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7 ago 2006

Ensayo
Fernando Pessoa:       la heteronimia y el oxímoron como recursos literarios para lidiar con el agujero (fragmentos)*

Por: Mayra de Hanze
Lacan dedicó un año de su seminario a Joyce, y lo hace no como un intento en la crítica literaria, tampoco para beneficio del psicoanálisis aplicado, menos aún para un proyecto de psicobiografía. Lo hace para decir qué fue para el sujeto Joyce, la función específica de su obra y el modelo que esta construye.

Como poeta, Pessoa no es un caso, es un fenómeno. Como escritor da luz a varios autores, cada uno con su obra bien diferenciada, su propia inspiración y también su retrato y su biografía singular: los famosos poetas heterónimos, camaradas y compañeros de diálogo del escritor.

El ego desfalleciente de Joyce encuentra con toda seguridad su pareja en Pessoa. En la mencionada despersonalización. Si Joyce-el síntoma, se convierte en el único por su arte, se construye un ego de suplencia, qué decir de la multiplicación del yo en Pessoa. La colección de personalidades que inventó y con las cuales convive, plantea continuamente al lector, como a los críticos, una cuestión acuciante.

Los heterónimos tienen un estatuto diferente, lo dijo y lo repitió: sus heterónimos existen, como personas verdaderas. Más que una poética y un manejo diferenciado de la lengua tienen una imagen. Los veo, dice Pessoa, que nos los describe efectivamente. Una historia, una biografía precisa, una visión del mundo -digamos una ética- y un modo de goce propios. Lo más importante entre ellos, verdaderos nudos borromeos, es que disponen de lo que a Pessoa parece faltarle: una consistencia unitaria.

No se puede hacer un pronunciamiento sobre Pessoa el pensador, sin hacer una doctrina del fenómeno de la heteronimia, porque este cuestiona el decir. La puesta en plural heteronímica, que hizo de Pessoa una de las personalidades literarias más monstruosas del siglo XX, como se lo ha denominado, porque desmultiplica las voces, engendra un curioso efecto de suspenso del aserto. Está justificado hablar de voz aquí, porque los textos de Pessoa hablan, (…) hay tantas voces en Pessoa que no se sabe cuál es la suya. Si es justo decir “el estilo es el hombre”, a falta de un estilo, el Hombre-Pessoa, no es.

Esta heteronimia del verbo, semejante al fenómeno impuesto, manifiesta una prioridad de lo simbólico habitualmente enmascarada y revela, según la expresión de Lacan, a un sujeto que es poema más que poeta. En la mayoría de los casos, la heteronimia no pone en causa la atribución subjetiva, y el signo inspirado. La particularidad de Pessoa conlleva eso: el texto, o mejor los textos, se le imponen con sus criaturas.

Visionario de personalidades ficticias, Pessoa confiesa haberlo sido siempre desde que tenía seis años. Un cierto Chavalier de Pas fue su primer compañero heterónimo, aparecido extrañamente un año después de la muerte de su padre, cuando el autor tenía cinco, y el mismo año de la muerte de su hermano menor. Pero esa compañía mental no es hija de lo imaginario únicamente. Pessoa no es mitómano: creó obras para las que inventó personas a continuación, y todas son criaturas de la palabra, según la expresión que Lacan utiliza respecto del presidente Schreber.(…) En Pessoa, el caso tiene prioridad porque al condicionar las formas en las cuales se realiza, eleva la obra al rango de caso. Pessoa no es el mismo en el interior de su prosa y tampoco en el de su poesía. Y no obstante, hay una unidad en él, pero esta no es la de un yo. Hay un fuerte contraste entre lo que dice de sí mismo, por un lado, y lo que se percibe en sus producciones de crítica literaria, política o filosófica, por otro. Los textos confidenciales son las cartas y algunos escritos autobiográficos. En ellos el que habla es un hombre enfermo, un solitario atormentado por la locura, sumido en la depresión, que espera la catástrofe nerviosa, que dice estar totalmente dominado por la vacilación, la duda, desprovisto del poder de querer, lleno de incertezas, de pasividad y de sueños, que asegura vivir en la tortura y el desasosiego, que flota en la duda, cautivo de la desesperanza y el horror.

Pero quien lee sus estudios estéticos y políticos descubre algo muy diferente, en primer lugar un hombre de raciocinio, incluso un razonador prendado de la lógica y de la demostración hasta lo absurdo a veces. La obra del pensador y del crítico tiene una acuñación completamente diferente a la del poeta, aunque no sea homogénea, pero está entre los polos de la ironía que destruye y del mesianismo que anuncia.

Pessoa siente una fuerza enorme en su interior pero no es la fuerza de un yo. Ese yo, que los demás parecen saber construir con toda solvencia, como una osamenta o caparazón mental, no llega en él a configurarse. Su propia conciencia hace que se considere una morada inacabada, sin suelo que lo sostenga, ni muros, (…) y acaba sintiéndose atraído por el vacío o habitado por presencias desconocidas:

"Estoy sentado en mi mesa, con mi papel y mis plumas, y de pronto me asalta el misterio del universo, me detengo, tiemblo, siento miedo, y me gustaría dejar de sentir, ocultarme, golpear la cabeza contra la pared. Feliz aquel que es capaz de pensar profundamente, pero sentir esa profundidad es una maldición…el misterio del mundo se apodera no sólo de mi pensamiento sino también de mi sensibilidad". Estas notas escritas a los 17 años son los prolegómenos de El libro del desasosiego, en el que Bernardo Soarez enunciará su cógito inverso: pienso, luego no existo.

(…)
La primera función de la heteronimia consistirá en vaciar la conciencia de ese vacío. Se trata de poblar ese desierto, de consumar esta creación de sí que el sujeto siente incompleta, de escribir la novela de la que es apenas el esbozo. Se trata nada menos que de refundar su ser, de celebrar un nuevo pacto. Lo contrario de no ser nada ni nadie no es ser alguien, hacer de sí mismo el más irresponsable de los seres, sino ser muchos, todo el mundo, ser el actor, la actriz, el lector, Pessoa, Reis, Campos. La lista de las personalidades adventicias que han participado en la elaboración de la obra es interminable y abierta como la propia obra. En realidad se reconocen tres grandes heterónimos además de Soarez, que es un semiheterónimo: Caeiro, Reis y Campos, a los que hay que añadir un número indeterminado de pequeños heterónimos o personalidades literarias, como Antonio Mora, Rafael Baldana, Vicente Guedes, etc. En 1978, Armand Guibert aseguró haber descubierto hasta 14 heterónimos. Teresa Rita Lopes, elaboró en 1990 una lista de 72. Estas cifras no tienen importancia, algunos de estos semiheterónimos sólo han escrito unas cuantas frases o un proyecto de libro.

(…)
Por otro lado, ¿que función cumple el recurso del oxímoron? Habría que decir que el oxímoron es la figura de la retórica antigua que une dos expresiones de sentido contrario. El ejemplo más famoso de la literatura francesa aparece en el Cid, de Corneille: “Esta oscura claridad que cae de las estrellas”. Bien, la obra de Pessoa en su conjunto está sostenida por este recurso literario que se expresa en esa escritura continua, infinita, sin posibilidad de abrochamiento, que padece el escritor. Es de lo que se duele, por ejemplo, en su Libro del desasosiego. Por donde uno lo abra, el autor plantea mediante esa oposición la imposibilidad de concluir, de cerrar, diría de abrochar. El uso de tal recurso literario le permite lidiar con el vacío.

Roman Jakobson y Luciana Stegogno Picchio, los dos eminentes lingüistas, al hacer hincapié en el papel capital que en el pensamiento y en el estilo de Pessoa desempeña este procedimiento retórico, lanzan una idea que, según Lourenzo, hizo más por la reputación del escritor portugués que todas las exégesis que le precedieron. En lo sucesivo, se tenderá a considerar la obra de Pessoa, como un campo de minas en el que la posición latente de la negación puede hacer estallar el discurso en cualquier momento.

En 1974, la revista Tel Quel, que dirige Philippe Soler, publica un estudio llamado ¿Pessoa persona? La autora del artículo, escrito en francés, es una joven brasilera, Lyla Perrone Moisés. Su formación es estructuralista, y aunque cita a Lacan, Barthes o Julia Kristeva, lo hace sin dogmatismos. El interés de su análisis radica en la respuesta a la pregunta fundamental: el mal del que se lamenta el escritor portugués, ¿proviene de un exceso o de una falta de ser? Y su respuesta es en nada ambigua, al contestar que la poética de Pessoa es la poética del vacío absoluto.

 
*Leído en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil, en el marco de los carteles sobre literatura y psicoanálisis, convocados por la Nueva Escuela Lacaniana de Guayaquil a finales del 2005. Edición de Fabián Darío Mosquera