suplemento de la médula”, es decir, “del meollo”; de tal forma que se propicie el hallazgo de un “extra sentido” al retorcer las palabras “como trapos mojados”, en lúdica indagación de nuevas significaciones. Y frente al interrogante de “¿Por qué todo lo anterior es latinoamericano?”, el llamado “poeta de imaginación fertilísima” contesta: “por el sesgo paródico, burlón que toma frente al modelo –en este caso la lengua española ortodoxa, académica-, y por una necesidad casi ontológica de faltar al respeto”.

Según esta caracterización de lo latinoamericano en el habla- sea esta literaria o no- podemos concluir que los cuentos que conforman el libro que hoy se presenta, constituyen una luminosa herencia de aquella forma de intuición, de sensibilidad frente al lenguaje. Y no sólo debido a esa predisposición de hacer tambalear las estructuras de la lengua-paradigma (cosa que también hemos visto en Carroll, por ejemplo), o a un cabal entendimiento de lo que ofrece aquel “sesgo burlón” como herramienta expresiva; sino porque el mundo latinoamericano es susceptible al mismo dictamen que Alberto Moravia esbozó acerca del África: “lugar fascinante, porque aquí la naturaleza aún se impone sobre el hombre”. Si bien muchos cuentos de Adams tienen un escenario explícitamente urbano, el talento, o mejor, la ductilidad literaria con la que han sido escritos es de una exhuberancia tan copiosa, que más bien se acerca al irreprimible albedrío del invierno que incendia de verde los calculados y simétricos vergeles municipales, sometiendo toda obra demasiado cartesiana a la desnudez de la naturaleza, y volviendo a la caudalosa pericia literaria en el caso que nos atañe, es posible advertir la pulsión indómita de una genuina y entrañable vocación, marcada fundamentalmente por la presencia de una evidente aptitud poética, una valiosa forma de construir el habla de los personajes, para luego articularla de manera eufónica con la voz narrativa, además de la ya mencionada necesidad de irrespetar (cosa que en este caso no significa “menospreciar”) la lengua de la convención: “Me habían dado ganas de fumarme un cafecito, de tomarme unos cuantos tabacos murciélagamente a oscuras y al revés, claro, para pensar mejor y olvidarme, para olvidar pensarte; pero la otra noche que no era tan negra como tus ojos verdes volvió y se me enlodó la calma”.

Se trata, según el mismo Sarduy, más que de un acto revolucionario, de uno edípico; y por ello la mutación de la lengua cumple no sólo un papel re-organizativo, sino más bien fundacional, o más precisamente, creacionista. He allí el nervio poético de estos textos; ya que si Shelley, en su Defense of Poetry, revela que “la poesía es, en general, la expresión de la imaginación”, y Schreiber afirma que “no nos dice algo, sino que hace que nos ocurra algo”, parece claro que es justamente éste el efecto alcanzado por la literatura de Adams, pues nunca se queda en una mera lectura “mimética” de la realidad sino que es, para utilizar una expresión del semiólogo Victorino Zechetto, “signo en constante tránsito” y, por eso mismo, generadora e instauradora de un anhelo de nueva realidad. A través, por ejemplo, de una llana revisión de los epígrafes que utiliza, resulta sencillo darse cuenta de que a varios escritores o artistas que compartieron este empeño, que en algún momento se rehusaron a beber de la redoma del canon ortodoxo, Adams ofrece sus tributos: Cortazar, Paúl Puma, Adoum y la referencia de Cronenberg. El propósito expresivo en el oficio de este joven narrador llega a homologar aquello que habita el germen de la poesía, porque en ella, más allá de los regodeos formales del lenguaje, la importancia de lo que se dice termina menguando frente a la de lo que se sugiere. Para intentar una constatación, resta una lectura de un corto cuento, uno de los más hermosos del volumen, titulado “A las tres de la tarde”.

“La mesa tropezó con tu muslo y a la taza le dio la gana de voltearse. El café supo que el vértigo es una cosquilla borracha, que el precipicio es una sed de sujeción, por eso el charco resolvió dispersarse en cinco direcciones como una mano que va abriéndose, y luego como un ave: un sexto dedo que va creciendo opuesto al pulgar, la cabeza, con una uña que se alarga, el pico. Se ha ido volando en un papel absorbente y tú te has quedado en el umbral, mirándola subirse al taxi, sintiendo unos picotazos en el hombro derecho, son setenta y cinco centavos por el capuchino, ¿tiene suelto para uno de veinte?, no. Y recién ahora el dolor en el muslo, mientras buscas algo de suelto en ese bolsillo que tiene mucho de nido abandonado, acaso lo esté, porque tu mano hurga insistente, aletea intentando alcanzar lo inaprensible y ya rebasa las copas de los sauces. A esta hora el tráfico es ligero como una pluma”.

Detrás de la anécdota, que parece al principio ir moldeándose al óleo, para terminar siendo una tentativa cinematográfica de Buñuel o Cocteau, subyace un cardumen fresco de invenciones, de posibilidades insinuadas apenas por una escena simple, que al mismo tiempo, concentra una telúrica energía semántica. Es como si pudiéramos saber la edad, el nombre y los temores de la hermosa mujer que nos coquetea del otro lado de la fiesta, con tan sólo atender al “oferente” movimiento de su hombro desnudo. La palabra en esta obra funciona como utensilio para urdir sugerentes atmósferas, en las que los personajes viven permanentemente una íntima borrasca. En ese sentido, la referencia mitológica del cíclope se emplea para proponer la presencia de una cosmovisión alternativa: la de actores que cabalgan por los márgenes. El monstruo enmarañado con sus propias hebras, así como Mamisú, el travesti, o incluso el hombre, que ataviado de despecho fuma, atraviesa la copa de los sauces o se vuelve payaso, son prototipos que terminan sintetizados en la mención del personaje homérico, que aquí se convierte en un faro de certidumbres que rebate al Ulyses del sentido, y lo guía a través de un periplo por meandros urbanos, no precisamente del Dublín catado por el Leopold Bloom de Joyce, sino de un Guayaquil, que en sensibles palabras del narrador que esta noche nos convoca, es una mujer enferma los domingos.

El libro se encuentra sembrado de “gustosos guayaquileñismos” (para decirlo a la manera en que Mutis recordaba los “deliciosos galleguismos” que colman los textos de Cunqueiro) y sin embargo no resulta hostil para un lector ajeno a los modos culturales y al habla coloquial porteña. A partir de un perspicaz maridaje entre dichos elementos de la expresión popular, y una forma de narrar matizada, como hemos dicho, por una suerte de elegancia lírica, Adams logra regatear la postal folklórica y el cliché que, en nuestro medio, termina por definir con demasiada frecuencia esa supuesta utilización ornamental de la cotidianeidad y el lenguaje urbano: “La memoria y el olvido se recortan mutuamente y me recortan, son dos hojas herrumbradas de una tijera forjada en aire, son el vaivén del machete en la cantera y yo soy machetazo vicioso, poda vertiginosa que va restando lo que abunda a la vez que viene sumando lo que sobra en una aritmética exquisitamente maligna, como el cebiche de ostión con cinco cucharadas rebosantes de ají levantamuertos que nos mandamos afrentosos en los agachaditos cuando empezábamos a intimar…”.

Guayaquil termina siendo ámbito en el que logra condensarse una voz robusta, profundamente reflexiva, convencida de sus herramientas estéticas, y sobre todo, marcada por la impronta del atrevimiento lúdico. Resulta difícil que Francisco, la flaca y Santiago, personajes que constituyen fundamentos transversales de las últimas “unidades” narrativas del volumen, no resulten similares a la tríada cortazariana compuesta por Oliveira, Traveler y Talita y/o la Maga. En su momento, la crítica latinoamericana rescató de Rayuela, entre otras cosas, el hecho de que propusiera a través del texto pronunciado de los personajes, e incluso a través de la misma voz narrativa, una retórica de gran calado en las aguas de una encrespada y efervescente sensibilidad juvenil. La primera colección de cuentos de Eduardo Adams representa un valioso ejemplo del mismo fenómeno, y debe, por su calidad, llegar a propiciar que a través de la entrañable relación texto-lector, un cúmulo de gente de su propia generación sea capaz de exhumar el arte, la técnica o el oficio de localizar rasgos de su universo inmediato en la literatura, y convertir dicho ejercicio en gozo. Paradójicamente, la soltura que Adams consigue y muestra en su “narrativa lírica” (como he decidido por fin llamarle, soltura que me hace afirmar lo dicho con anterioridad) es producto de una actitud de compromiso con el estigma sacro de las letras, singularizada por la disciplina y el rigor intelectual, además de una humildad de escuela campestre, de tierra mojada y de zafra (volvemos aquí a la naturaleza). No exista duda: nos encontramos frente a un creador al que no le conmueve agregarse al vedettismo de burlesque que ha caracterizado la llamada literatura joven de Guayaquil durante los últimos años, sino que se encuentra esculpiendo, de manera responsable, la silueta de un discurso personal, que se sitúa entre los más lúcidos de la narrativa que viene surgiendo de este fondeadero extraño y húmedo, al que llamamos puerto principal de una línea imaginaria.

Dice Whitman a través de un epígrafe que aparece en este libro: “Siempre el impulso procreador del mundo…Aquí estamos yo y este misterio”. Luego agrega: “Y todas estas cosas se hacen parte de aquel o aquella que ahora las lee atentamente”. No necesitamos mucha fe para creer que Adams continuará, como con un alfanje levantado frente a los cañaverales de su infancia, atento a extraer la pulpa edulcorada de un orden, de una mies de formas que utiliza para la instauración de su propia certeza de realidad. Y la molienda se propiciará sobre la página en blanco, para que todas esas cosas se hagan parte de aquel o aquella que las lea atentamente; en búsqueda del tuétano, del impulso procreador de un mundo vivamente lírico, que a su vez conjura el hondo anhelo, compartido ya por varias subjetividades, de que se afiance la presencia de este escriba en el tablado de la literatura ecuatoriana, así como en nuestra sensibilidad su fascinante misterio.




* Texto leído el miércoles 21 de marzo del 2007, en la cafetería del Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo de Guayaquil, durante el lanzamiento del libro La mirada del cíclope, del escritor Eduardo Adams.

17 mar 2007

JAMES MERRILL
(traducción y cortesía de Juan José Rodríguez)

Nació en New York City en 1926, y creció en Manhattan y Southampton. Asistió al Amherst College. Sus estudios se interrumpieron cuando sirvió al ejército, entre 1944 y 1945. Fue profesor en el Bard College. Su primer libro significativo Primeros Poemas fue publicado en 1951. En 1955 se trasladó al pueblo de Stonington, Connecticut, con su amante, David Jackson. Su primera novela, Seraglio fue publicada en 1957. Dos años después, viajó con Jackson a Atenas, donde vivió una parte de cada año hasta 1979. Su segunda novela, El Cuaderno (Diblos) (1965) fue finalista del Premio Nacional de Novela. Al siguiente año sus Noches y Días ganó el premio Nacional de Poesía. Ganó el premio Bollingen por Encarando los Elementos (1972) y el Premio Pulitzer por Comedias Divinas (1976). Después publicó Mirabell (1978), La Cambiante Luz de Sandover (1982), y el Cuarto Interior (1988). Sirvió como Canciller de la Academia Nortemaricana de Poetas desde 1979 hasta su muerte ocurrida en 1995. Su último libro, Un Puñado de Sales se publicó póstumamente.


LAS MIL Y DOS NOCHES

1/ RIGOR VITAE

Estambul, 21 de marzo, hoy me despierto
con una absurda queja. Todo el lado derecho
de mi rostro rehúsa moverse. Yo debo reír
mirando el descanso de su giro pausado

bajo una doble carga, en tanto su gemelo
se dobla, aunque sensible, estupefacto.
Aquí estoy solo. No bastante­­­­­ a través de la niebla exterior.
Surgen cartas aladas: PAN AMERICAN.

Veinticinco centurias esta ciudad se ha elevado
entre el pasivo oriente y el frenético occidente.
No encuentro razón para estar deprimido;
hay muchas otras cosas que no he podido ver,

como Hagia Sophia. Bebí té, me afeité y me vestí...
Dahin! Dahin!

La Casa de Celestial Sabiduría fue primero
una mezquita y es ahora una flama-
sin vacíos. El ábside,
militantemente dislocado,
aún viste esos verduzcos epaulettes[1]
en los cuales (para ese peregrino que olvida
su Árabe) una caligrafía tan salvaje de dorados látigos
garabateó frunciendo el seño, los fechados
lemas: ¡Dios es mi aflicción!” quizá,
o “¡Bizantino,
vete a casa!”
Sobre ti, el gran domo,
calvicie del mosaico, senil, flotante
en un baño dorado. Su brillo hipnótico
de antigua profusión, de costado a costado,
entre aquel del ábaco y aquel de nebulosas,
ha sido levantado del piso,
el último de numerosos puñados,
por el último visitante dieciochesco.
Tú no quisiste, por una sola vez, pensar para ti mismo,
pero has tenido tu cabeza en alto
demasiados años al interior de cráneos trascendentes
como éste que no siente lo usual, si no un largo
y halagador parentesco. Tú has dejado partir
aprendizaje y fe, como un valor, también has arruinado
tu sensibilidad preciosa. ¿Qué más esperabas?


Afuera, arrancadas, las piedras con cima de turbante
yacen de un flanco al otro. Es como si yo pudiese haber temido.
El edificio, por juventud, desesperado, untó todo
sobre sus excelentes y originales huesos

acres de ocre yeso. Un diagrama
indica cuán profundo en el manto de lodo
la real façade[2] está. Yo quiero mi rostro de regreso.
Un farmaceútico aconseja


El Hamam

Tras la hora de húmedo calor
uno es conducido con majaderías y exhibido
en una celda de mármol y dispuesto
entre mármoles, allí, para la friega y la limpieza,

es envuelto en toallas y una sábana
y se deja elevar a esta tumba inclinada
toda hecha de hojas (ámbar, verdes, rojas)
con un astro de vidrio colgado en la tiniebla,

aquí se sentó uno, borrado por un latir de gemas,
no saborea ningún café, ni un loukoum,
y hacia vigilante que molesta

(o arqueólogo o ladrón)
gravemente se levanta uno con máscara de platino
quieto, empapado, en un signo de vida.


¿Y ahora qué? De vuelta, creo, hacia el pueblo moderno.
A la mitad del puente, un recuerdo
infantil promete desinhibir mi estilo.
Me paro en una luz profunda para tomar apuntes:


En la cima de su muñeca[3], junto a la humedecida y negra seda del cinturón, su abuela tuvo un bien, una burbuja dura y malva desde la cual brotaban tres o cuatro cabellos blancos. Cuán a menudo estuvo él yacente en su regazo y fue adormecido a un ritmo que hizo fácilmente que el mundo entero sea luego –el destello amarillento de un anillo marcando su límite exterior, mientras, en el plano primero, silueteado como la mezquita de Solimán el magnífico, misa y minaretes sentidos por algún durmiente, caído en la cubierta de su atracado caïque, ese hito principal como ascenso y caída distinguió, de cualquier otra, su mano amada.

Frío. Un viento ascendente. Una ciudad completa
disuelta por retórica. Y allí afuera, pasado
el espejo del Bósforo, ¿qué costa negra
reflejándonos en la inmovilidad?

De este lado, multitudes, una viga con mágico farol―
belgas en sus bicicletas, amas de casa pelirrojas,
mástiles, gritos y cornejas, soplan en alto, en el aire azul rosa,
el faldón de Ataturk... Eso es como un sueño,

la “muerte-en-vida- y la vida-en-muerte” del Yeats
bizantino; y, si hay tal, por la misma ficha,
solitario en la escena del paseo sonámbulo, tú has despertado
y navegaste por las orillas preparadas más allá de los estrechos.



2/ LA CURA

El doctor recomienda cortisona
diatermine, vitaminas y un montón de cosas.
Funcionaron. En estos meses en Atenas, nadie
preguntó por mi pequeño drama, yo parezco

mi propio amo, de nuevo. Sin embargo, una vez
tú quebraste, ese, tan llamado, espejo del alma,
no lo hiciste de buena gana, si con todo,
se hizo entera. (“Entre el movimiento y el acto

cae la Sombra”―T. S. Eliot.)
Parte de mí ha quedado tan fría y retraída.
El día en que subí al Partenón
su esplendor humano me hizo pensar ¿y qué?

Un mediodía en mayo en el Parque Real,
entre la flora de l’Agneau Mystique
ciprés, mimosa, laurel, palma –un Griego
subió a nombrarlas para mí en su lengua.

Yo le agradecí; él me agradeció, nos sentamos.
Pavos a la zaga, pies duros, grises triturando
no fruta fresca sino amargas naranjas. Conocí el tipo:
excelente, varón, ortodoxo, bronco, sucio

ícono de apetito emplumado sobre los ojos
con un azul eléctrico de días que no volverán.
Mi amigo, con tiempo suficiente para matar,
preguntó el costo de autos en el Paraíso.

Por lo cual él habló de mi país, pues en el suyo
el extranjero es un dios enmascarado.
Fallando al actuar esa parte, estoy asustado
yo no fui tampoco humano —ah, ¿quién lo es?

Él es, o fue; tuvo hermanos y esposa;
manejó un camión, el pasado viernes quebrantó su cuello
contra un árbol. No tenemos modo para ver
tales migraciones de cabeza por fuera de la vida.

Intentar, supongo, deberíamos, como hasta dijo Válery,
y dijo más rotundamente de lo que yo diré —
girando tapas al cerrarlas, bajo el sol de agosto, y todo
como ficciones de neón (ámbar, verdes, rojas)

de incomunicable energía
como en mi ciego despertar, y en un parpadeo
desvanecerse, y fueron el rastro más claro, pienso,
de lo qué he sido, soy, y pudiera ser.



3/ CARNAVALES

Tres buenos amigos por muchos meses se han quejado,
“Tú eras lindo, James, antes de tu viaje. O eso
yo pensaba. Pero tú has cambiado. Yo sé, yo sé,
la gente cambia. Bien, estoy sorprendido, estoy adolorido.”

Antes de que ellos desapareciesen por la noche
de la que hablaban, yo hice un intento mascullando
promesas que no dicen nada exactamente.
Y nunca oculté mi cara. Para ellos estábamos bien.

Éstos no fueron mis amigos, ¿qué más hay? La juventud explicaría
parte de eso. Yo he guardado en algún sitio cierta página
escrita a los dieciséis, para mí, para cuando mi edad se doblase,
tener a quien acusar de haberse convertido

en el vano, frívolo, insensible monstruo que soy ahora—
escucharlos hablando—y exhortándome a rememorar
la luz de los astros sobre una noche del otoño tardío
en 1943, y el paseo con M,

en cuya presencia, morir, pareció el bien más elevado.
Conocí a M y a su nueva esposa el último año.
Lamentamos las atmósferas manchadas de la guerra fría
desde un mesa esquinera. Se entendió

que nuestra guerra llegó al fin. Hicimos paces
con cada cosa. Las cabezas de animales
observaron clemencia en las paredes tejidas con terciopelo.
Grandes flujos de durazno limpiaron nuestros labios de grasa.

Luego L—ella dijo “Seamos amigos” y su imagen clara
regresó escéptica. Yo tengo un montón
de amigos. Yo quise amor, si el amor es la palabra
sobre la espina manchada del extraviado libro.

¡Mil y una noches! Ellos fueron grotescos
disolviendo la grasa[4] de mi pesca, yo encendí
el pabilo húmedo de aceite, luego no se pudo mirar más.
Mañanas, un filme negro en el escritorio descansa.

...Donde sólo una semana antes, yo pensé ahondar
en las imágenes de aquellos años, en una Cubierta Plana.
Algún verso ligero ocurrió como observé luego:


Postales de Hamburgo, Circa 1912

El bostezo del ocelote, una desvergüenza
sepia oscura en la cofia de la monja para picar talones,
ella acaricia su manillar y se arrodilla,
para hacer por ella, lo que un enano hace por él.
Las propiedades son desoladoras,

son, tú podrías decirlo, asexuadas
por uso. Un diván cubierto con un manto,
un desinflado Matusalén de Krug
aparece escena tras escena. El próximo
lo muestra con su músculo doblado

en resurrección desde sus ropas íntimas,
ganando un inframundo para ser surcado.
Él conduce sus cuasi tobillos—como una carretilla.
El enano ha salido por un soplo de aire,
dejando el par monstruoso.

¿Quiénes son ellos? ¿Qué transporta su farsa?
¿Hacedor y Musa? ¿Muñeca y Demonio?
“Todas las actitudes son simbólicas”—Hofmannsthal.
Aquí está el enano de vuelta y sus compinches... ¡Oh, yo digo!

En tiempo, en dolor, desaprendió sus trucos
sólo el cuidante oculto de los lentes
pudo estar todavía cazando especímenes
desde su sola batisfera hundida en la Estigia.
El reloj de St. Pauli dio las seis;

suspirando, “La muerte del pecado es un salario,”
él pagó sus modelos, ofertó luego vestido y fue,
un pez de tierra una vez más, incógnito
en descenso abarrotando bulevares, las contagiosa-
mente fáciles, estaciones finales,

esquivado incluso por el fiel, uno de quienes
(malhumorado y grande Tío Alastair)
trajo al pensamiento estas efigies y toscamente guardaría
su doctrina inconfesada, podemos asumir,
en su tumba del descaro.


Encontramos luego postales, tras su divorcio,
yo y Tía Alicia. Ella se enrojeció con vergüenza,
luego palideció y se puso pensativa. “Ah, todos son lo mismo—
los hombres, digo.” Una pausa. “No tú, por supuesto.”

y luego: “Vamos a quemarlas. Enciende el fuego.” Yo requerí,
mientras tanto, haber metido unas pocas en mi camisa.
Yo paso la noche rememorando con dedos
expertos–pero esa fase no demanda ser discutida...



“El alma, que en la infancia no pudo ser contada desde el cuerpo, vino con la edad a parecerse a un cuerpo que no se tiene más, cuyos transportes fueron lejos, más allá de lo que ocurre, ahora, por la sensación. Con la ironía hecha a un lado, el libertino estuvo ‘en busca de su alma’; en la noche, él trabajó para recuperar esos alojamientos de fuego... Igualmente, sobre el cuerpo maduro de la tierra, nosotros inflingimos una riqueza de experiencia tremenda—drogas, taladros, bombardeos, ¿con qué efecto? Un rancio frisson[5], un gasto de recursos del todo análogo al nuestro. Calamidades naturales (tumor y apoplejía no menos que inundación y volcán) pueden, al fin, ser aclamados como apoyos positivos, perversos si tú quieres, tan vitales en la vieja muchacha todavía.”

―GERMAINE NAHMAN



“...encarada con tan constante pleito. Cynthia tendría que pellizcarse a sí misma para rebautizar como calurosa y hondamente esos dos hicieron, de hecho, amor el uno al otro.”

―A. H. CLARENDON, Las Hermanas de Psique



Amor. Calor. Al fin, puño de luz solar
golpeando enfático en el golfo. Gemidos altos
desde tu barca blanca: ¡El corazón prevalece!
¡Se afirma! ¡Simple decencia conduce la ráfaga!―
Frases que, rápidamente huelen sangre, ocultas
como tiburones en un estilo transparente de luz y oscuridad.

Los labios aparte. La pluma tiembla. Tú flotas
sobre el aliento, que refleja lo más hondo.
El pasado retrocede y parpadea y cae dormido.
El miedo es indigno, dicen, las estrellas por rutina;
¿qué destinos tuyos nunca fueron dignos
hasta ahora?, dijo la proa resistente.

Oh rozador de volúmenes
de azul profundo, con razón y rima, una vez
las mallas fosforescentes se aflojan
y los objetos de tu búsqueda se deslizan ahora,
tú casi puedes dominar una frente que sube,
una delgada, negra aurora, por sobre el horizonte.

Excepto que en este virgen hemisferio
una ciudad te llama—torres, tambores, campanas, caracolas,
tañiendo cada año suntuosas despedidas
a la carne. Entre los bailarines del malecón
planea una figura en un traje de huesos,
cuya gracia salvaje alerta a los chaperones.

Él te identifica a millas de distancia. Él quizá
no intentaría travesuras. Todavía los marrones ojos
en el rostro de tiza que se contrae y se queja,
te perforan con los ojos de esos tres amigos.
La máscara comienza a fundirse sobre el rostro.
Un silencio ha caído en el mercado,
y ahora la aventura extensa

debe esperar.
Estoy cansado, es tarde ya en la noche.

Mañana, si a mí es ofrecido conquistar
un antiguo recelo en imaginarias escenas,
escenas no vividas todavía en mí, unas líneas finales
yacerán en la página y el entero recorrido junto al ancla.

Estoy en casa, por supuesto. Es invierno.
nieve real llena el camino. En la cama no hecha
de latón, yace mi adorada Scheherazade,
casi dormida, su faldón moviéndose al ritmo de la banda
que toca un calipso disonante, caliente y vaporoso.

El viento ha muerto. ¿Dónde estaría yo
si no aquí? ¡Hay tan pequeño oeste para ver!
Amigos perdidos, mis pasados

viajes, yo bendigo tus doloridos miembros
y tu boca besada, rostro bronceado y cubierto,
una tierra levanta, un texto no minado enteramente
por fluidos pasajes de metáfora.



4

Ahora si la clase volverá a ésta, aquí,
la parte primera del poema―Estambul―yo tomaré
un breve tiempo, necesario para marcar
algunos puntos breves. Y entonces. Los cuartetos

de áspero pentámetro ofrecen, tú observarás, tres
interpolaciones, en prosa tanto como en verso.
¿Entra eso -atraviesa- como cada cambio invoca
una mente, un cuerpo, un alma (o memoria)?

¿Lo hace? Bueno. No, no puedo decir bruscamente
por qué así sería. Hallo eso vagamente satisfactorio―
Sí, ¿por favor? ¿El poeta cita demasiado? Hum. Ésa es
una forma de ponerlo. ¿Puede no haber planeado él,

con su modesto y propio esfuerzo, ser visto
contra el patrón de lo “ciertamente grande”
¿(En frase de Spender)? Temiendo exagerar,
Él los deja hacer eso―deja sus palabras, quiero decir,

se realza―¿Sí, y ahora qué? Ah. ¿Cómo y cuándo
él “afirmó” por qué, constantemente? Y cómo más
sino en la forma. Forma es lo que se afirma. Está bien
dicho, si lo hago―[Campanas suenan] Vamos caballeros.



5

Y cuando la extensa aventura alcanza su final,
miro al Sultán en un vidrio, envejecido, mientras
ella, su justa esposa todavía, todos sus cuentos ya contados,
sonríe a él, tan acariciadora. “ O mi más querido amigo,”

dijo ella, “y señor el amo desde el primero,
libérame ahora. Refrescaría tu sirviente
su alma en esa fuente fría que la carne ignora. Esto
concédeme, pues estoy yo deshecha por la sed.”

y él: “pero soy yo quien es tu esclavo.
Libérame, te ruego, iré en busca de joyas
no bordadas por tu alta y suave voz,
a lo largo de ese pedregoso camino que allanan los sentidos.”

Lloraron ellos, luego tiernamente se abrazaron y siguieron
sus caminos. Ella y sus ficciones fueron pronto una.
Él durmió durante la lunada y despertó bajo un sol cegador,
ya muy tarde para preguntar lo que el cuento había dicho.




[1] En Francés: charretera.
[2] En francés: rostro.
[3] Se refiere a la muñeca de la mano.
[4] La palabra original es Blubber que, como sustantivo quiere decir grasa de ballena, pero como verbo intransitivo significa llorar a lágrima viva.
[5] En francés: escalofrío.

14 mar 2007

APUNTES PARA LEER LA LUZ AL DERECHO Y AL REVÉS


por Luis Carlos Mussó


Antes de los apuntes

Walter Benjamin halló en la palabra de Baudelaire ese estado de oposición que marca al sujeto moderno y su difícil estado que se debate entre un deseo de infinitud y la realidad efímera; que se mueve entre las ansias de heroicidad y la banal línea cotidiana. Así, los poetas enmarcados en la modernidad se enfrascan en la tarea de construir su subjetividad a base de la alteración de la lógica. Se sitúa el poeta en el espacio no transitado por los demás, en lo marginal. Para nosotros puede tratarse del borde, de un escorial o del desierto (no olvidemos este símbolo). La luz, en cambio, ha sido un tópico visitado por numerosas voces a través de las literaturas oriental y occidental. La plástica ha alimentado también a las letras con su amplia experiencia de error y ensayo; y en lo concerniente a la lírica, diremos que la brevedad nunca ha restringido la fuerza ni la proyección que un texto pueda poseer. Al contrario, suele ser acicate para potenciar esa plurisignificación latente en el interior de ciertas construcciones de palabras.


Uno

Sirvan estas líneas iniciales para prepararnos al libro que nos convoca. Se trata de Revés de luz, primera entrega lírica del poeta César Eduardo Carrión. La edición corresponde a 2006 y se debe a Orogenia, de Quito. Estas notas pretenden seguir algunas de las vías del poemario y que sean constatadas luego con la lectura de sus textos. Las secciones en que está dividido el libro son, a saber y para que puedan seguir sin problemas este comentario:

Apuntes para un exordio/
Revés de luz/
Envés de luz/
Apuntes para un epílogo/

El espacio que acoge el inicio del poemario es el desierto, y se lo va a seguir mencionando en su recorrido. Sabemos que las arenas componen el desierto y son pacientes testigos de sus extremos climas y condiciones; pero también la arena es el espacio de la contienda entre gladiadores, donde los que van a morir saludan a una voz superior al empezar su enfrentamiento. Pero no es éste cualquier desierto, sino uno exacto y certero: Llego a aquel desierto preciso de aquel mediodía,/ donde hervía mi sombra. Se plantea así, un punto de partida que, si lo vemos a lo largo del libro, llega a cerrarse en una estructura circular; pero básicamente es un puesto de vigía, una plataforma desde la que se va a leer y también a escribir. El desierto es, entonces, un nudo de relaciones entre esta poética y cierta geografía.

La voz asiste al levantamiento de tierra, agua, aire y fuego, aunque luego desiste de ellos. Así, no se halla en ninguno de los elementos y por ende, la extranjería se certifica como una de sus cualidades. Y la reflexión sobre el poetizar anuncia la tradición, henchida de nombres y también de renombradores de las cosas (Y quiero dejar de decir esos nombres,/ que apenas pronuncio). Los elementos aluden a los orígenes, que también pueden ser ontológicos, y la respuesta del yo ante el mundo real está presente en la imagen encarnadora de sentido, pero también en el principio de que sabe ordenar el caos reproduciéndose a sí misma, y en la palabra como instrumento para captar el funcionamiento de estos engranajes.

La promesa del agua carcome el desierto, nos dice César Eduardo Carrión en el tercero de estos apuntes inaugurales. La promesa denota esperanza en medio del presente nefasto. Es una promesa que carcome, que roe o consume poco a poco, la realidad y así se ratifica la subversión que toda poesía de buena ley asume: es innegable, así, la posición política subyacente en estos versos. Toda vez que esta esperanza insistirá en irrumpir en el horizonte, aunque la voz afirme que mis palabras sean ruidos parecidos a la lluvia. La vida, entonces, se resiste a desaparecer y se aferra, en la adversidad, a las condiciones que la hacen posible -recordamos a Hölderlin (¿para qué poetas en tiempos de penuria?)-. Además, el apóstrofe confirma esa posición y asume un espacio que interpela al lector y lo conmina a destruir su casa para repatriar la huella. Entendemos que casa funciona como símbolo de espacio propio, y no como el ethos de los humanos. Así, nosotros somos llamados a convertirnos en esa primera piedra que nadie se decide a arrojar, como en el evangelio: señal de tener limpia la mirada y de negarse al vacío.
Esta poesía inventa, constata, avanza. Es lo que no es; o sea, lo otro y lo que no aparece fácilmente como previsible. Fijémonos en los verbos utilizados en el quinto momento de este epílogo: apedrea, lanza, desgarra, arroja, incinera, destroza. Ancet nos dice que la escritura solo evoca lo real para evacuarlo. Aparición/ desaparición. Ambigüedad. El discurso siempre es manejado por un poder. Y así como un poder es sustituido por otro, de igual forma ocurre con el discurso. Entonces, se destruye la herramienta con la misma herramienta (como el diamante, que solamente se pule con polvo de diamante); el lenguaje devasta al lenguaje y surge la poesía. Carrión sabe que los actos de habla no son, para nada, inocentes. Si el universo es una biblioteca, los tropos ocasionan traslación de fragmentos de mundo; algo así como la lentísima deriva de (léase dos veces) los continentes.


Dos

Las secciones medias del poemario son Revés de luz y Envés de luz. Al contrario de los “apuntes” (secciones que abren y cierran el libro), todos sus poemas están titulados. Notamos aquí la posición de César: propone la visión del otro extremo de la luz, el de la oscuridad y el ámbito de la penumbra. Además, por confusión fonética, Envés de luz podría ser también En vez de luz (en lugar de luz). Ver la luz, por tanto, desde sus varios rostros.
El primer texto de Revés de luz es Despegue. Aquí La cometa se eleva en la cola del aire./ Expulsa nuestros ojos de la tierra. Esta posibilidad de ver o no ver se liga a la interpelación que se hace a una segunda persona y le recuerda que aunque las raíces sean volátiles, recónditas y mudas, son lo suficientemente fuertes como para demorar el viaje.
La ventana y la piedra aparecen como símbolos en esta lúcida poesía. La primera es uno de los símbolos notorios en otras voces, como la de Jorge Carrera Andrade, llamado poeta de la luz. Pero mientras que para Carrera Andrade la claridad más alta/ relumbra prisionera/ en la ventana límpida// Cuando el verano pasa/ con su guitarra de hojas/ la llama de un faisán/ se enciende la ventana/ reviviendo esperanzas extinguidas/ de un paraíso oculto (Estaciones de Stony Brook, en Vocación terrena, 1972), para César Esta ventana:/ un haz sin envés,/ un revés de la luz atrapada/ entre cuatro paredes/ de agua/ un vértigo petrificado/ sobre el dosel de laminada,/ un espejo sin azogue,/ un abismo horizontal,/ una palabra (Revés de luz). Aquella penumbra que mencionáramos actúa, como idea y como tópico, en contraposición a las cuentas de lo que podríamos llamar rosario onomástico de la poesía ecuatoriana. Es, por tanto, voz que refleja una mirada crítica al pretérito, pero que a un mismo tiempo, se sabe heredera de ese pasado.
La piedra, en cambio, es límite, barrera, dique, puntal, minarete, lápida, estela, proyectil arrojado contra el enemigo, guijarro de río, rastro en el camino dejado para orientar al resto de la tribu. Podemos decir que una persistente simbología telúrica atraviesa la poesía de César Carrión. Con cuidadoso paso y con tono que nos hace permanecer expectantes, nos recuerda los bordes y el compromiso de la escritura, como en Bestiario, texto en que la palabra traspasa el cristal entre víctima y victimario. O en Buril: Cuando callo, otras voces pronuncian/ nombres. Aquí, el hablante demuestra la conciencia de hallarse inmerso en un horizonte poblado de pares. Pero la piedra también es resultado de buscar y desear fijar elementos que devengan cohesión en un momento en que más haga falta.
Por su lado, el desierto -al igual que la piedra lo hace con los bordes- nos habla de frontera. Y está haciéndole lugar a un ámbito donde la planicie recuerda un panorama que se piensa limpio y firme, aunque desolado. Está allí una intención de trabajo en una manera muy visible: con un pie en la tradición de la que se toman ciertos símbolos, y con la disposición de un todo compuesto de exordio, cuerpo y epílogo, a la usanza canónica.

Las imágenes con que César Carrión construye su poesía quieren restituir una relación directa entre el lenguaje, el mundo y las cosas; se deja de lado la linealidad de la razón occidental. Si la palabra idealiza y abstrae, entonces el desierto no está necesariamente ordenado por las leyes que rigen las cosas (léanse arena, espacio concreto, escasos elementos) y allí está la dimensión conceptual.
Epifanía se titula el poema que abre Envés de luz. Cómo no recordar las epifanías de Joyce, aquellos espacios (también silencios, gestos, etc.) que reemplazan a las palabras en los momentos de dispersión. Esta vocación de las palabras hacia su desaparición o dispersión nos habla de algo que el texto ha aprehendido del desierto –un espacio donde las palabras son no tan necesarias-. Si leemos el poema, se refuerza esta idea:

Nudo de sangre,
latido feroz.
Un ciego tienta la cruz
en sus venas.
Quien quiera nombrar,
lo indulta.

Después, el hablante lírico persiste en su misión reguladora y es guardián de los límites. Se moviliza, mas sin angustia, en medio de barcos que encallan, arboledas desnudas (la aridez completa). Y halla en los ríos de los nombres/ cataratas de los ángeles mortíferos. El vigía en que se ha convertido testimonia desde su posición y nos da la señal de alerta. Ángel es la nueva. Pero no es el evangelio (de eu = bueno; y ángel = noticia). Son ángeles portadores de muerte los que vienen entre un flujo de nombres y figuras. Se recomienda paso de cuidadoso ritmo y discreción en la toma de decisiones.
Del tono habíamos dicho que nos mantiene a la expectativa. Si tuviéramos que ubicarlo, diríamos que es neutro. Para decirlo en palabras del poeta: No escucho ni un solo lamento/ ni una sola carcajada./ Lleno de envidia,/ subo al árbol/ y espero. Esto es, se sitúa en un punto medio entre el llanto y la risa. No hay tragedia, pero tampoco confianza en mejores días.


Y tres

El trasluz, esa luz que se ve a través de un cuerpo, es el final de una cadena de metáforas que incluye Hordas de sangre/ tras las pestañas,/ tropeles cautivos/ después del rumor,/ relámpagos/ y féretros. Recordamos al Vallejo de Los heraldos negros cuando remarca la gordura de la sombra al lado de la tísica luz. César Carrión, al igual que César Vallejo, sabe que la poesía es la herramienta con que la voz se enfrenta a la vacuidad: la pluma en la mano/ contra el abismo, nos dice.
La luz se asume como una suerte de lámina que cubre los paisajes, donde lo significativo se torna simbólico y también da paso al fenómeno inverso. La luz (¿el conocimiento?, ¿la expresión de un cosmos armónico?) sería la mediadora entre las palabras y las cosas nombradas (mundos, por cierto, de naturaleza distinta).
La patria del poeta y de todos los poetas, el lenguaje, se muestra en estas líneas como toda esa tradición aludida ya en el inicio del poemario.
Nuevamente las alusiones bíblicas se hacen notar cuando la voz poética, como el profeta o el bautista, se dirige al desierto, al viento el desierto. Y aquí, se traduce la crisis unida a la idea del destierro. Desde esta crisis y desde este destierro, el yo poético se esfuerza por sostener su identidad. Además, aunque el acto lírico se traduce a veces en actitud religiosa, notamos que los usos del re-ligare van en busca de una apropiación de la realidad que se logra mediante la interiorización –aunque el hablante se enfrente a la intemperie-. Es como si se le diera la razón a Lezama Lima cuando afirma que lo esencial del hombre es su soledad:
Descubro en las ventanas/ la mueca de los muertos,/ la piedra de los vivos./ Repiten estos versos en secreto./ El fuego propaga las voces,/ las brasas ofrecen el eco. Apenas entretejo con cenizas,/ con pavesas/ estos mínimos cedazos de silencio.
Y aunque se confiese inofensiva, la voz no lo es: fracasa la instauración del abismo y se le da espacio a lo lúdico, a los juegos del lenguaje que también aluden a juegos circenses y, por sugerirse un escenario, nuevamente al límite. Así nos lo hace ver cuando en el último momento del libro leemos: Salto en la luz,/ malabar en el borde.// De la cuerda que cruzo despegan/ la memoria,/ el olvido.


Epílogo

Habíamos dicho anteriormente que esta poesía destaca por su lucidez. Asume su discurso en diálogo sostenido con esos nombres de nuestra tradición poética moderna. Actúa la creación de César Eduardo como pre/ liminar: como anuncio de lo que está tras la frontera. Empinado ha sido su modelo; inquisitivas, sus búsquedas e indagaciones. Luz y conocimiento son tamizados por una red de símbolos de enfoque distinto a los poetas de la claridad (los poemas, más que a cristal, suenan a madera). Y como correlato de su severidad formal hay persistente solidez. Ésta da cuenta de una intención, pues su prólogo, cuerpo central y epílogo no son yuxtaposición de poemas, sino conjunto orgánico.
Los poemas de Revés de luz se erigen como provenientes de quien nos advierte de las malas nuevas y de los peligros que acechan a las identidades individual y colectiva. Llevan imágenes de origen ctónico y es inobjetable la coherencia que lleva su reflexión. La voz del hablante toma conciencia del tiempo: trasciende el yo individual y se proyecta en temporalidad y especialidad propias. Nos hace sentir que arrastra en su recorrido algo que no es ella, pero que nos llega a través de ella. Así como su corte versal quiebra el discurso, lo mismo sucede con todo lo que le es inmanente (se desliza, críticamente, una y otra vez). Entonces, funciona como reflejo de un balance ante aquel dualismo lleno de contrarios (tradición y modernidad; lucidez e insania; visión y ceguera; memoria y olvido, vértigo y respiro). Y más que augurar o prometer, cumple con notorias sugerencia y profundidad en nuestras letras contemporáneas.

10 mar 2007

EL LUGAR DE LOS ABRAZOS Y LA PALABRA QUE LOS NOMBRA
(Cinco premisas sobre la obra de Roy Sigüenza)


por Luis Carlos Mussó


Hace ya cerca de diez años, la Editorial La (h)onda de David de Cuenca presentó a la comunidad guayaquileña el poemario Tabla de mareas en el auditorio del Banco Central del puerto. Aquella noche coincidencialmente se presentó Te perderá la carne, de Cristóbal Zapata, a quien le debemos el sesudo estudio que antecede a los textos del poeta de esta jornada. E hizo la suerte que quien escribe estas líneas dijera aquella noche unas palabras que pretendían introducir al poeta que no había podido traer su inicial Cabeza quemada, plaquette que nació de manera casi clandestina, con mucha humildad. La misma dirección que nos movilizaba en ese entonces guía este comentario, pues da en el clavo Terry Eagleton cuando afirma que no se puede regresar a la época en que bastaba con afirmar que Keats era delicioso o que Milton era un espíritu valiente. Dicha noche sostuvimos que el sujeto lírico se movía dentro y fuera de las márgenes sociales hasta lo que ha sido llamado como disidencia sexual. Que la tradición que sentenciaba finitudes –la propia, la ajena- aludía a la fragmentación y que esa ilusión de continuidad estaba presente a lo largo del poemario. Pretendemos a estas alturas pasar revista a ciertas premisas que aparecen como características de la obra de Roy Sigüenza, aprovechando la presencia de Abrazadero y otros lugares, su obra reunida de 1990 a 2005.


1. El tono de esta poesía transcurre pausadamente

Incluso cuando en determinados momentos los espacios son los muelles, la calle, los mares (y por lo tanto, esté presente el movimiento de los elementos y el de los cuerpos), hay una inexorable confrontación de la voz con el ambiente saturado de bullicio y se nota la admonición de una nueva idea de estabilidad. Las aves vuelan y se posan lentamente, los amores nacen y se eclipsan de igual manera que un caballo trota con tardo desarrollo, las olas señorean sobre un mundo pausado.
En un mundo que avanza a velocidad impresionante, y en que la ligereza (que por lo regular acompaña a la prisa, aunque no es su patrimonio exclusivo) atosiga nuestros sentidos con impresiones del mundo que no aprehenden las calidades y cantidades de las cosas, esta poesía parece detenerse y acercarnos a las esencias:

Safo perdió en el juego del amor
y se hundió en el agua

Sólo ahora nos parece trágico lo que se hizo:
morirse, entre los griegos, sosegaba.

En libro editado con esmero, se reúne la obra escrita por este autor. Desfilan Cabeza quemada, Tabla de mareas, Ocúpate de la noche, La hierba del cielo y el hasta ahora inédito Cuerpo ciego.¿Y en qué sentido podemos ubicar estos textos en un marco tardomoderno? Pues cuando nos abrimos paso entre Habermas y Lyotard y utilizamos este amplio concepto para describir la actitud de aceptar y reelaborar la tradición con las preocupaciones contemporáneas. Entonces, no estamos frente a una yuxtaposición de tendencias ni los cristales superpuestos de un calidoscopio, sino ante un discurso menesteroso no porque esté falto de algo, sino desde la óptica de lo que los estudios sobre desterritorialización –Deleuze dixit- llaman literatura en su uso menor (conjunto de obras y textos que yacen espalda contra espalda con la tradición. No solamente está aquí el gozo, sino el desgarramiento que toda pasión produce:

Alguien estuvo antes de mí
en este cuarto
solo
y supo
que alguien estuvo antes de él
en este cuarto
solo


2. Sencillez y espontaneidad son la impronta de esta obra

Constante confusión se despliega al momento de calificar estos poemas: las palabras que pretenden resumir esta actitud para asumir la poesía se reducen a simplismo o simplicidad. La llamada espontaneidad no es hija de la inspiración, si bien muchos momentos nos podrían hacer pensar en ello. Lo sencillo es, según concepto de Juan Ramón Jiménez, “lo conseguido con los menos elementos; es decir, lo neto (…), lo sintético, lo justo. Por lo tanto, una poesía puede ser sencilla y complicada a un tiempo, según lo que se pretenda expresar”. Y en cuanto a lo espontáneo, es el elemento sometido a expurgación (espurgo, decía el poeta de Moguer) por la conciencia. Piénsese en Piratería (Ocúpate de la noche):

Iré qué importa
caballo sea la
noche.

Metaforización onírica cercana al surrealismo. Sencilla. Y compleja. En un mundillo intelectual del que a menudo emanan productos culturales que desean pasar falta audacia por arrojo legítimo y lo gratuitamente artificioso por obra consumada, esta poesía, desde sus primeras apariciones impresas -en Cabeza quemada- se nos muestra pronta a ofrecer, pero también a escamotear sus secretos:

Sólo un hombre aprende el frío
la moldura del silencio.
Caminemos allegados míos caminemos
lejos de esta ciudad descascarada.


Si espontaneidad es expresión natural y fácil del pensamiento, seremos nosotros los jueces a la hora de leer estos poemas. El artífice requiere de gran labor hasta llegar a un resultado. Pero, al final, aquí las ondas del mar son una metáfora del correr del tiempo. De su flujo genésico emana el mundo semántico de la voz de Sigüenza. Y le ha correspondido eximirse de la camisa de fuerza de las palabras y organizarlas al son de su propia música. Poesía con fuerza sintética, sobriedad hasta en la sinestesia.


3. Hay un Ars poética en cada poema

Pueda que la recreación de episodios del pretérito, la mirada sobre ese continente de intimidad que es el cuerpo, un vuelo rasante sobre geografías concretas; lo cierto es que los poemas de Sigüenza son universos en sí mismos, aunque unos son variantes del puñado de tópicos que asume. En muchos de estos poemas, directa o indirectamente, se percibe el punto de vista del oficio de poeta y cómo concibe la lírica. Muy conciente de su labor, el hablante poético de estos textos ajusta las cuerdas de tensión justa entre el mundo y el lenguaje. La combinación de palabras hace que el resultado devenga un discurso que mira al mundo derruido y restituido a nuevos órdenes y regímenes. Los hay que, decía, se constituyen en actitudes que bien pueden aplicarse a la poesía y los que se confiesan, sin decirlo, a sí mismos como artes poéticas. Ejemplo de lo primero es Desembarco (Ocúpate de la noche):

He dejado las olas
cuido el sueño

los labios secos

las manos empeñadas
en asir la memoria de tu paso.

Ejemplos de lo segundo aparecen a lo largo de toda esta obra. Leemos en Cabeza quemada:

La poesía: un entredicho que se va aclarando o se zambulle frente a la amenaza del silencio, de espaldas a la transparencia que se rompe; un tropiezo que blanquea el hueso de la voz ante el bullicio de las máscaras que nos maltratan, una forma de llegar a esa posibilidad o también una forma de perderla.

Y dice en Cuerpo ciego:

Escribir un poema es hacer una cita con el objeto amado, a ciegas; es inventarlo constantemente.

Aparte del valioso ejercicio intertextual en el que se asume la voz de algunos autores tutelares, un gran bagaje/ soporte de prestigiosa literatura y cierta perspectiva especular, en estos poemas se configura una visión que torna la existencia en lenguaje y nos convoca desde su noción de universo. Y esto, en sí, actúa como una poética en curso.


4. La poesía de Roy Sigüenza es (re)conocimiento

El poeta nos recuerda una de las categorías aristotélicas: la anagnórisis. Aquí, la intuición de la desolada condición humana dentro del mundo se vuelve realidad; y acierta Seamus Heaney cuando nos recuerda que, tratándose del tema predominante de autodescubrimiento y autodefinición, esa preocupación debe ser entendida como una campaña constante y valerosa contra el agujero negro de la depresión y el suicidio:

Como cuando uno escucha los fantasmas contándose historias ya desaparecidas, entre la maleza y el olvido de una casa en ruinas, así escucho tu voz: las de un largo amor destruido.

Hay desarraigo, un proyectarse al mundo y a un tiempo un aferrarse a lo local. Con la poesía de Roy Sigüenza sucede un fenómeno nada frecuente. Sabemos que en general al poeta no le interesa el favor del público y acepta lo aristocratizante de su oficio aunque Machado haya dicho en su tiempo: Escribir para el pueblo, qué más quisiera yo. Pero estos poemas tienen la particularidad de llegar al lector común tanto como al más avisado. Cumple con el milagro de hacer visible eso que todos tenemos dentro y que no habíamos tenido la fuerza ni la habilidad de expresar. La poesía de Sigüenza irrumpe como el testimonio de una vocación nada ascética; lleva un registro que va de lo sagrado a lo blasfemo, pasando por lo que llamaríamos una épica de lo cotidiano. Incluso el mito (llámese la invitación a la fiesta por medio del alcohol, un espacio identificable (digamos Manta, Portovelo) o la figura de un autor del pasado (Munch o Kavafis), emerge como expresión que libera la conciencia. Pueden, incluso, convertirse en la cara visible de los sentimientos, anhelos e identidad de una comunidad. Todos nos reconocemos; nos sentimos, en algún momento, atraídos por el abismo de estas composiciones.


5. Su marginalidad es exploratoria

La marginalidad de estos poemas es exploratoria. Se enfrenta a la miopía heterodoxa desde los bordes. No es la autodisolución por integración en una totalidad estética lo que busca. Rechaza esa máscara Sigüenza; sabe que ya son suficientes las que debemos llevar durante nuestra existencia. Lejos de la doble vida que soportaba el Dr. Jekyll, el poeta enfrenta a su Mr. Hyde, lo mira a los ojos y acomete su labor creadora, como en Adriano en Pirene:

Tu cuerpo / en él muero
Ven Antínoo / los dioses duermen.

No es el escándalo –menos aún en la acepción bíblica de la palabra- lo que busca el hablante lírico, ni asume una posición exhibicionista; es la puesta en escena de una visión que desestabiliza el universo heterosexual y sus imaginarios. Así, esta marginalidad asume a su voz como un válido interlocutor del centro. La otredad aparece buscando espacio para ubicarse al lado de la tradición existente y correr, paralela, a ella. Se afinca, entonces, con fuerte paso este discurso escasamente visitado en nuestras letras (hallamos rastros en la poesía de Francisco Granizo). Su espíritu transgrede y cuestiona el canon desde su trinchera. La mujer aparece en esta poesía deserotizada, inversamente proporcional a lo que sucede con la ligazón homoerótica, que posee amplia presencia. Pruebas al canto: Tracy Chapman, por ejemplo, es el ángel que te procura consuelo/ muriéndose.(Melancholy bar, en Ocúpate de la noche). Se aluden y mencionan voces que dialogan con la del poeta en una especie de práctica coral. Y el tono se vuelve gozoso y busca complicidad para su humor -entre negro y melancólico- cuando rememora a esos poetas y esas figuras de su mitología personal, como en Leyendo a W. H. Auden (Tabla de mareas):

Dicen que Auden y ese chico convivían
y que su amor fue más allá de la literatura
porque, llegado el momento, se acabó.

Siempre escribió sobre temas perecibles.

En fin, la voz recorre los espacios y los tiempos del margen, pues son los que el mundo no espía con actitud panóptica. Ahí están el hotel, el bar, la noche, por citar algunos ámbitos de este inmenso cronotopo.


Para terminar

Ya era hora de que un poeta de las calidades de Roy Sigüenza contara con una edición que no pecase de descuido y negligencia. Los textos de Abrazadero y otros lugares son precedidos por un extenso estudio de Cristóbal Zapata. Morosa introducción que contempla al hombre y al poeta. Especial demora ha tenido Zapata para enfrentar uno a uno los poemarios que se compilan en el libro. Nosotros, lectores, somos libres de acercarnos a los poemas de manera directa o contaminados por la lectura del editor. Lo seguro es que desde que Sodoma fue destruida, sus ciudadanos viven en la diáspora. De cuando en vez se reconocen a través de gestos y palabras, como las que ha escrito el autor para nosotros desde el conjunto de reivindicaciones que ha apuntalado. Y vuelven, con los ojos lavados, por caminos inéditos -aquellos que no hemos ni siquiera intuido-. Vemos a Sigüenza, después de haber dado a imprenta este libro, como una voz que se ubica en posición de ariete contra las arcaicas mentalidades. Como quien se confirma incluido dentro de las más sólidas y talentosas propuestas líricas en el Ecuador.